Jueves 02 de Septiembre de 2010
Los varones que son atractivos de jóvenes en la madurez se ponen feos. Los horribles, al contrario, de grandes se ven mejor. En tanto, la categoría del montón nunca sufren altibajos. Para estos últimos la conquista siempre fue trabajosa pero no imposible, con simpatía y haciendo reír a la muchacha podían llegar a la meta. Pero después de los cuarenta años, cuando el hombre todavía se siente un pibe por dentro, el afuera denota los años y feúcho, bello o más o menos, cuando recibe en un comercio la pregunta "que mata" de alguna agraciada joven con el maldito: "¿Qué necesita, señor?", el ego se va al descenso. Si alguna mujer lo anuncia como: "Está el muchacho de..." quedó impresionada ante su presencia o bien no renovó la graduación de sus lentes en la óptica. Como la pólvora terminó con los guapos y el GPS con las agachadas de los viajantes, la billetera mata al galán y ahí está la chance del cuarentón si es que tiene un buen pasar. Por eso la señora inteligente debe saber que puede estar más segura con un marido pobre que con uno afortunado, en cuanto a engaños se refiere. El humilde trabaja y se desloma todo el día y no le quedan muchas ganas de hacerse el piola y su poder adquisitivo no lo hace apetecible para la otra. En cambio uno rico tiene más encanto, ya que gana mucho y trabaja poco y, por supuesto, más tiempo libre, un auto de alta gama y es un candidato tentador para solteras, separadas y viudas con o sin escrúpulos. Los parámetros de belleza masculina en los últimos años cambiaron bruscamente. El que antes era el desagradable del barrio, para las chicas de hoy es "un divino". El hermoso de la barriada pasó a ser un desabrido que no atrae. Por eso un sano consejo para todos los varones lindos, feos o "maso": traten de divertirse pero sin dejar los estudios, incursionen en política para ser cuarentones exitosos y no malgasten el dinero: si lo tienen, piensen en el futuro. Para el varón la belleza es puro cuento.
Daniel Ciúffoli,
daniciu@hotmail.com