La mirada hacia lo alto
Si levantáramos los ojos hacia lo alto, esa mirada que muchas veces llevamos puesta en la pantalla del celular o en el reloj, o en los automóviles y semáforos que nos persiguen, si miráramos más allá de la planta baja de los edificios rosarinos...

Miércoles 10 de Abril de 2013

Si levantáramos los ojos hacia lo alto, esa mirada que muchas veces llevamos puesta en la pantalla del celular o en el reloj, o en los automóviles y semáforos que nos persiguen, si miráramos más allá de la planta baja de los edificios rosarinos, descubriríamos otro mundo, un mundo que cambia en tiempo y en color y nos transporta a espacios remotos y diferentes, a tiempos de antes. Sí, porque allí se encuentran las bellezas que no pudieron ser atacadas por carteles, marquesinas ni luminarias, ni por capas de enduido y de látex que taparan nombres e historias, allí aparece el material de frente de color original, las volutas, las guirnaldas de frutos y de flores, los escudos de familia, los cuernos de la abundancia y los personajes que constituyen la mitología rosarina, ésa tan mestiza que va de cabezas emplumadas a princesas renacentistas y mujercitas aladas, sin contar con los bestiarios poblados de melenas leoninas, alas de águilas y de murciélagos, palomas, felinos imponentes y gatos de porcelana que, desde los techos, le maúllan al amor, perros guardianes y caballos alados a veces, montados por querubines. Sí, porque en las alturas nos acechan esos seres misteriosos que también pueblan nuestra ciudad; esos, fijos y fríos de día y que probablemente de noche se escapan de nichos y emplazamientos para recorrer las calles, mirar vidrieras, meterse anónimos en los boliches, sentarse en los bancos de las plazas, bañarse a la luz de la luna y en las fuentes y lagos del parque Independencia, hamacarse en los juegos y esconderse entre los árboles. Sí, esos seres nos miran y vigilan atentamente, el autor del Quijote, Leda atrapada y seducida por el cisne, la mañana, la tarde y la noche, representadas en mujercitas de mayólica, los angelitos buenos y los malos, las Venus, los Zeus, y los Hermes, los querubines, los cupidos, las ninfas y las nayades, los tritones, sátiros y silvanos, los delfines, las águilas, los leones guardianes, los cancerberos, las ruedas de la fortuna, los mercurios alados. Todos ellos nos miran con curiosidad y hasta nos imitan, mientras nosotros, apurados, los ignoramos.

Ana María Ferrini