La doble K del Mastín
Es una historia corta pero algo dramática. Doña Rosa, la soltera, la que fue fanática de Sandro y la mejor oyente de Neustadt, vive cerca de casa y dicen que al sentirse sola...

Jueves 13 de Agosto de 2015

Es una historia corta pero algo dramática. Doña Rosa, la soltera, la que fue fanática de Sandro y la mejor oyente de Neustadt, vive cerca de casa y dicen que al sentirse sola, hace cuatro años adoptó un cachorrito de perro raza Mastín napolitano, al que bautizó Pichín. El domingo pasado decidí hacer una caminata por el parque Urquiza y me calcé las hermosas zapatillas blancas (de marca) que con mucho esfuerzo me regalaron para el Día del Padre (yo nunca había tenido algo tan deslumbrante). Bueno, apenas salgo a la vereda, contento, distendido y canturreando "O sole mío", siento en ambos pies una sensación que muchos habrán experimentado, algo así como caminar sobre la nieve; pero en este caso no era nieve, era el resultado final de la digestión del ahora robusto Pichín, el mastín. No hice un ADN pero lo deduje por el tamaño respectivo (el sujeto pesa 68 kilos a la sombra, mide 1,70 m. en dos patas). Rengueando volví a casa donde todos me decían (con una sonrisita) que no era para tanto, que no veo por donde camino y que esto me pasa porque no me gustan las mascotas. Debo aclarar que no odio a las mascotas y que cuando menciono a la doble K no estoy hablando de ningún modelo económico ni de ningún funcionario en particular, me refiero concretamente a Doña Rosa, a su adorable mastincito y a la bolsa grande que la olvidó; en palabras más finas, a nuestra educación urbana y a la relación vecinal. Quise consolarme y recordé que Lavoisier decía: "Nada se pierde, todo se transforma", confirmando tales palabras cuando tomé entre mis manos temblorosas aquellas zapatillas blancas e inmaculadas y que ahora se habían transformado en un conjunto informe con olor a Nápoles y donde lo que predominaba era la doble K. Respiré hondo, me tapé la nariz, controlé mis emociones, busqué un cepillito y me puse a cantar "Rosa, Rosa, te perdono hermosa, pero nunca olvides la bolsita rosa. Rosa, Rosa, me dejaste Rosa, una hermosa cosa, hay Rosa, de color marrón y frente a mi portón". A esta letanía es opcional ponerle música de Sandro, o tal vez de los Guachiturros. Finalmente, sin ningún rencor ni alusión escatológica, le mando un abrazo bien, bien fuerte a Doña Rosa y otro, más fuerte aún, para Pichín, el mastín.

Omar Pérez Cantón