Sábado 31 de Julio de 2010
Martes 27 de julio, un día después de cumplirse 58 años de la muerte de Eva Perón. En la esquina de Maipú y Santa Fe, a las 21, una abuelita pedía monedas a los conductores de los coches que se detenían en el semáforo. Como siempre, los más humildes que viajaban en Renault 12, Fiat 147 o VW Gacel la ayudaban, en cambio los que lo hacían en bólidos imponentes no. Si Evita estuviera viva no permitiría que una mujer mayor en pleno invierno anduviera mendigando en ningún rincón del país. Tampoco dejaría que cientos de criaturas busquen paliar el hambre revolviendo los contenedores de basura. Los nuevos defensores de la justicia social nacional engrosaron sus arcas en porcentajes obscenos. El enigmático defensor de la justicia social en nuestra provincia no pasa frío tomando sol en la playa del hotel más caro de Palm Beach. Los defensores de la justicia social en Rosario parece que no observan estas cuestiones menores. La vida en la Argentina es difícil. Ser honesto y trabajar todo el día para mantener a la familia es ser un gil. Ser un desocupado, un paria. Ser un trepador es ser un ganador. Ser un gato y aparecer en la televisión es ser un fenómeno nacional. Como bien lo explica el editorial de La Capital del domingo 25 del corriente acá en nuestra Argentina se ha perdido la cultura del trabajo y sólo se mueve todo lo que tiene que ver con fiestas de cumpleaños, de casamientos o hasta de divorcios. Es decir, estamos viviendo la cultura de la fiesta y un constante deterioro moral de la sociedad. La clase dirigente vive en un mundo irreal y más que nunca alejada de los problemas de la gente. Evita no lo dudaría y al ver a sus supuestos herederos se volvería de inmediato a su tumba. Con todos los errores que pueda haber tenido, el país de la extinta justicia social, cada día que pasa extraña más a la única e irreemplazable abanderada de los humildes y de la clase obrera.
Daniel Ciúffoli,
daniciu@hotmail.com