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La des-ética del mal

Ninguna sociedad ha sido santa. Ninguna. Ninguna ha logrado la repartición del pan desde la ética, sino desde la ley. Pero bien sabemos que no se gobierna sólo desde la norma jurídica, tampoco se puede sin ella.

Miércoles 02 de Abril de 2014

Ninguna sociedad ha sido santa. Ninguna. Ninguna ha logrado la repartición del pan desde la ética, sino desde la ley. Pero bien sabemos que no se gobierna sólo desde la norma jurídica, tampoco se puede sin ella.

Nuestra moral básica se ha fisurado y mal, ya que la mayor moral de la solidaridad y de consideración del prójimo en estos tiempos están divorciados con lo cotidiano. Hemos hecho de lo relativo un absoluto, con lo cual le quitamos esencia a lo relativo. Así, si un acto lo hizo tal persona está bien, pero si lo hace tal otra está mal. El relativismo ha inundado nuestras vidas. Pero no queda aquí el estado líquido de nuestra moral. Se puede ver también en el tan mentado y disputado "relato de la realidad", planteado por todos los actores. Nietzsche estaría azorado de cómo se ha abusado de la interpretación de los hechos, por encima de la sustancia real y cuasi objetiva de los mismos. También resulta cuestionable cómo algunos recurren al simplismo para explicar la realidad social. La realidad requiere del coraje de pensar. La pereza de pensamiento drena monstruos. Nuestra sociedad es acreedora de una dirigencia estadual que no reconoce errores y menos responsabilidades. Se utiliza la palabra para ocultar y no para comunicar y menos para pedir disculpas. Perdón y disculpas han sido exiliadas del diccionario. Expulsadas sin culpa, con difícil retorno, pero no imposible.

El Estado con sus ausencias produce lo peor de la gente. Ello no justifica nada. Sin embargo explica, sin justificar insisto, tal o cual fenómeno social. El Estado resulta imprescindible en la mediatización y mediación de las relaciones sociales. Sus faltas la paga carísimo la comunidad.

Nuestra sociedad tiene también una coresponsabilidad. Hemos visto irse una moral de convivencias básicas, sin retenerla ni conservarla. La realidad nos golpea y nos preguntamos. ¿Dónde nos perdimos? ¿Cuándo fue que naturalizamos la no ética o des-ética? ¿Cómo la hipocresía tomó por asalto nuestras decencias? ¿En qué momento para nosotros y para nuestros hijos, los valores fueron regalados sin avergonzarnos? ¿Cuál fue el espacio en que nos educamos para sostener varios discursos contradictorios a la vez, con tal de lograr la conveniencia y el beneficio? ¿Cuándo fuimos consumidos por el consumismo y por criticar lo que nosotros mismos hacemos? ¿Qué paso que el individualismo nos ganó tan soberanamente? ¿Por qué lo que es efímero, veloz y momentáneo nos robó a la utopía? Hay muchas preguntas más con difíciles respuestas.

Sospecho y no creo en Savonarola ni tampoco en Robespierre, quienes sostenían de distintas maneras y en distintas épocas una sociedad perfecta sin pecado. Sí creo que el Estado y nosotros, la sociedad, nos tenemos que hacer cargo de lo que producimos. Aunque es al Estado al que le corresponde mayor responsabilidad.

La corrupción y el enriquecimiento ilícito no solamente son un perjuicio económico, sino también un profundo daño cultural. Es un reproductor de conductas anómalas. El Estado democrático debe darnos confianza y fe laica. Darnos paradigmas a seguir.

Una sociedad que tiene como una de las directrices la estética de la desmesura del exitismo fácil y consumista resulta fértil para la desética del mal. Esto es muy grave. Nuestras comunidades son sociedades imperfectas, con más o menos patologías sociales, todas tienen distintos grados de hipocresías, mentiras, contradicciones y perversiones, pero también virtudes. El problema es cuando las patologías sociales invaden todo el cuerpo de la sociedad. Cuando esto ocurre, implosiona y se descompone. Es saludable, desde ya, que bajen los grados de anomalía social. El Estado democrático tiene la mayor responsabilidad en el ejemplo y la acción.

Un joven, David Moreira, ha sido asesinado por una turba bárbara. En ese salvaje acto se lo mató y se hirió gravemente años de civilización. Asesinaron a David y nos mataron a todos. Tanto tiempo de derecho democrático para volver al salvajismo medieval de la pena de muerte; esto es sin Estado, sin proceso jurídico de defensa y sin siquiera darle la oportunidad de expresar su última voluntad. Fue sentenciado a muerte en forma inapelable y sometido a un dolor eternamente mudo. El asesinato ocurrido daña inconmensurablemente a nuestra comunidad e interpela fuertemente al Estado. Las decencias mínimas que aún tenemos reclaman más eficacias y menos anuncios de políticas públicas que están divorciadas irremediablemente con la realidad.

La des-ética del mal requiere para crecer de la anomia y la indiferencia, pero más del cinismo y la perversión de los valores y, más aún, del vaciamiento total de las palabras.

La recuperación de nuestras patologías sociales saldrá de nuestro compromiso y del reclamo permanente a las autoridades. Es el Estado el que debe dar cuenta de su existencia a partir de su presencia y no de su ausencia.

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