Domingo 28 de Agosto de 2011
María Eugenia Tabacco trabaja duro. Como dice su marido Jorge Tomio, que tiene 32 años y no es ciego, es una luchadora incansable. Escuchándola hablar, se nota. A los 20 años perdió la vista luego de terminar una serie de penosas intervenciones quirúrgicas para evitar salvarla de un desprendimiento de retina que había sufrido de pequeña.
Hoy, a los 32 años, exhibe con orgullo "Inclusionando", un documental realizado junto a esposo (quien lo filmó) por distintos países de Latinoamérica y que muestra el proyecto Agora de inclusión de personas ciegas en el ámbito laboral.
La comunicadora social nació en junio de 1979. Fue prematura y le diagnosticaron una retinopatía. Los años fueron transcurriendo y en su paso por el colegio del Huerto sufrió los inconvenientes de sus problemas visuales.
"Con lentes y tratamientos zafaba (le cuenta María Eugenia a La Capital) pero sabía que mi retinopatía en la adolescencia podía recrudecer por el propio desarrollo. Cuando terminé la secundaria e intenté seguir maestra jardinera en los estudios previos saltó que tenía más miopía de la que suponía. Llegué a ir hasta a médicos en Buenos Aires y me dijeron lo que mío era observable. A veces me pregunto cómo acá no pudieron ver eso".
El que para muchos pudo haber significado el peor momento de sus vidas, para María Eugenia fue diferente: "Pasó está cuestión de no ver más y para mí fue un alivio. Siento que me saqué como un peso de encima. Porque entrar al quirófano era una tortura. No se trataba de ver o no ver, sino que la anestesia me hacía mal, me descomponía, tenía que estar boca abajo para que la retina se fijara. Era un montón de historias físicas. Porque hay muchos ciegos que tienen otras patologías y después pierden la vista. En mi caso no fue así. Me operé nueve veces en tres años y ya no soportaba nada. Sólo quería estudiar y empecé a hacer cosas que antes no hacía", recordó.
Habla de su ceguera con naturalidad, como si las cosas que fueran a venir fueran igual de sencillas como antes. Y empezó a estudiar comunicación social en 1999. Aprendió el sistema Braille en tres meses -"en ese tiempo no estaban las netbooks adaptadas", señala- y siguió poniéndose los tacos y saliendo a bailar para "emborracharme y conocer chicos", cuenta y se ríe de manera estruendosa. "Sí, aprendí a darme cuenta de qué amigos se quedan y quiénes se van por un montón de prejuicios sociales. Parecerá loco pero mis mejores amigas de ese momento no querían salir conmigo al boliche porque no se les iba a acercar gente. Entonces empecé a tener otra vida social con otro grupo. Las que no creían que yo podía hacer eso son las que actualmente no sé en qué situación están. Yo ahora me casé, tengo una familia. Es como que hay mucho mito con esa cuestión social. Pero hice un montón de cosas que antes no podía hacer", explica.
Su militancia en el proyecto Agora (Aulas de Gestión Ocupacional para América Latina) comenzó cuando una amiga la eligió ser testigo de casamiento pero una vieja ley no se lo permitía por ser ciega. La enviaron a hablar con un abogado de la Dirección de Inclusión Municipal y le dijeron que era así. "Este muchacho era presidente de una ONG que se llama Mucar (Movimiento Unidad de Ciegos y Ambliopes de Rosario) y allí hice algunas cosas de prensa y militancia, y fue quien me contó del proyecto Agora, que financia la Organización Nacional Ciegos de España (Once), la más grande del mundo. Allá todos los ciegos trabajan. Ellos veían que en América latina no había inclusión laboral ni igualdad de oportunidades. Me dijeron que Agora iba a empezar a funcionar con nosotros en Rosario y teníamos que gestionar voluntariamente en las empresas este proyecto", detalla la periodista.
"Básicamente -se explaya- había que tocar el timbre en las empresas que estuvieran interesadas en incorporar personas ciegas y que no iban a tener ningún costo en hacerlo. Nosotros los capacitábamos, los insertábamos, aportábamos el software y el seguimiento si era necesario. Yo empecé a trabajar en el call center de una empresa de selección de personal. Era 2008 y estaba recibida desde 2007. Al mismo tiempo entró un chico a realizar tareas administrativas en una empresa de alarmas y otros tres chicos en otro call center de Maipú al 900. Después incluyeron otros jóvenes disminuidos en una consultora. También había estado becada en un proyecto de Dirección de Inclusión Municipal, donde hicimos una revista en audio. Hoy trabajo como recepcionista en un instituto educativo".
Asegura que la gente se maneja de manera diferente con las personas ciegas. "Es algo generacional. Las personas mayores sienten lástima, pero los más jóvenes tienen otra estructura mental y no estigmatizan para nada. Tienen otra amplitud y eso se nota mucho en los ámbitos universitarios. Uno quisiera que se notara más en los ámbitos laborales. Esa es la pelea que debemos seguir sosteniendo", resume entusiasmada.
“Inclusionando” es un documental nacido de la creatividad de María Eugenia en el cual se aborda la inserción de personas ciegas en el ámbito laboral en América latina.
“Tanto para mí como para un montón de compañeros encontrar trabajo fue muy duro. Porque también debíamos lidiar con la gente ciega que te planteaba que para qué se iba a capacitar si nadie les iba a dar trabajo, por ejemplo”, destaca.
"Encontrar trabajo fue muy duro"
Cuenta que el documental (www.inclusionando.com.ar) empezó a filmarse a principios de 2010 en México y en Rosario lo declararon de interés municipal. Habían juntado dinero junto a su marido, les regalaron una cámara y se lanzaron con el apoyo estratégico y logístico de la Fundación Once para América latina (Foal). “La idea era bajar hasta Argentina visitando empresas pero por algunos problemas sólo lo hicimos hasta Colombia”. En Argentina realizaron entrevistas en Buenos Aires y en Santa Fe. “Durante el viaje recogíamos testimonios de las personas que se habían insertado en el ámbito laboral y preguntábamos qué tipo de trabajo hacían. Estuvimos en El Salvador, en Guatemala, en Nicaragua. Fue un intercambio riquísimo”, indica.
Afirma que partieron de una hipótesis que confirmaron en un segundo: “En toda Latinoamérica no debe haber más de un 10% de personas ciegas incluidas en el ámbito laboral, más allá de diferencias económicas, sociales, estructurales.
“Con Agora hicimos un montón de inclusiones —abunda—. Y gente que hacía muchos años estaba esperando tuvo su oportunidad. Tenemos que buscar la manera de que las empresas y el sector público se concienticen de que los ciegos no solamente podemos atender un teléfono, sino que podemos capacitarnos para otras labores o incluso para generar microemprendimientos”.