Edición Impresa

La mano de las abuelas

Es difícil verlas. Acaso, por otra parte, no sean abuelas. Una muy mala vida, tropezando y tropezando con la injusticia y el desamparo, puede ponerle años a la cara, al físico, al alma. El documento es un papel membretado y la vida eso que pasa a nuestro lado.

Miércoles 25 de Septiembre de 2013

Es difícil verlas. Acaso, por otra parte, no sean abuelas. Una muy mala vida, tropezando y tropezando con la injusticia y el desamparo, puede ponerle años a la cara, al físico, al alma. El documento es un papel membretado y la vida eso que pasa a nuestro lado. La vida detenida, descomedida, estrafalaria: perdida.

Es difícil verlas porque están a la altura de nuestro paso. La mano de las abuelas aparece en diversas calles. Una en Sarmiento, al costado de la pared de un banco. Otra en el desfiladero del frío en calle Córdoba Peatonal, al costadito de la Bolsa de Comercio, cerca del Palacio Minetti. Hay mas, muchas mas. Y si esta crónica se lee en otra ciudad grande y urbana estarán en calles con otro nombre, pero estarán. Allá también serán invisibles.

Un amigo que se fue, Pancho, el Francisco de las ideas locas, para mejorar el paisaje del centro quería un techo en La Peatonal, lo pagarían los frentistas. La Muni dijo que lo pensaría. Tantas cosas hay que pensar en una ciudad que está al borde de la pérdida de su escala. Tantas. Con un techo esa calle que va de Corrientes a Paraguay volvería a ser de la ciudad y no un ventisquero inapelable donde se teme que aparezca, en algún agosto, un oso polar pidiendo garantías y derechos adquiridos. No sería el primero. Todos los vendedores ambulantes se estacionan y, ante el desalojo, apelan sosteniendo derechos adquiridos.

Es difícil verlas porque el orden imperante en el centro es caminar. No importa el destino, el nombre lo indica: peatonal. Los peatones hacen eso, caminan. Las abuelas, sentadas en el suelo estiran la mano. Negros soles están, pero nadie las ve.

Arropadas con una, dos vestimentas, son lo que parecen: mendigos. No ha llegado el plural de género, inaugurémoslo: mendigas. Las mendigas como la cebolla van con una, dos, tres capas de ropa. El ropero es su cuerpo y su casa la calle. Al menos en el día.

Para ver a las mendigas hay que hacer tres ejercicios. Caminar más despacio y bajar la vista. El tercero es pensarlas, ¿a quien le conviene pensar una mendiga? La sociedad no piensa en mendigas. Es pensar un costado de la lástima, ponerle cuerpo y ganas. Pensar una mendiga es tener ganas de pensar en la equivocación y confesar. Fui yo. Yo también.

A las abuelas se les suma, dos veredas mas allá, una madre con un bebé. Las caras tienden a borrarse. Mirarlas es mirar el espejo más atrasado y solitario, el espejo abandonado.

Las abuelas con la mano extendida hacen el gesto final: palma hacia arriba. Una mano. ¿Se puede explicar qué piden, qué esperan que caiga en esa mano? No. No hay explicación. Ni beneficencia, planes trabajar o carmelitas descalzas. No piden nada. La mano está estirada hacia el pasado.

Alguna vez esas abuelas jugaron en la calle, tuvieron hermanas, padres, hijos, vecinos, comida, calor en invierno y frescor en las siestas del verano. Las cunetas eran la promesa del cordón cuneta y de las cloacas. Agua corriente, gas, escuelas, policías, porvenir y música. Hijos, nietos y demás regalos de la especie. El mejor: familia. Una familia. Esas abuelas alguna vez tararearon una canción. Un parlante les tiró cantores y musiqueros. Bailaron, se perfumaron y tuvieron lo único que vale la pena: ilusión.

Bajo la llovizna, en el mínimo alero ponen cartones bajo sus nalgas. ¿Repelerá el frío? No sé, no pienso probarlo.

Como los bichitos luminosos pero al revés. Están oscuros en el día pero no se sabe dónde van cuando oscurece y recogen la mano y se marchan. Dónde. Quien sabe. ¿Es que alguien sabe dónde se estiba la lástima, se "estoquea" el orgullo perdido, la vida a la marchanta?

Tantos defensores de múltiples cosas, tantas "oenegés" ocupados y preocupados de diferentes y múltiples temas, todos necesarios. Tantos y tantos. Debería existir una organización defensora de la mano extendida.

La mano de las abuelas es un índice, ellas ponen la palma pero es un índice que no conocen los "arbolitos" de la peatonal, los comerciantes, los que pasan. Pasamos en gerundio, que después de todo es un verbo en tránsito. Por día somos 30.000 que pasamos silbando, cantando, hablando por el telefonito, conversando, francamente: disimulando.

Sabrán leer, comprenderán aún a la palabra mágica: ilusión. Recordarán el costado tierno de la palabra familia. El componente absoluto de la fe es la esperanza. Sin esperanza no hay fe y sin fe no hay dogma, no hay religión, no hay mañana, respirar es puro presente y extravío.

Vivo enamorado. Mi estado natural es levitado de ganas. Ver esas manos, lo confieso, me hace pisar el suelo que ellas soportan como un peso en la cabeza. Están en el suelo, ni vuelan ni se hamacan. Desde el sitio donde quiero habitar las miro como tantos, sin mirarlas. Si las mirase de verdad, con el corazón deshabitado de abrazos y esas cosas tan lindas y personales, no podría cantar ni comer y reir. Los verbos se reducirían a uno solo. Llorar. Vivo en una ciudad donde se perdona tanto y tanto. No miramos las manos de las abuelas mendicantes ¿Para qué?

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario