Martes 01 de Diciembre de 2015
Cuando uno es de un equipo de futbol, difícilmente hinche por otro, se pone mal si pierde, y hasta llore si hizo alguna mala campaña. Es imposible, por más que el otro equipo cuente con gran presupuesto, enormes figuras y todo el marketing, es imposible. El fútbol es pasión y ahí queda, por eso es tan lindo. Lo del otro día (el domingo de las elecciones) es otra cosa, lo que me duele es no entender. Puede ser que la explicación esté ahí, en mis narices pero no la veo (posiblemente entren a jugar mis limitaciones), pero aunque trate de partir de ahí, del corazón mismo de la cosa, se me escapa el nudo. Y por no entenderlo, me golpea el desenlace, me acuesta en la lona, me sangra en el alma y en el corazón. Me duele, derrama lágrimas y se corporiza en lamento que es pura tristeza. Como cuando falleció mi padre, mi madre, deja el vacío, es angustia, algo se nos fue de las manos y era tan lindo tenerlo. Sin más vueltas, después de muchos años vuelvo a ser oposición (como bien lo señaló en su columna una periodista que respeto y en un diario al que también lo hago). Ahora, esas calles que nos conocen, que saben del pedido legitimo, nos esperaran con un nuevo gobierno (el nacional) que sabemos para donde se dirige, para quiénes va a gobernar por más discurso lírico, hasta místico diría, que se haya querido vender. Lo conocemos de hace rato, difícilmente nos engañe a muchos de los que seguramente las calle nos vuelva a reencontrar. Sabemos de quién se trata, de que se trata y que se trae entre manos, son muchos años de conocerlo. Quedarán los que sin ser espectadores de lujo, siguen aplaudiendo el "triunfo", sin saber que ese éxito es para otros y no de ellos, que fueron necesarios, que se les agradece el gesto pero que no les podrán dar nada en lo que viene, no está en la naturaleza de los triunfadores, nunca lo estuvo, nunca vendrá. Nosotros, los de acá, los que siempre estuvimos de este lado, que le poníamos una ficha a las ganas de seguir hasta el último minuto, que despachamos lágrimas sin vergüenza por no poder seguir conquistando sueños, seguimos tristes. Duele, y cómo duele, más porque se sabe lo que se viene, lo que trataremos de impedir pero que querrán imponer a fuerza de los que les plazca, lo intentarán, y no es por rencor que uno lo diga, ellos son así en estado puro, no conocen otra cosa, ya lo han demostrado, lo han dicho y lo han practicado. Se retrocedió, nos guste o no nos guste. Quien en breve levante quejas (me refiero a los hartos) no podrán decir que no se les advirtió, se buscó todas las formas y todas las maneras de hacerlo. Por eso la calle es nuestro lugar, vuelve a serlo y ahí estaremos resistiendo.
Daniel Aristizabal