La felicidad y el sacrificio
Observando tanta pirotecnia dialéctica en lo que se supone una campaña política, con algo de filosofía uno se pregunta, cuál es el fin último de la vida humana. Considerando los errores que se suceden por tratar de hacer, en lugar de implicarse...

Jueves 21 de Agosto de 2014

Observando tanta pirotecnia dialéctica en lo que se supone una campaña política, con algo de filosofía uno se pregunta, cuál es el fin último de la vida humana. Considerando los errores que se suceden por tratar de hacer, en lugar de implicarse seriamente en cómo hacer, lo que cada uno hace. Aristóteles, proponía que todas las acciones del ser humano deben estar dirigidas a lograr la felicidad, propia y de sus congéneres. En consecuencia decidir involucrarse conscientemente en una actividad como por ejemplo la política, obliga a pensar que el éxito final de la empresa no debería ser el objetivo sino el medio para lograr la felicidad y el bienestar que tan dramáticamente se invoca. A toda la dialéctica utilizada en destruir al supuesto enemigo, Fredy Kofman, desde una visión comercial nos propone una reflexión lúdica: supongamos una partida de ajedrez, donde el objetivo es dar jaque mate al adversario, para lo cual cada participante adopta una estrategia diferente. Una de ellas es capturar las piezas de su rival y a la vez evitar que el tome algunas de las suyas. Hasta aquí una deducción simple y extrema del juego, pero útil para seguir con el ejemplo. Tomar las piezas del adversario y proteger las suyas se trata de un subobjetivo, valioso tan sólo como un medio, pero sólo útil para lograr avanzar sobre el verdadero objetivo, es decir, el jaque mate. Aquí se debe repensar la estrategia y definir que para jugar con eficacia, se debe ser consciente de que existe una escala y una jerarquía de objetivos. Si se considera que la mejor estrategia resulta perder una pieza, o sea, entregarla o ceder para obtener una posición ventajosa, se debe valorar que la palabra “sacrificio” que en latín significa “consagrar”, define aceptar y valorar que se ha resignado un objetivo menor para conseguir otro de mayor importancia. Si a esta altura de la partida los adversarios olvidan o no tienen en cuenta la verdadera categoría de los objetivos del juego, se cometen errores estúpidos. La voracidad descontrolada por tratar de eliminar piezas del adversario corre el riesgo de  transformarse en un “sacrilegio” cediendo en forma inconsciente una ventaja posicional que es mucho más valiosa para ganar el juego, que el hecho de destruir las piezas adversarias. En conclusión y como parámetro idéntico al juego de la política, para evitar actos entupidos, y para jugar conscientemente es fundamental tener presente la jerarquía de los medios disponibles, y como utilizarlos para lograr los fines propuestos haciendo sacrificios y evitando los sacrilegios, que más allá de ganar o perder el juego dañan la moral de los participantes.

Norberto Ivaldi