La crisis en España golpea de lleno a la generación del ladrillo
Son obreros que prosperaron durante la llamada burbuja inmobiliaria. Ahora están desempleados

Sábado 28 de Marzo de 2009

Almería, España. — Un día al mes, desde hace seis meses, Antonio Montoya Soto acude a las oficinas públicas de empleo. Con paciencia resignada, hace una cola cada vez más larga de desempleados en España que esperan cobrar el dinero del subsidio o conseguir alguna oferta de trabajo. No hace mucho tiempo, Montoya, de 54 años, llevaba una vida muy diferente, casi de ensueño, como obrero de la construcción. Compró una casa, dos automóviles y prosperó. Su hogar es el recuerdo de los buenos años. El salón es acogedor y un patio con mesas y sillas muy coqueto prolonga la estancia como alternativa ideal en los calurosos días de verano. Pero Antonio perdió su empleo en agosto pasado y con él, por aquello de que las desgracias nunca vienen solas, su esposa y sus cuatro hijos también se quedaron sin trabajo. Ahora, sobreviven con 750 euros (unos 1.000 dólares) al mes de la prestación y viajan en colectivo para no gastar dinero en nafta. "A veces pasaba de largo por la oficina de empleo y me decía a mí mismo que nunca me vería en esta situación. Fíjate ahora", comenta cabizbajo, como sin dar crédito a lo rápido que han empeorado las cosas para toda su familia.

Almería es una de las ciudades más golpeadas por la recesión y la crisis en España. Si en el país, el desempleo está en el 13,9 por ciento, en esta soleada provincia del sudeste andaluz la tasa es del 25 por ciento, según el Instituto Nacional de Estadística. Con el consumo estancado y el grifo de los créditos cerrado a causa de las turbulencias financieras, el gobierno admite que el desempleo alcanzará el 16 por ciento en 2010, pero algunos organismos internacionales elevan sus predicciones hasta el 19 por ciento, dibujando para toda España el mismo camino tortuoso por el que ya transita esta provincia. Almería es el espejo del vertiginoso viaje a los infiernos de la economía española, asfixiada por el pinchazo de una burbuja inmobiliaria que ha derrumbado el resto del tejido productivo como si fuera un castillo de naipes.

A simple vista, es una ciudad viva. Ha cambiado mucho desde que en los años 60 Clint Eastwood rodara en estas tierras semidesérticas clásicos del spaghetti western como "Por un puñado de dólares" o "Lo bueno, lo malo y lo feo". Cines, bares y restaurantes bullen al atardecer de una actividad frenética. Sin embargo, una mirada profunda al corazón de sus calles revela las heridas que la crisis internacional ha abierto en España.

Todo se vende. Los carteles de "se vende" salpican los exteriores de decenas de viviendas cuyos inquilinos no pueden afrontar los pagos de la hipoteca. Algunos comercios cerraron. Pero, sobre todo, llama la atención la cantidad de obras paralizadas.

El paradigma del final de los días de vino y rosas en Almería se llama "Pueblo de Luz". Como si fuera un monumento erigido por la ironía del destino, el esqueleto de cemento de este macroproyecto urbanístico de centenares de viviendas permanece en pie junto a enormes grúas en silencio, porque el inversor no tiene dinero para pagar. La economía de esta provincia se ha sustentado tradicionalmente en dos industrias: las canteras naturales de mármol y la agricultura intensiva de los invernaderos. Durante los años de bonanza, la construcción de residencias de descanso, es decir segunda vivienda, se sumó a la fiesta para cerrar un círculo poco virtuoso.

La costa se pobló de urbanizaciones de lujo y campos de golf. El turismo británico, con la libra en buena forma, no tardó en colonizar la zona. En junio de 2006, unas 85.000 personas trabajaban en la construcción en Almería. Hoy, de acuerdo con un estudio publicado por los sindicatos, no llegan a las 19.000.

Analistas estiman que muchos trabajadores han vivido estos años por encima de sus posibilidades, sin pensar un sólo instante que podrían perder su empleo. Así era la vida de Antonio Montoya cuando ganaba 1.200 euros al mes y sus cuatro hijos trabajaban en sectores relacionados con la construcción. En su casa, viven tres de sus hijos de entre 17 y 32 años y la novia de uno de ellos, todos sin empleo. Con los 750 euros que Montoya cobra del subsidio y 400 euros que el gobierno concede a familias en dificultades paga 500 euros de una hipoteca que no vence hasta 2017, alimenta seis bocas y costea las facturas. "Son momentos difíciles", reconoce. "Ahora, trato de no conducir por no gastar en combustible y a veces comemos las sobras de dos días".

Plan de obras. Para frenar la sangría de desempleados, el gobierno invirtió más de 11.000 millones de euros en un ambicioso plan de obras públicas para emplear a los desocupados de la construcción. Pero muchos expertos estiman que el rescate será efectivo.

Montoya es uno de los rostros detrás de la fría estadística. Como él, más de 800.000 familias tienen a todos sus miembros desempleados, según estadísticas. Son lo que algunos expertos bautizaron como los nuevos pobres del ladrillo. Familias enteras que prosperaron al ritmo de una construcción desmedida de miles de viviendas durante la última década y que ahora, en menos de dos años, han visto su modo de vida destruido a la misma velocidad con la que el sector inmobiliario se ha desplomado a causa de la crisis.

Es la nueva realidad de este país, el agotamiento de un modelo productivo excesivamente dependiente de la vivienda en opinión de muchos expertos. "La construcción ha sido una locomotora que ha arrastrado todo lo que ha encontrado a su paso en la caída", dice el catedrático Sandalio Gómez. "Llegaremos sin problemas a los 4.500.000 desempleados, y la tasa del desocupados se elevará hasta el 20 por ciento". La gran preocupación, según el profesor Gómez, es que la bolsa de nuevos desocupados procedentes de la construcción será difícil de colocar. "Estamos hablando de unos años en los que todo el mundo tenía dos casas y hasta tres autos", dice. "España es un país sólido y nuestra tasa de ocupación es similar al resto de Europa. Saldremos adelante seguro. El problema es esta generación del ladrillo. Son trabajadores sin apenas formación. No la necesitaban, en realidad".

Sin embargo a pesar de las dificultades Montoya no pierde la esperanza a pesar de que el banco, falto de liquidez, le dijo a este desempleado que no puede ayudarlo con la hipoteca y lo amenazó con inscribirlo en la lista de morosos si no cumple con los pagos.