Domingo 21 de Abril de 2013
Cada tanto reviso en la memoria, y si los tengo en los libros, aquellos autores de los cuales creo haber aprendido a tratar periodísticamente algunos temas y comentarlos. Sé que algo he aprendido pero no todo lo que deseaba. Hoy, ya viejo, recuerdo esos autores y los repaso no solamente por el placer de su lectura, sino porque en contacto con los medios de comunicación por los cuales uno se pone en conocimiento de aquello que nos interesa, me doy cuenta que las tonterías son cada vez más insoportables, dicho esto en líneas generales y con las excepciones del caso. Es como si en lo que hace al lenguaje del periodismo se le hubiera puesto un techo, tanto en el manejo del lenguaje en sí, notablemente empobrecido, como en el del conocimiento.
Me he puesto a leer en estos días esos viejos autores de ayer, algunos no tan lejanos, que son un ejemplo que sería útil para quienes ejercen este oficio. Por ejemplo Roberto Arlt que parece que ha sido olvidado por completo. No hablo de sus obras de ficción, sino de su trabajo como periodista, Para dar una idea de su forma de hacer periodismo habría que repasar algunas de las cerca de mil quinientas aguafuertes porteñas que escribió para “El Mundo” entre 1928 y 1933 (no hubo nunca una edición completa) y luego las que redactó para el mismo diario entre 1937 y 1942.
Pero no solamente Arlt ha sido olvidado. ¿Quién recuerda las notas de Conrado Nalé Roxlo que las escribía con el seudónimo de Chamico? ¿Y quién a Enrique González Tuñón, pues su hermano Raúl es recordado como poeta?
Leónidas Barletta publicó un diario que de acuerdo a la censura fue cambiando de nombre: “Propósitos”, “Principios”, “Conducta”. En las páginas esas estaba presente con frecuencia Ezequiel Martínez Estrada y muchas de esas notas aparecieron luego en libros que parecen no existir más. Pero no quiero referirme sobre todo a los argentinos sino a todos esos que leíamos y parecen no existir más. O al menos no despiertan en mí el entusiasmo que despertaron aquellos otros. No puedo dejar de recordar las crónicas de George Orwel, de Hemingway, de Malraux, los documentales de Jori Ivens, las fotos de Robert Capa sobre la Guerra Civil Española. Y la poesía de tantos poetas ingleses, algunos de los cuales pelearon por la República y murieron por ella.
Por ese entonces los franceses, durante la ocupación, publicaban en periódicos clandestinos sobre el horror de la ocupación nazi. Apenas liberado París, el 24 de agosto de 1944, comenzó a circular “Combat” con abundancia de breves ensayos, entre otros, de Albert Camus. Interesan particularmente porque son una lección sobre lo que significaba el periodismo crítico en un momento particularmente difícil.
Camus tiene clara conciencia de qué significa todo lo que está pasando y sobre lo que vendrá después. La guerra con el nazifascismo terminará al año siguiente, y esos meses serán cruciales. Todos los días de esos meses, entre la liberación de París y la derrota final, están plagados de acontecimientos acerca de los cuales Camus hace análisis penetrantes.
Conciencia. Tiene plena conciencia de lo que hay que hacer en esos momentos, e incluso se formula una autocrítica. En un ensayo publicado el 22 de noviembre de 1944, en “Combat”, dice: “Hagamos un poco de autocrítica. El oficio que consiste en definir todos los días y frente a la actualidad, las exigencias del sentido común y de la simple honradez de espíritu, no se realiza sin peligro. Queriendo lo mejor, se inclina uno a juzgar lo peor, y algunas veces también, lo que solamente está menos bien. En una palabra: puede tomarse la actitud sistemática del juez, del maestro o del profesor de moral. De este oficio a la pretensión o a la tontería, no hay más que un paso. Esperamos no haberlo dado”.
Camus se pregunta cómo escapar de este peligro. Se contesta mediante la ironía, pero nosotros, agrega, no estamos en una época de ironía. “Estamos todavía en el tiempo de la indignación”. Suceda lo que suceda, sólo con que sepamos guardar el sentido de lo relativo, todo estará salvado.
Camus tenía conciencia de que los años por venir iban a estar plagados de graves problemas, sobre todo, porque serían los años de la Guerra Fría. Si en estos últimos meses de nuestra actualidad, han sucedido tantas cosas en el mundo, los muchos que detentan el poder, no han estado a la altura de las circunstancias.
Este autor no deja detalles sin tener en cuenta. “En efecto, no dejamos de leer sin irritación, al día siguiente de la toma de Metz, y sabiendo lo que ésta ha costado, un reportaje a Marlen Dietrich, en dicha ciudad. Y siempre tendremos razón para indignarnos por ello. Pero hay que comprender, al mismo tiempo, que eso no significa para nosotros, que los periódicos tengan que ser forzosamente aburridos. Sencillamente, es que nosotros no pensamos que, en tiempos de guerra, los caprichos de una vedette sean necesariamente más interesantes que el dolor de los pueblos, la sangre de los ejércitos o el esfuerzo encarnizado de una nación por encontrar su verdad”.
Digamos que, a partir de esos años, dicho autor debió enfrentar problemas que supo sortear con una ejemplar dignidad. Su debate con Sartre, las discusiones por la situación de Argelia (recordemos que Camus era argelino), la publicación de sus últimas obras, el ganar el premio Nobel de 1957, y morir en plena juventud, en un accidente de automóvil.
Reconozcamos que fue justamente Jean Paul Sartre, quien escribiera las palabras más nobles para despedir a un amigo entrañable, con el que en algún momento se había distanciado.
El artista y su tiempo. Cuando Camus estuvo en Suecia, pronunció una conferencia en la Universidad de Upsala con el título de “El artista y su tiempo”. En esa conferencia, comenzaba diciendo: “Un sabio oriental pedía siempre en sus oraciones que la divinidad le evitase vivir en una época interesante. Como nosotros no somos sabios, la divinidad no nos ha evitado, y estamos viviendo una época interesante. En todo caso, no admite el que podamos desinteresarnos de ella. Los escritores de hoy saben esto. Si hablan, helos ahí criticados y atacados. Si modestamente se callan, no se les hablará más que de su silencio, para reprochárselo ruidosamente”.
Nosotros, en este 2013, estamos viviendo un tiempo más que interesante, que no nos permite desentendernos de lo que ocurre. Lo que nos produce un grave malestar, es que, en medio de una crisis, ocurra donde ocurra, no faltará un agregado presuntamente gracioso de Tom y Jerry, y algún imbécil que pueda tomarse a broma lo que está ocurriendo. Con razón Camus o Orwell se hubieran sentido vulnerados.