La hinchada, ¿no será la culpable?
Diego Braghieri cometió el domingo pasado un error increíble, sólo superado por el error que cometió el 9 de Chacarita al tirarla afuera. La hinchada de Central ya no lo soporta más. Sin embargo fue y es...

Viernes 22 de Abril de 2011

Diego Braghieri cometió el domingo pasado un error increíble, sólo superado por el error que cometió el 9 de Chacarita al tirarla afuera. La hinchada de Central ya no lo soporta más. Sin embargo fue y es titular para los últimos diez técnicos de Central, incluido el actual. ¿Pueden ser tan ciegos e ineptos todos los técnicos? Desde que voy a la cancha de Central (hace más de 50 años) he visto muchísimos ejemplos como el de Braghieri. Voy a enumerar algunos: Carlos Bulla: era un goleador fino, muy astuto. Se tuvo que ir. Fue a Banfield: goleador absoluto. El grito de la hinchada de Banfield era "Bulla, Bulla, Bulla, goles, goles, goles". Lo vendieron a Independiente: goleador absoluto también. De acá lo echaron a las puteadas. Néstor Borgogno: vino de Santa Fe. Jugaba de 8. De él dice Carlos Bilardo, que fue el jugador que más le costó marcar en su vida como futbolista, porque era extraordinariamente inteligente para jugar. Se tuvo que ir. A los insultos también. Para qué hablar del máximo ídolo viviente de la hinchada de Central: Aldo Pedro Poy, insultado como el que más. Se tuvo que esconder para que no lo regalen. Antes del gran Aldo, Néstor Manfredi. Otro recontrainsultado. Se fue a Los Andes con don Angel. Los Andes hizo la mejor campaña de su historia con Manfredi. Mas acá, Emiliano Papa. Acá lo insultaban 20.000 tipos el primer tiempo y otros 20.000 el segundo. Que yo recuerde, sólo dos jugadores han soportado esa situación, y la han revertido: Emiliano Papa y Aldo Pedro Poy. Emilio Zelaya le pidió llorando a Norberto Speciale que lo dejara irse a cualquier lado. No era que acá no podía jugar: acá no podía vivir. Jonatan Gómez es hoy el mejor jugador de Banfield, dicho por todos los medios de Capital Federal. Ambos son ídolos de la hinchada de Banfield. Ambos hicieron y hacen lo mismo en Banfield que en Central. Ambos se fueron maldecidos por toda la hinchada de Central. El Gordo Galíndez nos mandó al descenso, no sólo por los goles de All Boys, sino por los anteriores (Atlético Tucumán, Godoy Cruz), cuando le tocó entrar. Hoy está atajando muy bien, pero acá no puede volver. Contrariamente a lo pontificado por algunos, no es la presión de la tribuna la que desestabiliza a los jugadores de Central: es la otra. Es la presión de soportar el insulto en la calle, o la de encontrar el auto con la puerta abollada de una patada. O ver a la familia asustada por los insultos que reciben al nene a la escuela, por ejemplo. ¿Cuántos jugadores hay hoy en la primera de Central de los que tenía Gustavo Alfaro cuando dirigió acá? ¿Dos, tres? ¿Cuántos del equipo de Vitamina? Fracasaron los que ya no están, y fracasan los que hoy están. ¿Por qué acá no funciona lo que funciona bien en todos lados? Se me ha ocurrido pensar: ¿che, no seremos nosotros? ¿No seremos demasiado exigentes? ¿No seremos demasiado agresivos? Y a este respecto me gustaría sugerir que el insulto termine en la cancha. Fuera de la cancha, en la vida, los jugadores son personas que tienen derecho a vivir tranquilamente como el resto de los mortales. Si no aprendemos eso, nos va a costar el ascenso, porque nadie puede trabajar bien en un ambiente en el que no se siente bien y mucho menos, si tiene miedo.

Rubén Philipp