La grieta no era profunda
Resulta extremadamente difícil internalizar la realidad. Tomar conciencia de que ese vecino de Rosario, que pudo estar tomando sol a nuestro lado o compartiendo anónimamente una butaca en el cine, en un colectivo o cruzando un semáforo...

Martes 13 de Agosto de 2013

Resulta extremadamente difícil internalizar la realidad. Tomar conciencia de que ese vecino de Rosario, que pudo estar tomando sol a nuestro lado o compartiendo anónimamente una butaca en el cine, en un colectivo o cruzando un semáforo, sea a las pocas horas el protagonista de la barbarie que nos enluta, que entristece aún más porque pensamos que pudo no ser y que demuestra lo profundo de nuestra vulnerabilidad. El llanto acongojado no alcanza. Sólo explota porque no cabe adentro nuestro. Sin embargo, deja en claro muchas cosas. El vecino existe. Y aunque no lo conozcamos, su tragedia nos salpica y corremos en su ayuda ante la desgracia. Que hoy es de él, pero todos sabemos que pudo ser nuestra. Y extendemos la mano. Todos. Los que están en el espacio físico, sumando esfuerzo, sabiduría, acompañamiento, los que brindan su sangre, su tiempo, su abrazo. Todos. Con la amarga sensación de que ante una pérdida tan grande, cualquier ayuda parece opaca, insignificante. Jamás podremos devolverle sus sonrisas. A los que perdieron sus seres queridos, a los que observaron los camiones cargados de escombros transportando sus sueños, sus esfuerzos, sus logros, sus bienes más preciados. Sí, estamos de duelo. Y como todos los duelos para algunos resulta más difícil que para otros. Y hacemos lo que hacemos siempre frente a las pérdidas, intentamos rescatar entre los escombros. Y recordamos. El domingo por la noche en la televisión alguien habló de “grieta” entre los hermanos argentinos y vaticinó un tiempo de cincuenta años para que se cierre. El martes por la mañana la catástrofe puso de manifiesto el error de la apreciación. Espontáneamente, frente al peligro de vida de seres humanos inexistentes hasta el momento, muchísimas personas sin medir consecuencias treparon escaleras, gambetearon fuego, sacaron del lugar a cuanta persona en riesgo encontraron. Inmediatamente se pusieron en marcha todos los mecanismos de salvamento, información, ayuda. Nadie reflexionó quién era el damnificado, qué ideología política tenía o qué religión profesaba. Sólo era un vecino en riesgo. De repente, un hermano que nos necesitaba. De la grieta, nadie se acordó el fatídico día. Tampoco en los días posteriores. Resulta evidente que no era tan profunda.

Edith Michelotti