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“La droga es la que te lleva a robar”, admitió un joven que se alejó de los excesos

La historia la cuenta Federico S, quien fue llevado varias veces a la comisaría 12ª, donde afirma que lo “cagaron a palos”. Su padre, albañil, hasta llegó a pedir que lo “dejaran ahí”.

Domingo 21 de Diciembre de 2014

“Hacía cosas malas yo, más no te puedo contar”, dice Federico S. Como todos los chicos que participan del programa, cuando habla de lo que lo llevó a ingresar lo hace en pasado, pero es tan corta aún su vida, con 16 años, que en la historia se superponen sin aire el ayer y el hoy. “La alita (de mosca, una calidad de la cocaína) es lo peor: te deja así de flaco”, agrega, y levanta un dedo. De la escuela lo “echaron” el año pasado, después de que un compañero lo “batiera” por haberle robado el celular a otra chica de su curso. Fue llevado varias veces a la comisaría 12ª, donde afirma que lo “cagaron a palos”. Su padre, albañil, hasta llegó a pedir que lo “dejaran ahí”.

   Fede, así lo llaman, llegó al programa Juventudes Incluidas gracias a la intervención de un referente del Ministerio de Seguridad en el barrio donde vive, Ludueña Norte, uno de los más castigados de Rosario.

   En rigor no ingresó solo, sino en banda, junto a otros amigos con los que “andaba en la calle”. A veces jugaba a la pelota en la canchita del Centro Comunitario San Cayetano, el mismo donde trabajaba Mercedes Delgado, la voluntaria de la comunidad eclesial de base que perdió la vida en enero de 2013 en un fuego cruzado entre bandas narco del barrio.

   Por eso, mientras charla con el diario en el polideportivo Cristalería, donde participa del plan Verano Joven, otros pibes, sus amigos, también van mechando el diálogo.

   Como siempre, en el relato de los chicos aparece inequívoca la dupla consumo de droga-robos. “Yo probé de todo: faso, solución, pastillas, poxi, alita... pero el problema es que para comprar, sobre todo alita, tenés que chorear”, sentencia Fede. Una conclusión que sus amigos comparten y que no admite mayor réplica.

   Pasa un pibe y dice: “Por eso hay fierros por todos lados”. Y otro: “En una sola esquina del barrio tenemos cinco traficantes. De chiquititos así arrancan, con 12 años....”. A veces el relato es autorreferencial, a veces las cosas les pasan a otros.

   Pero esta tarde de sol, en plena pileta de Cristalería, con cajas de alfajores a la sombra y gaseosas dispuestas para la merienda, rodeado de amigos y de “profes”, Fede es casi un nenito que dice: “Tá lindo acá”, y sonríe torcido, un poco avergonzado.

   “Si no —cuenta— estaríamos sentados en la esquina fumando faso o buscando quilombo”. Y con ambigüedades, con timidez, aparece el relato del “click” que impulsó un cambio.

   “Cambiaron una bocha de cosas. Dejé todo: no me drogo más ahora, por eso tampoco robo. Y me llevo mucho mejor con mi familia (padre, madre y 11 hermanos). Ahora con los pibes nos juntamos en otro lado. Vamos a las viviendas nuevas, porque a una cuadra de ahí nos sacan a los tiros”, cuenta.

   Con esa transformación parece tener que ver su participación en talleres (uno de electricidad y otro de letrismo y muralismo) y que a esa apuesta no haya llegado solo, sino entornado.

   Lucas F., uno de sus amigos, de 14, cree que es clave salir de la calle. “Porque es mala la calle, te enseña a robar nomás, a la droga te lleva”. Y de un tirón larga: “¿Qué te puede dejar de bueno ver a la gente cagándose a tiros, empastillados, falopeados, borrachos, muertos; la Gendarmería cagando a palos a los jóvenes? ¿Qué vas a sacar de bueno de ahí?”.

   Tremenda demonización de “la calle”. Tan tremenda, en algunos barrios, como cierta.

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