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La cuenta pendiente del proceso de industrialización en la Argentina

Una mirada atenta sobre el proceso de reindustrialización que se generó en el país a partir de 2003, devaluación mediante, muestra algunos puntos débiles a la hora de caracterizarlo como un proceso genunino de desarrollo.

Domingo 03 de Noviembre de 2013

En una década atravesada por discursos épicos, donde el debate político ideológico se puso en primer plano, en algunos casos con la chicana como mecánica, resulta dificultoso pararse en el ojo del huracán y ver qué tanto se mueven o se movieron las estructuras económicas en la Argentina.

   Una mirada atenta sobre el proceso de reindustrialización que se generó en el país a partir de 2003, devaluación mediante, muestra algunos puntos débiles a la hora de caracterizarlo como un proceso genunino de desarrollo.

   Ese es justamente el análisis que abordaron un grupo de investigadores coordinados por Martín Schorr en “Argentina en la posconvertibilidad: ¿desarrollo o crecimiento industrial? Estudios de economía política”, un material recientemente editado que cuenta con una serie de estudios interdisciplinarios que analizan las continuidades y los quiebres que marcó la etapa abierta en 2002-03 con el neoliberalismo.

   El trabajo coordinado por Schorr, magíster en sociología, doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet y Flacso, se presentó en una actividad organizada por el Grupo de Estudiantes Independientes (GEI) de la Facultad de Ciencias Económicas de Rosario, donde tres de sus autores expusieron sobre los alcances de la reindustrialización de este siglo.

   Partiendo de la realidad empírica de la expansión industrial de la última década, la primera conclusión es que se trató de un crecimiento sin desarrollo. Para Andrés Wainer, doctor en Ciencias Sociales y magíster en Economía Política de Flacso, quien enfocó su estudio en el perfil de inserción del país en el mercado mundial, hubo dos grandes momentos de la política industrial posconvertibilidad. Uno desde 2002-03 con la megadevaluación, pocas políticas de promoción combinadas y estratégicas que reforzaron el perfil industrial preexistente. Luego, el período 2007 -2008, en el que al calor de la crisis internacional y con la licuación de la balanza cambiaria, “se tomaron medidas novedosas como la restricción a las importaciones, la necesidad de establecer intercambios comerciales equilibrados, con manejo del dólar”.

   Sin embargo, apuntó que “la reindustrialización acotada y la falta de diversificación económica, marcan los límites de los cambios del perfil industrial respecto a la etapa anterior, más subordinado a mantener las cuentas macroeconómicas al corto plazo que a desplegar una estrategia global de desarrollo”.

   Según Wainer, Argentina tuvo poca sustitución y, mientras las exportaciones se incrementaron un 165,6% entre 2002 y 2010, casi sin modificaciones en su perfil sectorial, las importaciones crecieron un 528,5% en el mismo período. “Esto tiene que ver con la herencia industrial del neoliberalismo, con la potenciación de sectores demandantes de divisas e insumos importados, la falta de una política de sustitución de insumos estratégicos y un esquema económico que potenció las exportaciones de bajo contenido tecnológico”, dijo.

Sectores. “La estructura productiva del 2010 es muy semejante a la de los 90; se ve que hay sectores grandes que aplastaron a los más chicos porque existe una presencia ausente del Estado, que en algunos ámbitos hizo y, en otros, mantuvo el statu quo”, planteó María José Castells, licenciada en Economía de Flacso.

   La investigadora realizó un análisis sectorial que toma dos sectores de importancia: el automotriz, que en 2010 dejó un déficit de 3 mil millones de dólares; y el de bienes de capital, que en el mismo año generó un déficit de 6 mil millones de dólares. Si bien en 2012 éste descendió a 500 millones, lo que marca que la industria creció, conllevó gran requerimiento de importaciones.

   Castells junto a Schorr y Esteban Ferreira, licenciado en Economía y docente de la UBA, concluyeron en el estudio sectorial que la buena noticia es que Argentina produce y hasta exporta algunos de esos bienes, pero los importa por otro lado. “Hay sectores que exportan caños de escape y otros que los importan”, ejemplificó Castells.

   En el sector de autopartes, identificaron que las pymes son lo que se llama “el fiambre del sándwich”: condicionadas tanto por la terminal automotriz que le compra la parte y le impone un precio, como por el proveedor de insumos, “que es un concentrado grande que ganó un montón de plata, no invirtió y fijó precios superiores al crecimiento de precios del resto de la economía”; a lo que se suma la competencia con Brasil y China.

   Por ello, la economista destacó la necesidad de implementar aranceles preferenciales para estimular la producción local que otorguen competitividad respecto a los productos extranjeros. “El libro pide a gritos más presencia del Estado pero no de cualquier manera, sino potenciando los sectores donde hay masa crítica y potencialidades para avanzar”, señaló.

Oligopolios extranjeros. Como ruptura con la etapa precedente, la expansión industrial conllevó generación de empleo, la reimplementación de la paritaria y un empoderamiento de la clase trabajadora registrada. Pero Pablo Manzanelli, licenciado en Sociología de Flacso, becario del Conicet y docente en la UBA, profundizó sobre las raíces de la misma, en las que sobresale una fuerte concentración y extranjerización económica que habilita la formación oligopólica de precios.

   Tomando las 169 ramas industriales, concluyó que 95 se encuentran altamente concentradas. Por su parte, las 100 empresas más grandes explican actualmente el 41% de la producción industrial, un 20% más del grado de concentración industrial respecto a 2001. Elemento agravado por ser el 70% de ellas extranjeras, mientras que en el 2001 de las 100 líderes, eran 50 las extranjeras y, en los 90, 25.

   “Uno de los principales problemas de Argentina es la reticencia inversora de las grandes empresas, que se apropiaron de una mayor porción de las ganancias sin reorientarlas a la inversión. La tasa de ganancia media de la posconvertibilidad de estas grandes empresas fue del 33,1%, que contrastó con el 14,5% de la década del 90. Es decir, se apropiaron del doble de ganancias. Pero, mientras en los 90 invertían el 18,5% de su valor agregado, en la posconvertibilidad invirtieron el 11,1%”, explicó Manzanelli.

   Entre las firmas que presentaron mayor reticencia a la inversión citaron a Celulosa, productora de papel y pasta celulosa, con una ganancia neta entre 2005 y 2010 de $15 millones y una inversión neta negativa fue de $49 millones de pesos. También a Fate, una de las empresas que recibió incentivos fiscales e impositivos del gobierno para realizar inversiones de envergadura. Tuvo $116 millones de ganancias netas, pero también su inversión neta fue negativa (-$55 millones).

   Los investigadores mencionaron también a Molinos Ríos de la Plata, de Pérez Companc (ganancias netas por $1200 millones e inversiones netas por $265 millones, lo que significó un 21% de reinversión de utilidades); Arcor, con ganancias en $1400 millones e inversión de $380 millones; y Repsol YPF, que giró un 20% de utilidades entre 2010-11.

   “¿Qué hacen las empresas con esa plata?”, analizó el sociólogo. Y contestó: “Ahí aparece el otro gran problema, que es la fuga de divisas al exterior”.

   La hipótesis desarrollada en el libro es que las grandes empresas fabriles se expandieron y consolidaron sin invertir, gracias a la fijación oligopólica de precios y la percepción de una amplia gama de subvenciones estatales. Entre 2007 y 2010, las ramas concentradas explicaron en la economía argentina el 64% del aumento de precios, aplicando precios en un 8% por encima de la media. Entre los sectores que más aumentaron están el azucarero, chocolates y golosinas, pastas secas, acero, aluminio, refinería de petróleo y cementeras.

   Si se asume que las manufacturas más relevantes presentan escasos eslabonamientos interindustriales y una reducida capacidad generadora de empleo y que, para las empresas líderes, los salarios son costos y no dinamizadores de la demanda interna, no debe extrañar que junto a la ausencia de cambio estructural en el ámbito fabril, se hayan afianzado las tendencias a la concentración, centralización y extranjerización del capital.

   De este modo, considera Schorr, “se tornan cada vez más evidentes los límites objetivos que el perfil de especialización predominante le impone a la redistribución del ingreso”. •

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