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“La gran ganancia de la última década fue la inclusión”

Gabriel Kessler presentó su libro “Controversias sobre la desigualdad, Argentina 2003-2013”. El sociólogo abordó el debate sobre la pobreza y la desigualdad durante la posconvertibilidad. 

Domingo 30 de Noviembre de 2014

“La gran ganancia de la década fue la inclusión, que puede ser entendida como un primer paso en relación a disminuir la desigualdad”, sintetizó el sociólogo argentino Gabriel Kessler, quien bajo el sello editor de Fondo de Cultura Económica presentó en su último libro “Controversias sobre la desigualdad, Argentina 2003-2013”. Se trata de un análisis sobre el debate en torno a la “década ganada”, concepto que instauró el kirchnerismo al cumplirse diez años del inicio de la presidencia de Néstor Kirchner. En el trabajo, el investigador sostiene que conviven en ese período dos tendencias contrapuestas, con mayores niveles de igualdad en ciertas dimensiones que contrastan con la perdurabilidad o la profundización de desigualdades en otros aspectos.

   En ese sentido, Kessler defiende como “políticas activas y no de derrame” las vinculadas al mundo del trabajo y la cobertura social que resultó en mejores ingresos y la recuperación de las negociaciones colectivas, el empleo registrado, el consejo del salario mínimo y las trasferencias condicionadas como la Asignación Universal por Hijo. De todos modos, y aunque puntualiza la presencia del Estado en áreas y regiones donde hubo ausencias de muchas décadas, aclara que este período “hizo más agua en aquello que requería más capacidad de gestión, más sintonía fina, más gasto focalizado” y “la puesta en escena de capacidades estatales”, especialmente en salud, vivienda, infraestructura o seguridad. “Me da la impresión de que no queda un Estado con nuevas y aceitadas capacidades”, dijo.

—¿Fue una década ganada o perdida en cuanto a la distribución del ingreso?

—El libro plantea una mirada multidimensional sobre la desigualdad. Una primera cuestión es que no es suficiente con mirar la distribución del ingreso para poder tener un balance acabado. Desde la sociología se dice hace tiempo que el bienestar es multidimensional. Saber qué sucedió con la distribución del ingreso es condición necesaria pero no suficiente. En el primer capítulo se ve que respecto del coeficiente de Gini, que hoy aparece tanto en los organismos internacionales como en los gobiernos de América latina para significar una mejora en la distribucion del ingreso, hay una mejora en Argentina, sobre todo hasta 2007/2008. Luego el ritmo se va aminorando, producto, fundamentalmente, de la dificultad de la economía para generar empleos de calidad. La cuestión es ¿por qué mejora el coeficiente de Gini? Allí hay algo que nos emparenta a otros países de America latina, que es el aumento de la ocupación, la mejora salarial, la re-regulación de las relaciones de trabajo, una vuelta atrás de las politicas de flexibilización laboral de los años 90. También el aumento de las jubilaciones, el impacto de las transferencias como los planes Jefas y Jefes primero y la AUH después. Otra cuestión es que hay una disminución de las brechas salariales entre los más y menos calificados. Eso no es diferente a otros países de la región. Indicadores de la Cepal señalan que en 14 de 17 países hubo una mejora del Gini de 2002 en adelante. Lo que surge como debate es qué dice el Gini. Para la voces más críticas, no dice mucho porque habla de la distribución secundaria, una vez que se produjo la distribución entre trabajo y capital, y que en los quintiles o deciles superiores queda invizibilizada la (tasa) Celit. Ponen como ejemplo el caso de México, donde se produce una mejora del Gini porque mejoran los ingresos de los sectores medios respecto de los altos. En Argentina no pasa esto. La mejora tiene que ver con los sectores más bajos. Pero igual, hay una serie de controversias que se plantean, una de ellas es que en la distribución funcional entre capital y trabajo. Hay una tendencia a más largo plazo de apropiación por parte del capital, del salario real. Es decir, un aumento de la participación del capital, no por productividad sino por apropiación del salario.

—Sobre el tema del Gini hay dos cuestiones. Por un lado se viene de un nivel muy bajo en 2001. Luego en el libro se analiza el impacto que en esto tienen tanto la inflación como el impuesto a las ganancias.

—Ahí hay varias cuestiones. Si uno se pone estricto en términos de desigualdad, no todo el impuesto a las ganancias impacta negativamente porque, en general, gravaría más a los ingresos más altos. De todos modos, hay un retraso. Y en términos de la inflación, como afecta a todos los que tienen ingresos, en términos generales afectaría a todos por igual. Pero eso no es cierto porque quienes están en los sectores mas desfavorecidos gastan todo en consumo. Y la inflación los afecta más. Lo segundo es un sistema tributario que mantiene una estructura que es regresiva, porque también hay mucho impuesto al consumo y hay rentas financieras que no están gravadas. Los tributaristas dicen que hay visos de progresividad en el sistema pero sobre todo por impuestos extraordinarios como las retenciones. También está la cuestión de federalismo y cómo esto no necesariamente favorece a las provincias menos desarrolladas. Los especialistas al respecto dicen que al federalismo no se le puede pedir igualdad, sino que su objetivo es garantizar la cohesión. Y a un gobierno central a veces le conviene poner dinero en una provincia menos despoblada donde, cada peso que ponga va a tener más impacto, y garantizar igual número de senadores y diputados. Eso también incide. Cuando uno mira de una manera más general en términos de ingresos puede decir que hay una mejora, sobre todo hasta 2007/ 8 pero es temprano para decir si es el fin de un ciclo más largo de desiguladades que comienzan a mediados de los 70, con algunos períodos cortos en suspenso. De todos modos, es una de las dimensiones donde mejor nos va comparado con otros países. Argentina está entre los países que desde 2002 en adelante más mejoró la distribución del ingreso, más mejoró la reducción de la pobreza. Hay autores que dicen que, sobre ingresos, en los 7 u 8 mejores años del kirchnerismo se recuperó todo lo que se perdió en una año (2002/3). Parece poco, pero fue mucho lo que se perdió.

Ubicaba al tema laboral y la protección social relacionada con el trabajo como el valor más importante de esta década. ¿Qué análisis hace en materia de desigualdades en otros sectores?

—Todo aquello que traccionó el mercado de trabajo, sobre todo el mercado de trabajo más protegido —urbano, asalarialdo—, el aumento de las coberturas asociadas y las transferencias condicionadas, es lo que dio las mayores ganancias. Después, si uno se guía por las comparaciones internacionales, con todos los problemas que esto pueda tener, a medida que se aleja de eso, los resultados son menos favorables. Por ejemplo, en educación. En cobertura nos va bien pero en calidad nos va mal. En salud, aun con un gasto elevado, Argentina tuvo un desempeño peor que otros países. En términos de acceso a la tierra y la vivienda también hubo una mejora en otros países, mayor que la nuestra. Allí se dio un efecto paradojal y es que aumentó el costo de tierra y la vivienda, con lo cual hay hogares que están mejor en términos de ingresos pero ven más alejada la posibilidad de acceder a la tierra o la vivienda.

¿La igualdad crece por la reactivación económica general pero al mismo tiempo provoca más desigualdad porque crecen los precios?

—Sí. Hubo un encarecimiento general de la tierra porque la tierra urbana es objeto de desarrollo inmobiliario y la tierra rural es deseada para la expansión de la frontera agrícola. Entonces, se da la situación de que casi toda la tierra urbana y rural está ocupada o está disputada. Esto hace que hoy casi toda la tierra es de algún modo objeto de disputa o de deseo o de intento de ser ocupada por el mercado. Al mismo tiempo, hay allí un indicador de aumento de la desigualdad. Es porque, comparando las áreas con trazado urbano con las mejoras de villas y asentamientos, las primeras mejoraron en aspectos como pavimento, acceso a servicios de gas natural, etcétera. En todas las áreas aumenta un poco el piso pero los términos de igualdad y desigualdad son conceptos exigentes, requieren que los que están peor mejoren más que los que están mejor. Por eso hay una cuestión paradojal de una mejora general pero con una perdurabilidad o refuerzo de desigualdades y donde las brechas aumentan.

Mencionaba que hasta 2007 hubo un proceso de recuperación en base a un piso muy bajo pero que luego eso comienza a estancarse. ¿La inflación es un mecanismo que restaura situaciones previas?

—En el libro trato de reponer las temporalidades de los distintos procesos. No sucede lo mismo, ni ahora ni en el pasado, con la salud, la educación o la vivienda. Cada una de las esferas tiene una temporalidad, un punto de inflexión. El 2008 es un punto de cambio, sobre todo respecto al mercado de trabajo. No tanto respecto a la educación, la salud, la vivienda o cuestiones de inseguridad. Desde 2007 y 2008 hay un peso de la inflación creciente y un menor peso de la economía para generar empleo de calidad. Allí hay un tema que está en debate sobre los límites que aparentemente tendría el modelo económico. La gente que trabaja en la UCA con Agustín Salvia muestra que en estos diez años hubo un crecimiento del mercado formal del trabajo, pero en sintonía con un aumento del polo marginal. Ahí surge una crítica casi al corazón del modelo y a la estrategia económica del kirchnerismo. Porque si esto es así, habría como un límite para la estrategia económica de incorporación de personas al mundo del trabajo formal. Depende de cómo se mida, se discute si en ese polo marginal queda una porción muy importante de la población o no. Es una pugna técnica que tiene consecuencias políticas. Es legítima la discusión que se da sobre si todo el empleo no registrado tiene que estar en el polo marginal o no. También hay una discusión sobre los desalentados. Para las estadísticas oficiales no entrarían dentro de la PEA, para la UCA sí. Otro tema es qué ocurre con el famoso grupo de los "ni-ni" (ni estudian ni trabajan), que aparece como pesadilla pero que también es heterogéneo. No es la imagen de un contingente de desempleados y desescolariazados, sino que incluye muchas situaciones distintas. Es un debate muy profundo que tiene consecuencias sobre cómo se mapea la realidad. Y habla de la necesidad de estar siempre adaptando los indicadores a las realidades. El problema es que todo eso, lamentablemente, está teñido por la cuestión del Indec. Pero en esto no impacta puntualmente. El resultado puede dar para algunos, como para la UCA, que 40 por ciento de la PEA está en un polo marginal y para otros un 20 por ciento. De todos modos, perdura un núcleo duro importante en la Argentina.

Escribió un libro sobre la nueva forma de la pobreza en los 90 que fue disruptivo. ¿Qué persiste y qué cambió de ese análisis?

— Creo que la nueva pobreza ya cambió antes. La primera ola que estudié era una que se dio entre la dictadura militar. Luego hubo otra ola de empobrecimiento a mediados de los 90 y otra en 2001/2. En 2006/7 hice un estudio sobre las trayectorias de los sectores medios y lo que veía era que muchos que en algún momento habían tenido una caída, habían mejorado su situación, y luego habían vuelto a caer. Trayectorias inestables. Muchos de esos nuevos pobres sí siguen siendo pobres, ya no son nuevos. Los del 2002, a los que no tomé en ese libro pero sí en un trabajo posterior, en general fueron reabsorbidos por el mercado de trabajo. Además quien no quedó muy destruido o endeudado, tuvo una mejora. Lo que sí se ve es sectores de clase media baja que están afectados por la inflación o por el aumento de la presión impositiva, pero no lo llamaría empobrecimiento.

¿Cómo analiza las protestas recientes de sectores medios relacionadas con dólar, inflación, aumento del precio de los bienes como autos? ¿Se está estudiando como nuevos tipos de reclamos?

—En América latina hay un descontento de las nuevas clases medias por varias razones. En realidad, para los sociólogos son sectores populares que vieron mejorar sus ingresos. El caso paradigmático es Brasil con las mejoras del Partido de los Trabajadores (PT). Las últimas protestas e marcaron que esas nuevas clases medias, que por un lado vieron mejorar su consumo individual, se quejan por la carencia de ciertos bienes colectivos como salud, educación, de la vida en las ciudades por el tráfico, la polución, etcétera. Al mismo tiempo, hay todo un debate —sobre todo en Brasil— que se dio en las clases medias sin enmarcarlas políticamente. Estos sectores creen que todo lo que lograron fue por su propio beneficio y se tranformaron en muy demandantes y disconformes. En Argentina hay una situación particular, no hay nuevas clases medias. Hay más bien clases medias de más larga data y hay malestar por distintas situciones que tiene que ver con la fragilidad de determinados logros, beneficios o ciertas mejoras. Hay temor a que vuelva a pasar lo mismo, con el fantasma de la crisis siempre presente. También las trabas a determinadas conductas económicas, como la compra de dólares, que genera malestar.

La demanda no corresponde directamente con el objeto de la misma, por ejemplo, se reclama poder comprar dólares cuando no se tiene posiblidad económica de hacerlo.

—Uno puede demandar no sólo por aquello que quiere hacer sino por las aspiraciones que tiene. Hay un horizonte de expectativas que se vieron cubiertas en los ultimos años, como la posibilidad de ahorro o consumo, y cuando eso se coharta hay malestar. Más en la Argentina que es una sociedad dolarizada, donde el dólar aparece como refugio contra la inflación.

Cuando analizamos la última década ¿hubo avance genuino en términos de igualdad, o un efecto derrame?

—Creo que hubo políticas activas, sobre todo en relación con el mercado trabajo. Gran parte de la disminución de la desigualdad tiene que ver con eso. Donde sí creo que hizo más agua la década es en aquello que requería más capacidad de gestión, más sintonía fina, más gasto focalizado y puesta en escena de capacidades estatales. Cuando se mira lo que pasó en salud, en vivienda, infraestructura o seguridad, se ve que fallaron algunas cosas, no se ve una gran capacidad de gestión, sobre todo porque las ganancias en términos de igualdad se hicieron en un período de vacas gordas y uno se pregunta qué pasará en vacas flacas. Tampoco queda un Estado con nuevas y aceitadas capacidades. La contracara de esto es que también se detecta más presencia del Estado en muchos lados. De todos modos, la igualdad o desigugaldad son conceptos exigentes y obligan a poner en correlación todas las cuestiones en el análisis, desde Fútbol para Todos hasta la fertilización asistida o la asistencia para el cura del Mal de Chagas. No se puede mirar una sola cosa ya que cada medida tiene un impacto. En ese sentido, diría que la gran ganancia de la época fue la inclusión, que puede ser entendida como un primer paso en relación a disminuir la desigualdad.

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