La máscara de la Iglesia
En los 90 comenzaba a caerse la máscara de la Iglesia Católica argentina. El repudio popular se había hecho notorio, y sus fieles ya no temían mostrar su disenso, tomando distancia de la institución.

Miércoles 21 de Julio de 2010

En los ‘90 comenzaba a caerse la máscara de la Iglesia Católica argentina. El repudio popular se había hecho notorio, y sus fieles ya no temían mostrar su disenso, tomando distancia de la institución. Fue tan sólo hace 16 años cuando el cardenal Antonio Quarracino –que ostentaba en ese momento el mismo cargo que tiene Bergoglio hoy– propuso separar a las personas homosexuales del país y llevarlas a un lugar aparte. Aunque suene como un chiste o algún desafortunado comentario pasajero, no lo fue. Fue una seria propuesta que deslizó y sostuvo abiertamente, frente a las cámaras de ATC en plena era de bonanza menemista, cuando el Estado y la Iglesia se profesaban abiertamente todo el amor que sentían. Durante este breve lapsus en el canal de la TV pública y gratuita –que solía ser uno de los líderes de audiencia en aquel momento–, al número uno de la Iglesia Católica en Argentina se le cayó la máscara y todos vieron, por un momento, su verdadero rostro. Tras este exabrupto, decidió retirarse un momento de la luz pública y puso en su lugar de vocero a una estrella en creciente ascenso, un carismático y educado joven, de respetuosa actitud, y trato amable y conciliador. Lo puso al frente de la campaña en contra de los derechos LGBT, movimiento que en ese entonces lideraban Jáuregui, Freda y Fuskova entre un minúsculo grupo de activistas que lograban de a poco conseguir los derechos elementales que el Estado les había negado durante tanto tiempo. Desde su lugar de lobbista del más férreo conservadurismo, enarboló los mismos argumentos sobre la familia que se usaron en la reciente discusión por el matrimonio igualitario en los discursos de Bergoglio, Agüer y Marino en la Iglesia Católica, Hotton en la Cámara de Diputados y Negre de Alonso en la de Senadores. Erigido en paladín de la derecha fascista, el joven sacerdote encargado de la tarea de defender en los medios la Sagrada Familia escondía bajo la máscara de su perfecta actitud una personalidad peligrosamente psicopática. Algunos años después, un informe televisivo pondría al descubierto que el poderoso representante de la moral cristiana, reconocido por su labor con los niños, era en realidad un perverso criminal, que aprovechaba su posición para abusar chicos indefensos, sometidos a su tutela. Sí, el mismo hombre que defendía la familia católica en los 90 era Julio César Grassi, y éste era él, sin su máscara.

Ignacio Fosco,

fosco@powervt.com.ar