Viernes 05 de Diciembre de 2014
Las personas que han pasado la barrera de los 90 años tienen delante de ellas dos opciones: por un lado, considerar el pasado excelente y el presente regular; por el otro, considerar el pasado regular y el presente excelente. A pesar de que encaran el balance de su vida de manera diferente, en algo coinciden: ya no hay futuro. En efecto, al pasar la barrera de los 90 años adquieren plena conciencia de la proximidad de la muerte, del inevitable fin biológico que les espera. Adquieren plena conciencia de lo efímero que es el tiempo vital, de lo corto que es el paso del hombre por la Tierra. Pero el haber traspasado la barrera de los 90 años les permite hacer algo por demás relevante: agradecer vivamente al Señor por esa vida efímera que les otorgó. ¡Gracias vida!, ¡gracias Señor por esa vida! He aquí lo que sienten las personas que han logrado vivir lo suficiente como para saborear las mieles de la existencia, experimentar en carne propia la excepcional aventura de vivir. Los longevos terminan por comprender acabadamente que ni la edad, ni la enfermedad, ni los sinsabores, ni la soledad, ni los ideales no alcanzados, ni los sufrimientos, son capaces de derrotar a la gran ganadora: ¡la vida!, esa vida que le permita a cada ser humano sobreponerse a todos los sinsabores porque se sostiene sobre dos pilares fundamentales: la fe y la esperanza. Cuando las personas pasan la barrera de los 90 años llegan finalmente a entender que la mayor sabiduría es reconocer que son hijos de Dios y que la vida sólo tiene sentido si se comprende que la lucha más fuerte del hombre es impedir que se diluya la esperanza, que el vivir bien vale la pena.
Leda Rinaldi