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La familia Vila Ortiz evoca a Gary

A medida que pasan los días y tratamos con mis hermanos y todo el montonazo que somos de familia de ordenar, con un poco de tristeza tanto como asombro y admiración, la multitud de papeles, libros, discos y manuscritos

Domingo 02 de Marzo de 2014

Pasó un tiempo desde que mi viejo tomo la decisión de irse así, naturalmente y sin decir chau.

A medida que pasan los días y tratamos con mis hermanos y todo el montonazo que somos de familia de ordenar, con un poco de tristeza tanto como asombro y admiración, la multitud de papeles, libros, discos y manuscritos que dejó, lo encontramos fortuitamente y a cada momento en algún punto del tiempo en sus recuerdos. Tal vez parado, pijama a rayas, y con un “poco” de asma en el ventanal de nuestra primera casa esperando temprano los diarios –todos– de un domingo cualquiera, o tomando un poco de sol en el jardín, siempre un libro a mano, es que puedo –podemos– de alguna forma volver a memorias que parecían un poco olvidadas. O en algún poema breve, en alguna foto en blanco y negro de la tele, de chico cerca de Cañada Rica, de la radio, del Jockey con su idolatrado Borges. O más simplemente un registro en su casa, con su familia, en su cuadra.

Recordar cómo las calles de tierra se convertían en barro intransitable y pegajoso con las lluvias. Entrabas con un tractor. Bombitas de 45 – si es que llegaban a 45– como única iluminación en medio de tan tranquila oscuridad. Apenas un teléfono en varias cuadras a la redonda. Casi dos horas para llegar a cualquier lado, en la B o el 217. El antiguo Fisherton que él tanto quería con el cariño alejado a los “excesos” de la civilización y el ruido urbano.

Acompañaban también esos eucaliptus alineados en toda la cuadra, distinguidos y enormes resistiendo tormentas hasta que alguno se entregó. Como se cayó aquel en calle Sánchez de Loria, ahí al costadito de nuestra casa, durante lo que se llamó el tornado de San Justo y que, tragedia aparte, fue todo un acontecimiento barrial que la tele apenas percibió. Extrañamente la bombita de 45 aguantó.

Y ahí estaban todos los amigos de la cuadra trepados “triunfantes” al tronco gigantesco ya mutilado, mientras lo hachaba poco a poco, y mi viejo organizaba en su habitual forma un poco desordenada –carne incluida– el asado, parrilla en tierra y cocinado con ramas de aquel árbol caído medio verdes que, vayan a saber los expertos en cocina de hoy, eran los más ricos del mundo.

Si viera mi viejo lo que queda de aquellos eucaliptus seguro que le pide a quien quiera que ande de guardia por allá arriba, discurso larguísimo mediante, que ganaría seguramente citando qué sé yo por qué a Camus, que no lo devuelva para estos lares por algún tiempo

O las noches en familia. Siempre infaltables siete en la mesa las ocasiones en que podía volver antes del enorme mundo de La Capital que era una de sus pasiones, lugar de muchas alegrías y alguna que otra tristeza.

Y en medio de las más increíbles comidas de mi vieja, sus historias sin fin de su juventud, de San Simón, de los amigos y de nosotros sus hijos. Las cargadas – y peleas– entre hermanos; mi hermana, muy chica ella, que reclamaba “no la miraran” casi escondida bajo la mesa con la sonrisa de aprobación cómplice de mis viejos y la bronca del resto de nosotros.

Llegaba entonces la hora de “bañarse”. El trámite de alinear a la compañía para la limpieza general en medio de los poco exitosos “yo sucio, no baño” de uno de mis hermanos cuyo nombre queda lógicamente en el anonimato. Después, y bastante temprano, a la cama.

O la memoria imborrable de esperar justamente ahí, en la cama, el ruido cercano del taxi en las noches de madrugada en que volvía del laburo, levantarme al toque al primer indicio de una puerta que se cerraba, y ver que llegaba con las noticias recién impresas y compartir así un muy básico, pero muy rico, huevo frito con sal de ajo mientras los dos, casi en silencio, quedábamos simultáneamente recluidos en algo tan simple y básico como la lectura.

¡Las ocasionales salidas a almorzar o cenar! El “regimiento” Vila Ortiz completo. En fila y a pesar de ser nosotros bastante chicos, esa admiración de ver que a mi viejo lo reconocían, y querían, en todos lados. Más de una vez escucharle “no me acuerdo quién es”, cuando lo más probable es que esa era la primera vez que lo veía en su vida. No había lugar para negar un saludo. Hasta los hinchas de Central aunque sabían que era veneno rojinegro.

Y hablando de fútbol, como muchas veces él lo conto, mi bisabuelo, mi abuelo, mi viejo y nosotros siempre de chicos al glorioso Parque. Desde la vieja tribuna de tablones pasando por la oficial hasta el palco numero uno. Gary de acá, Gary de allá, siempre la charla amena, jamás una discusión con otro hincha más que el infaltable “…qué le vamos a hacer…” y a quedarse ronco por Newell’s.

Pero de tantos recuerdos y enseñanzas de mis viejos, uno de los fundamentales es el enorme aprecio y el respeto por los amigos. Pueden dar fe el Tucán Cigalini, el Inglés Rollin, Chiqui y el Flaco Mirande y muchos otros – mis amigos y los de mis hermanos– de todas esas tardes en mi casa y no sólo los días de fines de semana, siempre un tropel a la carga. Partidos de fútbol, tenis, hasta alguno de básquet, Sol, lluvia no importaba el tiempo y en improvisadas canchas en el fondo de Sánchez de Loria 359. Grandes y chicos sin límite de edad. Y ahí en seguida las enormes mesas de merienda; mi vieja – a pesar de la bronca del pasto destrozado– preparando scons, waffles, tostadas, alguna factura, regadas con té, café con leche, lo que fuera y en dosis generosas para la horda hambrienta en medio de un parloteo incesante. No importaba cuántos fuéramos, había y sobraba con gusto para todos. Nuestros amigos eran (son) sus amigos.

El aprendizaje no terminaba en casa. Si no, ¿dónde está el gusto de jugar al futbol –muy mal– desde los 17 años y con los mismos “tipos” si no gracias a la lealtad que tanto nos inculcaron los viejos?

Además, y por supuesto, libros y discos: cubriendo cada rincón de la casa, hasta en los placares, sobre las mesas, en algún momento en el garaje. Crecían casi a diario. Jazz, mucho jazz, pero había de todo: clásica, folclore – la extraordinaria Misa Criolla estratégicamente ubicada –, tango… Y en todo la sorpresa –muy grata para nosotros– inicial de ver casi toda la colección de Los Beatles, algo de los Rolling, Dylan, Zeppelin y otros.

Los libros. Todavía casi no entiendo, pero podía leer a una velocidad, una cantidad increíble por día y tener una memoria infalible para citar y analizar lo que leía o escuchaba. Obvio, pasó todo el bagaje y el gusto por la música y la lectura, con sus lógicas limitaciones porque en eso es inimitable, a sus hijos y nietos.

Allá por 1997, en algún lado no recuerdo pero por alguna razón lo guarde entre mis cosas, mi viejo escribió una líneas, como una breve carta al suyo, nuestro abuelo: “Querido viejo: cada día que pasa te extraño más. La última vez que te vi, la noche en que moriste, fue la única vez que no estabas lúcido, pero tenías cara de felicidad. Tú ultima, memorable frase, mientras te ponían el suero, fue una que te hará reír y de las cuales yo no me olvidaré: sonriendo de esa manera que tenías de sonreírte, me miraste, creo que en el fondo de tu corazón me reconociste y me dijiste: “Ahora un heladito, y a dormir”. Lo único que espero es que te hayan recibido con esos helados de chocolate y vainilla que te gustaban tanto y un alfajor santafesino por el que tenías locura. Lo último, cada vez te extraño más y es un hueco que jamás podré llenar en mi vida. Hasta que nos encontremos nuevamente. Yo prometo llevarte otro helado. Chau, Gary, junio de 1997”. Viejo, estoy seguro de que cumpliste.

Yo por mi parte todavía lo espero para ver ese western que los dos disfrutamos enormemente y quedó inconcluso por la mitad, te tenías que ir, y me dijiste: “No la vi, me encanta lo terminanos otro día”. Era una de la trilogía de John Ford sobre la caballería. Una linda mentira, viejo.

Silvia, tus hijos y tus nietos

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