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La emergente clase media, motor de las protestas que sacudieron a Brasil

La promesa incumplida del gobierno de Dilma Rousseff de meter al gigante sudamericano en el mundo desarrollado. La creciente insatisfacción por la mala calidad de salud, transporte y educación llevaron a 200 millones de personas a las calles.

Domingo 07 de Julio de 2013

André Tamandaré no debería estar tan enojado. Durante la última década, el hombre de 33 años que no terminó la secundaria se mudó a una casa nueva, consiguió un empleo estable y junto con su novia Rosimeire de Souza ganó lo suficiente para meter a su familia de dos hijos en la clase media brasileña. Empleado del sistema de salud pública en un enorme suburbio de Río de Janeiro, Tamandaré es la clase de ciudadano que el gobierno brasileño creía satisfecho. Sin embargo, fue uno de los más de un millón de personas que salieron en las últimas semanas a las calles en una ola de protestas que estremeció la mayor economía de América latina. Los brasileños reclaman contra la mala calidad de las escuelas, hospitales y transporte público. Protestan contra los crecientes precios, el crimen y la corrupción. Critican a una clase política tan autocomplaciente que ha sido incapaz de anticipar —y mucho menos responder— la creciente insatisfacción que desencadenó las protestas.

Esas preocupaciones reflejan la frustración entre los casi 200 millones de brasileños con la incumplida promesa de meter al país en el mundo desarrollado. "Basta con caminar un poco por ahí para ver lo subdesarrollados que todavía somos", dice Tamandaré, fumando un cigarrillo en un banco de plástico junto a la pequeña mesa de la cocina de su casa. "Tome un autobús, vaya a una clínica: es todo desvencijado, lento, peligroso y exasperante". Las manifestaciones, que comenzaron con protestas contra un aumento en el precio del transporte público, movilizaron primero a jóvenes universitarios de la clase media brasileña, una minoría tradicionalmente más cercana a la elite que a los 100 millones de personas que hasta hace poco vivían en la pobreza.

Pero las protestas cobraron fuerza cuando la "nueva" clase media brasileña decidió salir también a la calle. "Este es el descontento de la gente para quien tener suficiente arroz y frijoles en la mesa ya no es una sorpresa", dice Rodrigo Dutra, un documentalista en Duque de Caixias, otro suburbio de clase obrera en Río, que está estudiando las diferencias entre estas protestas y unos disturbios ocurridos en 1962 a raíz del desabastecimiento de alimentos. En los últimos años se alardeó mucho sobre la clase media emergente de Brasil, principalmente por parte del Partido de los Trabajadores que gobierna desde 2003. El auge de la exportación de materias primas, una explosión del consumo y ambiciosos programas sociales sirvieron de combustible a un sostenido crecimiento que sacó a 35 millones de brasileños de la pobreza. Pero ahora, a medida que la economía se frena, muchos en las filas de la nueva clase media dicen que su tan publicitado ascenso social deja en realidad mucho que desear. "Es todo relativo", dice Dione BrandIao, una maestra de escuela de Río. "¿De qué sirve más gasto en consumo si la seguridad y la educación son peores?"

Mediocre punto medio. La popularidad de la presidenta Dilma Rousseff, que hasta hace poco tenía uno de los niveles de aprobación más altos de un líder electo en todo el mundo, se está desplomando. Desde que comenzaron las protestas, su apoyo público se hundió 27 puntos porcentuales hasta un 30 por ciento, según una encuesta reciente de la empresa Datafolha.

Los brasileños de clase media están expresando algunas de las mismas frustraciones que los manifestantes en Turquía, Egipto y otros lugares del mundo. Las demandas varían de país a país, pero reflejan las dificultades que los gobiernos de muchas naciones en desarrollo enfrentan para satisfacer las crecientes expectativas.

La noción misma de una clase media en Brasil es muy diferente de los estándares de América del Norte o Europa Occidental. Aquí no hay suburbios arbolados ni Volvos para las nuevas masas de consumidores. El término "clase media" es en cambio usado para incluir prácticamente a cualquiera capaz de pagar el alquiler, poner comida en la mesa y tal vez pagar la cuota mensual de una heladera, un microondas o un televisor que el gobierno brasileño a menudo destaca como una señal de su progreso. La llamada "clase c", el límite inferior de la clase media brasileña, está formada por familias con ingresos de apenas 1.730 reales por mes (unos 790 dólares) que —a diferencia de la clase media alta, mucho menor— dependen en gran medida del transporte, la salud y las escuelas públicas.

El problema es que Brasil, a pesar de su reciente éxito, invierte mucho menos en servicios públicos que cualquier otra gran economía. Tras el fin de dos décadas de dictadura militar, la Constitución brasileña de 1988 abrazó un sistema de pensiones estilo europeo y otros beneficios sociales pese a las limitaciones de una economía en desarrollo. "Adoptamos un modelo que transfiere mucha de la riqueza pública a los individuos y deja muy poco para la inversión pública", dice Samuel Pessoa, un economista de la escuela de negocios Fundaçao Getulio Vargas.

Por eso, aunque grava a la población con niveles de impuestos similares a los de Suiza, Canadá o Australia —con un peso tributario equivalente a un 35 por ciento de la economía—, Brasil gasta la mayor parte de sus recursos en costos de personal y derechos. En lugar de mejorar las carreteras, sistemas de ferrocarril o escuelas, los ingresos van a pensiones, salarios del sector público y transferencias a los gobiernos estaduales y municipales, que usan los recursos para financiar elevados gastos similares. Menos de un 5 por ciento del gasto oficial en 2012 fue a inversiones, según un estudio de Credit Suisse.

Brechas del gobierno. Y en momentos en que la otrora pujante economía de Brasil está frenada, el gobierno dosifica incluso el dinero destinado a inversiones. El año pasado, Brasil gastó menos de un 10 por ciento del dinero destinado a proyectos de transporte urbano, según datos de la organización de fiscalización Contas Abertas. El resultado son servicios públicos pobres. Para quienes dependen de ellos, la vida cotidiana es una serie de molestias que, en el mejor de los casos, representan un terrible desgaste pero a menudo resultan peligrosos y hasta mortales. Viajes de dos horas, o incluso más, no son raros en las grandes ciudades como San Pablo o Río, por no mencionar los mugrientos, impredecibles y caros trenes y autobuses cuyos conductores trabajan más horas de las que deberían.

Cuando los brasileños llegan a casa, a menudo en barrios donde no hay recolección de basura ni alcantarillas, tienen que preocuparse de uno de los mayores niveles de violencia del mundo. La tasa de homicidios en Brasil, según la ONU, fue de 21 muertes por cada 100.000 habitantes en 2010, comparado con 4,8 en Estados Unidos y 1 en China. En lugar de buscar la protección policial, los brasileños recurren a veces a los narcotraficantes u otras facciones criminales que controlan suburbios enteros. Sus hijos están menos ociosos que en el pasado gracias a un plan social que paga a los padres por mantenerlos en la escuela. Pero no aprenden mucho en las aulas. Los niveles de alfabetización y resultados de exámenes de los niños brasileños están por debajo de otras naciones en desarrollo y ni que hablar del grupo de economías desarrolladas al que Brasil sueña con entrar. Quienes no pueden pagar un seguro médico privado —como la mayoría de los brasileños— están a merced de hospitales públicos que a menudo carecen de suturas, camas disponibles y hasta médicos, algunos de ellos tan disgustados con el sistema de salud pública que prefieren trabajar sólo en el sector privado. La falta de médicos es tan grande, que el gobierno considera importarlos de Cuba.

Pero Brasil no está a punto de hundirse. Las protestas han sido principalmente pacíficas. Y Rousseff, aunque criticada por los manifestantes, reconoció sus preocupaciones y prometió aumentar las inversiones, aunque sea apenas un poco. La caída de sus niveles de aprobación tampoco significa una segura derrota electoral, especialmente porque los manifestantes no tienen una agenda única ni pertenecen a un único partido. El desempleo, mientras tanto, sigue cerca de mínimos históricos, un legado de una década pasada notable.

El boom. Tamandaré y su novia de Souza forman parte de los muchos brasileños beneficiados por el crecimiento económico de esa década. Provenientes de dos suburbios de clase obrera de Río, la pareja se conoció en 2000. En aquel entonces Tamandaré vivía con su abuela en Niterói, una ciudad al otro lado de la bahía de Río. Trabajaba esporádicamente reparando computadoras y electrodomésticos. De Souza, recién divorciada y madre de dos niños pequeños, había sido despedida de un supermercado donde trabajaba como cajera. Ella y sus hijos se mudaron con Tamandaré y su abuela. En 2005 volvieron a mudarse a So Gonçalo, un suburbio cercano donde la madre de Tamandaré, que murió cuando él era un bebé, le legó una pequeña vivienda de dos habitaciones muy desvencijada. “Las cosas estaban cambiando y lo vimos como una oportunidad”, recuerda de Souza, de 35 años.”. Y las cosas estaban realmente cambiando.

Una fuerte demanda de mineral de hierro, soja y otras exportaciones de materias primas por parte de China y otros mercados emergentes de rápido crecimiento dispararon los ingresos fiscales y facilitaron el crecimiento de otros sectores de la economía brasileña. El ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, padrino político de Rousseff, continuó con las políticas fiscales de su predecesor centrista, incluyendo un presupuesto equilibrado, para estabilizar las otrora volátiles finanzas públicas. Una mayor estabilidad estimuló las inversiones de empresas privadas y dio a Lula, que se transformó en una figura inmensamente popular, margen de maniobra para expandir programas sociales contra el hambre y la pobreza extrema. Los bancos estatales abrieron el grifo del crédito y la demanda de consumo, reprimida durante mucho tiempo, se disparó. De Souza y sus hijos repartían panfletos promocionando los servicios de reparaciones de Tamandaré. Había cada vez más clientes. Y de Souza comenzó a vender ropa interior a amigos y conocidos.

Ascenso social. Sus ingresos llegaron pronto a 1.000 reales por mes, el equivalente a dos salarios mínimos en aquella época. Tamandaré techó su pequeño patio y la familia compró a crédito muebles de cocina, una heladera y un televisor de 29 pulgadas. Los niños fueron a la escuela local, donde, como la mayoría de los otros estudiantes del sistema público brasileño, recibieron menos de cinco horas de clases al día. Ansiosa por lograr una mayor estabilidad, de Souza aceptó en 2008 un empleo como agente de salud en el gobierno municipal. El trabajo consistía en visitar familias pobres con problemas de salud y asegurarse que recibían atención médica adecuada. En la práctica, sin embargo, tenía pocos recursos para hacer bien su trabajo. Había que atender a tantas familias, que rara vez era capaz de visitarlas a todas.

En 2011 el municipio cambió el contrato que tercerizaba a los agentes de salud y de Souza fue despedida. Pero la suerte quiso que Tamandaré, que postuló cuando el ayuntamiento reabrió las contrataciones, consiguiera el mismo empleo. El continuó reparando electrodomésticos y de Souza, que todavía vende ropa interior en su tiempo libre, consiguió empleo como vendedora en un negocio de electrodomésticos. El trabajo es en Niterói, lo que implica un largo viaje. Aunque la distancia es de apenas 10 kilómetros, debido al congestionado tráfico cada trayecto demora 90 minutos. El autobús está lleno cuando llega y también cuando De Souza regresa a casa tras ocho horas de trabajo. “Voy parada en el autobús, estoy parada en el trabajo y después regreso parada”, dice. “Cuando llego a casa estoy agotada”.

El auge brasileño también se agotó. La demanda de productos básicos de China se lentificó. Y los consumidores brasileños están más presionados por las deudas que en ningún otro momento. Un creciente número de incumplimiento de deudas llevó el año pasado a los bancos a restringir el crédito. Tras un crecimiento económico promedio superior a un 4% durante los dos mandatos de Lula, el crecimiento promedio hasta el final del gobierno de Rousseff debe rondar apenas un 2%. La inflación, una preocupación constante en Brasil, volvió a un ritmo anual de un 6,5%. Y dos eventos mundiales, la Copa Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, son blancos de críticas debido a los más de 25.000 millones de dólares que costarán los preparativos.

Frustración. La frustración en So Gonçalo, una ciudad de 1 millón de habitantes, comenzó a desbordarse hacia las calles. Su reputación como un suburbio de gente trabajadora empezó a cambiar con la llegada de bandas de narcotraficantes expulsados de las favelas de Río a medida que la ciudad se prepara para los Juegos Olímpicos.

En febrero, de Souza fue asaltada a mano armada. Comercios, bancos y restaurantes protegen ahora sus vitrinas tras la ola de saqueos durante las protestas recientes. En una parada de autobús, las personas se apartan cada vez que ven aproximarse un auto para evitar ser salpicadas con un charco de agua de cloaca. Dentro de una gran tienda de electrodomésticos y muebles, Vander Oliveira, el gerente, dice que las ventas que se dispararon durante el boom dejaron de crecer. Tamandaré y de Souza ganan más de 2.000 reales por mes o unas tres veces el salario mínimo. Y a pesar de trabajar para el sistema de salud pública, destinan una quinta parte de sus ingresos a pagar un seguro médico privado. “Todos los días veo lo mal que están las cosas”, dice Tamandaré, que almacena en su celular fotografías de la dilapidada clínica local.

Debe pagar el uso de un avión oficial

El presidente del Senado brasileño, Renan Calheiros, anunció que pagará unos 15.200 dólares por el uso de un avión de la fuerza aérea para asistir a una boda, en medio de la presión que generaron las masivas protestas contra la corrupción. Calheiros había usado el avión oficial para viajar entre Maceió y Porto Seguro, para asistir el 15 de junio a la boda de la hija del líder de la coalición del gobierno en la Cámara alta, Eduardo Braga, miembro de su partido PMDB.

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