Viernes 04 de Marzo de 2016
Mauricio Macri y los integrantes de su gabinete han manifestado que uno de los principales objetivos de su gobierno es la eliminación de la pobreza. Manifestación que suena auspiciosa, aunque parezca como una ambición excesiva. Parecería innecesario recalcar la importancia de combatir la pobreza pero no lo es tanto. Para un gobernante es una obligación de carácter ético revertir que haya familias con necesidades básicas insatisfechas. Deber que va más allá de lo puramente ético. Una sociedad sin marcadas desigualdades, sin pobreza extrema, es una sociedad mejor. Incluso para los que más tienen. Las razones son más que evidentes. En una sociedad sin pobres tendremos menos delincuencia, ya que muchas veces ésta se explica, aunque no se justifica, por razones de necesidad, o por el acceso a drogas, relacionándola con la frustración que genera la desigualdad. El Papa Francisco la asoció no hace mucho con el terrorismo. Otro motivo para erradicar la pobreza es combatir el uso que hace de ella el populismo, que es la desgracia de la democracia de las últimas décadas. Pasaron en los últimos gobiernos políticos que procuraron apoyo electoral con promesas que, en la mayoría de los casos, eran incumplibles en favor de los que menos tienen. La falta de conocimiento, la necesidad de creer, llevan a muchos a acompañar con su voto a candidatos sin escrúpulos que lucran con la necesidad de los que menos tienen. Para estos políticos resulta claro que si la pobreza más la falta de instrucción favorece el éxito electoral, hay que perpetuarla. Uno de los puntos claros para salir de la pobreza es la creación de fuentes de trabajo, con pleno empleo y remuneraciones dignas. Para lo cual, ante la posible reactivación económica del país, se va a necesitar una capacitación muy superior a la que tienen la mayoría de los desocupados. En consecuencia, hay que comenzar a trabajar en la educación y capacitación de los excluidos. Sobre todo, en los jóvenes que aparecen como la franja mayoritaria, y son los que necesitan de una efectiva acción del Estado. A la gran mayoría de ellos, criados en un círculo de pobreza estructural, con antecedentes de desnutrición, no les llegan las oportunidades de una educación formal ni las ofertas laborales. Creo que otra clave para romper el círculo de exclusión, es el fortalecimiento de la familia. Sólo en el marco de una familia bien estructurada, con los padres presentes, con intimidad, sin la violencia del hacinamiento y la promiscuidad, se puede pelear contra la desnutrición infantil, los embarazos adolescentes, la droga, y otras enfermedades y adicciones. Y acá llegamos a un punto clave. Solamente se puede fortalecer la familia a partir de una vivienda digna, con los ambientes y los servicios indispensables. El acceso a la vivienda es un pilar principal para combatir la pobreza. Permite tener un hogar y éste representa a la familia. La casa y la familia van juntos. Se tendrá que trabajar en programas sociales para la construcción masiva de viviendas accesibles. El actual gobierno ha dicho en ocasiones, que entiende la política con el objetivo de concretar obras para el bienestar de la gente. Puede y tendrá que hacerlo. Próximamente, el país normalizará su relación con los organismos de crédito internacionales. A partir de allí surgirán las posibilidades de obtener fondos para construir viviendas sociales. Sin necesidad de regalar nada, con una ingeniería financiera adecuada, mínimo a 30 años, con una cuota que no supere el alquiler de dos piezas en alguna villa de emergencia, actualizadas en base al salario mínimo. Los fondos que el gobierno destine a este emprendimiento no son un gasto sino una inversión. En muchos países del mundo está contemplado. Simplemente es necesario la voluntad política de llevarlas a cabo.
Jorge Omar Bustamante
La furia por encarcelar
Alegremente piden: “¡Que alguien vaya preso!”. La furia expresada por ciertos comunicadores de medios masivos por ver encarcelados a presuntos culpables de delitos de corrupción con el argumento de combatirla, denota un franco desprecio por la libertad y una anomia preocupante. La libertad es el estado natural de las personas y su pérdida se halla simbolizada por la cárcel. Los que piden cárcel por la cárcel misma ignorando las garantías constitucionales, priorizan las patologías en desmedro de los valores, como lo son conocer la verdad, contar con la protección del principio de inocencia y de la independencia del juez de la causa. Hemos desarrollado durante siglos –dice Ronald Dworkin– una jurisprudencia de la Justicia penal que insiste en que la policía debe liberar inmediatamente a aquellos que no quiere o no puede procesar. También insistimos en que aquellos que van a juicio deben ser protegidos por procedimientos que, en la medida de lo posible, eviten condenas injustas. Decimos que es preferible que mil culpables queden libres a que una sola persona inocente sea condenada (Ronald Dworkin, “La democracia posible”). El arrebatado bramido mediático que proponen el ansiado apresamiento de supuestos culpables sin observar el debido proceso (art. 18, Constitución nacional), invierte –al menos en lo expresivo– el pacto social que antes enunciamos, al preferir que a toda costa alguien resulte condenado –y mejor aún encarcelado– aunque ese alguien resulte una persona inocente. El sentido común nos lleva a pensar que el deseo de una cárcel para un ser humano, que pierda su libertad aunque sea inocente, no es una pretensión de justicia y es más bien un deseo perverso que de tanto machacar puede llegar a internalizarse en ciertas capas sociales. A esta altura aclaramos lo obvio: la comisión de delitos cualquiera sean deben ser investigados y, en su caso, mediante el debido procedimiento se apliquen condenas justas. Esta premisa no se ve reflejada en las usuales frases que irreflexivamente demandan que alguno vaya preso. La milenaria cultura cristiana asiste al preso y reclama que se lo vaya a ver: “Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; era forastero, y me acogiste; estaba desnudo, y me vestiste; enfermo, y me visitaste; en la cárcel, y viniste a verme” (Mateo 25,31-46). Un amigo me exhibió la nota “Corrupción que se paga” (La Capital, 16/02/16, p.30), donde informa que el ex primer ministro israelí, Ehud Olmer, de 70 años, ingresó a una cárcel para cumplir una pena de 19 meses, condenado por haber aceptado soborno por 14.000 euros. No se mencionó el “corazón dolorido” ni la edad del condenado, menos aún las pruebas que lo habrían llevado a ese sitio tan siniestro, aunque trazó el ligero parangón entre lo que ocurre en aquel país con el nuestro. A mi amigo –que lo seguirá siendo– nunca le oí condolerse por los bombardeos en la Franja de Gaza, ni de sus víctimas inocentes. No debería desconocer –porque es abogado– que algunos delitos se pueden prevenir y otros delitos como aquellos “delitos contra la administración pública” se los evita con mejores mecanismos de control de un Estado que exhiba fortaleza, que son siempre mucho más sanos que las cárceles, porque: “La multitud de crímenes acusa impunidad cuando el Estado se debilita o perece” (J. J. Roussseau, “El Contrato Social”).
José Albrizio
Un gesto que no llego a entender
Desde que asumió como jefe espiritual de la grey católica, Francisco comenzó una tarea titánica contra la rigidez ancestral del Vaticano y su política de muchos años. Intenta, y me parece muy loable, tratar de lograr una mayor integración de la Iglesia con la sociedad actual; los medios de comunicación modernos le permiten llegar con sus mensajes a los más recónditos lugares del mundo. Pero no comparto algún accionar de Francisco: Milagro Sala no es una presa política como dice el kirchnerismo y algunas voces de la oposición, Sala es una dirigente social con serios cuestionamientos hacia el manejo de fondos que no eran propios, por lo tanto está en lo que podemos llamar zona gris de la corrupción. Y creo que el rosario bendecido a Milagro Sala sería como bendecir su accionar, sin esperar el accionar y fallo final de la justicia. El Papa se apuró en el envió, o bien le quiere dar algún mensaje a la sociedad y a la Justicia, y por otro lado me pregunto si les envió rosarios a Leopoldo López y los más de 75 injustamente detenidos del régimen venezolano, y creo que el Papa debe saber muy bien que cuando se gobierna se lo hace para todos, y no sólo para una dirigente social cuestionada. Creo que debe aprender a esperar los tiempos, a no ser que en esto haya algún mensaje que no llego a descifrar.
DNI 6.057.702
¿Hasta cuando con los “trapitos”?
Escribo esta carta para expresar mi disconformidad por el manejo de lo público en nuestra querida ciudad de Rosario. El pasado día lunes, como todos los lunes, miércoles y viernes, me disponía junto a mis compañeros de equipo de fútbol a realizar un entrenamiento de pretemporada en el parque Independencia, más específicamente en Pellegrini y Ovidio Lagos. Siendo el entrenamiento a las 19, recibimos muy a nuestro pesar a las 18.35 un mensaje de los profes comunicándonos que se veían obligados a suspender el entrenamiento, pues con motivos del recital de Maná el parque estaba poblado de trapitos que, con total impunidad y con el visto bueno de los organismos públicos, habían tomado el parque y, por medio de amenazas, expulsaron a los profesores diciendo que si realizaban el entrenamiento iban a tener problemas. Me pregunto yo, ¿hasta cuándo vamos a tolerar que mafias como la de este tipo no nos permitan disfrutar en paz y armonía los hermosos espacios públicos que tiene Rosario? ¿Cuándo las autoridades y sobre todo la Intendencia van a dejar de mirar hacia otro lado y va a penalizar, como lo merecen, a estos mafiosos y delincuentes? Nosotros como comunidad, ¿vamos a seguir permitiendo que nos “cobren” por algo que debería ser gratis y no nos dejen disfrutar un espacio que es de todos? Espero que de una vez por todas reflexionemos como sociedad y tomemos las medidas pertinentes para poder compartir los espacios públicos en paz, y no tener que sentirnos amedrentados por estas personas.
Bruno Monchietti
DNI 34.937.720
Decadente actitud de Massa
Es imperioso que me refiera a la decadente actitud asumida por Sergio Massa. Hace unos días apareció en los medios televisivos junto a la diputada Margarita Stolbizer anunciando, ambos, en una conferencia de prensa que “tratarán los problemas que tiene la gente y le marcarán los límites al gobierno”. Sabemos de los problemas que está enfrentado el PRO debido a la maldita herencia K que perjudica no al gobierno sino a todos los argentinos. También sabemos que en dos meses el presidente de la Nación y su equipo han hecho milagros, aún con las arcas del Estado vacías. La aparición de Massa en los medios a pocas horas de que el presidente Mauricio Macri concurriera a dar el mensaje legislativo que se acostumbra cada año, no tiene una buena lectura. De nada valió que Macri tuviera la gentileza de llevarlo al Foro Económico Mundial de Davos. No nos asombran sus agachadas. Lo conocemos a Massa como el mozalbete que saltó de un partido a otro. Que posee un alto nivel de exposición mediática y otros atributos que no lo favorecen. Por ello, las exposiciones gratuitas, para llamar la atención, no son más que bríos de envidia al contrincante que no pudo ganar en las elecciones presidenciales. Si realmente desea ayudar a la sociedad, abóquese a tal función sin tanta alaraca.
Ariadna Cerrano
DNI 10.185.115