Miércoles 04 de Mayo de 2016
En esta carta quisiera exponer algunas evidencias no sólo de la existencia de Dios sino también de su infinito poder, sabiduría y amor. Se dice de un gran escultor griego en la antigüedad que hacía los rostros con tanta perfección que no tenía necesidad de colocarle su nombre, porque todos sabían que solo él podía hacer un rostro tan perfecto. Con volcar tarros de pintura de distintos colores sobre una tela no sale un paisaje, hace falta la mano del artista utilizando con destreza su pincel. De la misma manera cuando observamos la obra maravillosa de la creación, se evidencia que no es fruto de la casualidad, no de una explosión, o de lo que lo quieran llamar, sino que no podemos dejar de ver la mano del artista supremo, la mano de Dios. Esto se puede apreciar en cualquier aspecto en que contemplemos la creación, donde podemos apreciar su sabiduría y su poder infinito. Comenzando con nuestro planeta Tierra, que gira alrededor de un sol colocado a una distancia tan exacta para hacer posible la vida, pues si estaría un poco más lejos nos congelaríamos, y si estuviera un poco más cerca nos asaríamos como pollos a la parrilla. Podemos continuar reflexionando sobre los millones de cuerpos celestes que giran en el espacio, de tal manera que a medida que la tecnología proporciona mayores telescopios se comprueba que hay muchos más cuerpos celestes y constelaciones que lo que se pensaba. Asimismo, cuando observamos la vida vegetal, las plantas tan necesarias para nuestra respiración con el fenómeno de fotosíntesis, la cantidad de vida animal desde seres tan pequeños que sólo se pueden apreciar con grandes microscopios, hasta los grandes monstruos marinos. Y ni que hablar cuando analizamos el cuerpo humano con sus complicados sistemas que lo componen.
Jorge R. Alonso