Sábado 17 de Octubre de 2015
“Ustedes están completamente locos”. Esa fue la conclusión que el arquitecto Albert Speer recibió de su padre, también arquitecto, cuando le mostró la maqueta y los proyectos de la nueva capital para el imperio alemán de mil años que había diseñado para Adolf Hitler. El padre de Speer no podía creer la magnitud y la delirante escala de construcción de la proyectada nueva Berlín, la obsesión de Hitler hasta sus días finales.
Speer le había prometido a Hitler en 1939 que le llevaría once años realizar su megalomaníaco proyecto, por lo que para 1950 podría estar totalmente completado. Para celebrarlo, Hitler tenía pensado convocar a una gran feria internacional y alojar a los pabellones de los distintos países en los nuevos edificios para que millones de visitantes de todo el mundo pudieran observar la grandeza del imperio. Este año se cumplen 65 años de la frustrada inauguración de aquella fantasía, que comenzó a ejecutarse parcialmente pero que la guerra paralizó con la idea de ser retomada una vez obtenido el triunfo alemán. Como eso nunca ocurrió, el proyecto de Speer sólo quedó en las maquetas, pero marcó con claridad la idiosincrasia del delirio nacionalsocialista de grandeza impulsado por un líder que supo cómo penetrar en las mentes más lúcidas para hacerlas partícipes de lo que finalmente derivó en la peor tragedia del siglo XX.
Los comienzos. Albert Speer (1905-1981) era en 1930 un joven arquitecto de clase media alta con poca experiencia que daba clases de urbanismo en el Instituto de Tecnología de Berlín. Su padre y su abuelo también eran arquitectos y tenían un estudio privado. Hoy, además, uno de los seis hijos de Speer, que lleva su mismo nombre y tiene 81 años, es uno de los arquitectos más reconocidos de Alemania.
La vinculación de Speer con el nacionalsocialismo se originó en una invitación de sus alumnos a presenciar un discurso político de Hitler, cuando todavía no había llegado al poder. A partir de allí, como lo reconoce en sus memorias, Speer quedó impactado por lo que había visto y escuchado y, al día siguiente, en enero de 1931, se afilió al partido nazi con el número 474.481. “La fuerza magnética de Hitler me había alcanzado desde la primera vez”, dice Speer en su libro “Inside the Third Reich” (Desde adentro del Tercer Reich), donde relata con detalles todo lo que vivió en más de una década dentro del entorno más cercano a Hitler.
Una vez afiliado, Speer fue llamado para hacer trabajos menores de reformas en locales partidarios y diseños de decoración para actos políticos. Su tarea, especialmente su capacidad de organización y cumplimiento de los tiempos, fue impactando en la jerarquía nazi y poco tiempo después llegó recomendado hasta el propio Hitler, quien enseguida detectó que había encontrado a quien podría llevar a la realidad sus deseos arquitectónicos imperiales. Pero no sólo Hitler los tenía, sino que el mismo Speer reconoció también años después su pasión por la grandeza al utilizar la imagen de un clásico de la literatura alemana. “A mis 28 años y por el encargo para hacer un gran edificio hubiera vendido el alma al diablo, como Fausto. Y había encontrado un Mefistófeles (el demonio) que no parecía menos cautivador que el de Goethe”.
Ese Mefistófeles, que no era otro que el propio Hitler, lo convirtió a Speer en el arquitecto de todos sus proyectos, que se plasmaron en una primera etapa con la construcción de la nueva Cancillería del Reich, la sede del gobierno alemán, algunos años después de que Hitler accediera al poder.
Pero antes, Speer había diseñado un gigantesco nuevo estadio olímpico en Nuremberg para 400 mil personas, que debía terminarse en 1945. En 1937, cuando se colocó la piedra fundamental de la obra, Hitler le dijo a Speer que después de los juegos olímpicos de 1940 en Tokio (que no se hicieron por la guerra), en ese estadio siempre, en adelante, se llevarían a cabo los juegos. “Vamos a crear un gran imperio. Todo el pueblo germánico estará incluido en él. Comenzará en Noruega, y se extenderá hasta el norte de Italia”, le prometió. La intimidad. Speer, en sus memorias, abona con citas textuales de Hitler la pasión por la fastuosidad y el narcisismo sin límites del führer alemán. Recuerda que durante una conversación informal, le dijo: “Un hombre inteligente debería tener una mujer primitiva y estúpida. Imagínese si yo tuviera una mujer que interfiriera en mi trabajo. En mi tiempo de descanso quiero tener paz y por eso nunca me casaré. Piense en los problemas si tuviera un hijo: al final tratarían de convertirlo en mi sucesor, pero las chances de que sea capaz serían pocas. Esto sucede en muchos casos, como por ejemplo con el hijo de Goethe, alguien absolutamente inútil”. El monólogo de Hitler continuó: “Muchas mujeres se sienten atraídas por mí porque soy soltero y eso fue especialmente útil durante nuestros días de lucha. Pero es lo mismo que un actor de cine, que cuando se casa las mujeres dejan de adorarlo. Ya no es más el ídolo que había sido antes”. La realidad es que Hitler se casó con su amante Eva Braun el día que se suicidó en su bunker de Berlín y según cuenta Speer la llamaba “Tschapperl”, (mascota campesina de Baviera), con cierto tono despectivo.
Speer se quejaba de que las frecuentes cenas que compartía con Hitler y su entorno íntimo le quitaban tiempo para su trabajo, sobre todo porque después de la cena y de ver una película, cerca de la una de la madrugada, Hitler comenzaba a mirar los planos y proyectos de las obras y podía estar así durante varias horas. Era tal la admiración de Hitler por Speer, que le había dado un poder casi total para ejecutar los nuevos edificios por encima de sus dos hombres más cercanos, el ministro de Propaganda Joseph Goebbles y el mariscal Hermann Goering. Esta adhesión generaba recelos e intrigas en el círculo chico del poder, pero siempre Speer recibió el respaldo de Hitler. “Sos el amor no correspondido del führer”, le dijo uno de los asistentes de Hitler como intentando explicar ese fenómeno.
Una vez, en 1936, un Hitler pensativo le dijo a Speer: “Tengo dos posibilidades: triunfar con todos mis planes o fracasar. Si gano seré uno de los grandes hombres de la historia y si fracaso seré condenado, despreciado y maldecido”.
La Cancillería. Para ser uno de los grandes hombres de la historia, Hitler necesitaba una sede oficial digna de sus pretensiones porque a la que se había mudado el 30 de enero de 1933, cuando fue nombrado canciller, era propia de “una compañía de jabones”, le dijo a su arquitecto preferido. Por eso, hacia fines de enero de 1938 le preguntó a Speer si en el tiempo récord de un año, para el 10 de enero de 1939, podría inaugurar la nueva Cancillería con una recepción para los diplomáticos extranjeros acreditados en Berlín.
Speer se tomó unas horas para pensar la organización de la obra y le respondió que estaba en condiciones de ejecutarla en ese corto tiempo. Una vez que la diseñó, Hitler se quedó particularmente deleitado. Los diplomáticos ingresarían al edificio a través de grandes puertas de cinco metros de altura y una corte de honor los llevaría a una sala de medianas dimensiones. Subirían unas escaleras y pasarían por un salón redondo con techo abovedado para llegar a una galería de 237 metros de largo completamente de mármol rojo (el doble de tamaño que el salón de los espejos del Palacio de Versalles) y recién así alcanzar el salón de la recepción. Los ojos de Hitler comenzaron a brillar: “En el largo camino desde la entrada hasta la sala de la recepción los diplomáticos advertirán el poder y la grandeza del imperio alemán”, comentó. Cuando Speer le señaló su preocupación por el peligro del piso de mármol pulido y su intención de cubrirlo en parte con alfombras, Hitler le dijo que abandonara esa idea: “Los diplomáticos deben acostumbrarse a moverse en una superficie resbaladiza”, le dijo.
La nueva Cancillería, con el búnker donde Hitler terminó sus días, estuvo lista 48 horas antes del plazo fijado, con lo que la reputación de Speer como arquitecto y gran organizador siguió en ascenso. Trabajaron en la obra 4.500 obreros en dos turnos y otros miles distribuidos a lo largo del país en la fabricación de partes. Seguramente también, como se verá después, hubo mano de obra esclava de los primeros campos de concentración, uno de los cuales, Sachsenhausen, fue inaugurado en 1936 y se ubicaba a menos de una hora de tren desde Berlín.
A Speer le esperarían otros desafíos, como el monumental e irrealizable proyecto de la nueva Berlín o Germania (a desarrollar en la próxima entrega de esta nota) y su nombramiento como ministro de Armamento.
En 1945 el edificio de la nueva Cancillería fue demolido totalmente por los bombardeos del ejército ruso y el mármol rojo utilizado para la gran galería fue sacado por el ejército soviético para levantar un monumento a sus soldados triunfantes.