Jueves 19 de Junio de 2014
Se trata de un acontecimiento que casi todo el planeta vive con intensidad. Tal es el fervor que despierta este deporte que, en alguna medida, la existencia de un Mundial cada cuatro años (como les ocurría a los griegos con las Olimpíadas), pauta temporalmente nuestra vida. Si el fenómeno es trascendente en casi todos los países, en el nuestro se manifiesta de una forma especial. Desde las primeras décadas del siglo XX, el fútbol forma parte de los hábitos, las costumbres y las tradiciones de los argentinos. Así como producimos excelentes productos, principalmente en el sector agropecuario, también producimos buenos jugadores de fútbol. Dos campeonatos y dos subcampeonatos dan cuenta de esa condición. De los seis o siete jugadores que en distintas épocas fueron considerados los mejores del mundo, tres –Alfredo Di Stéfano, Diego Maradona y Lionel Messi- son argentinos. Por eso, el Mundial es un hecho que casi todos, y muy particularmente los que somos “futboleros” todo el año, esperamos con alegría. Más allá de las naturales preferencias por los colores de nuestro país, el Mundial es una vidriera que nos permite ver durante algunas semanas a los más grandes jugadores de los más diversos países. Es una fiesta de este maravilloso deporte, a la que nos preparamos para asistir, aunque sea por las pantallas de la televisión, con una emoción que la adultez no logra apagar. Esta es la cara bella, festiva, noble del fútbol. Ojalá fuera la única. Sin embargo, esa enorme popularidad ha sido siempre un imán ineludible para los demagogos. Gobiernos inescrupulosos quieren explotar en su provecho los triunfos de los seleccionados de sus países. Lo hemos visto muchas veces en la Argentina y lo volvemos a ver ahora. La manipulación es bastante grosera. Se transforma un hecho deportivo en un acto estatal y partidario. Se confunde deporte y Nación. Hasta las publicidades privadas se suman a esa confusión, explotando un nacionalismo de baja estofa y apelando a emociones irracionales y xenófobas, que nada tienen que ver con el verdadero espíritu del deporte. Todos queremos que nuestra selección gane la Copa del Mundo. Tiene jugadores de extraordinario nivel, que brillan en los campos de juego más exigentes de Europa. A la cabeza de todos ellos está el extraordinario Messi, que no deja de asombrarnos por su virtuosismo y también por la sencillez y humildad de su conducta. Pero la Argentina no será mejor si gana el Mundial ni peor si lo pierde. Son otros campeonatos - el institucional, el social, el económico, el cultural, el educativo, el de la transparencia, etc. - los que hace muchas décadas que venimos perdiendo. Ya es tiempo de que nos entrenemos con rigor y disciplina, no para ser los mejores, sino por lo menos para competir en las primeras ligas. Talento, como en el fútbol, no nos falta. Hay que saber encauzarlo.
Jorge R. Enríquez