Martes 15 de Diciembre de 2015
Los recientes y trascendentes acontecimientos políticos sucedidos en nuestro país, eclipsaron la evocación de otros hechos históricos como por ejemplo la batalla de Ayacucho, de la que hace unos días (el 9 de diciembre) se cumplió un nuevo aniversario. Esa batalla es de por sí, poco menos que ignorada por los argentinos. Se libró el 9 de diciembre de 1824, precisamente en el valle peruano de Ayacucho (Pampa de la Quinua), ya bajo el mando del general venezolano Antonio José De Sucre (lugarteniente de Simón Bolívar); y prácticamente señaló el fin de la Guerra por la Independencia hispanoamericana en América del sur, porque se derrotó al virrey José de la Serna, con lo que se aniquiló definitivamente el Virreinato del Perú, centro del poder realista. A partir de esa decisiva confrontación, comenzaron a regresar a nuestra patria, los granaderos argentinos que habían subsistido en la lucha que tiñó de sangre criolla y española los campos de aquellos pueblos trascordilleranos. Algunos regresaron y pudieron celebrar el milagro del retorno. Lejos, atrapados por el despertar de una pesadilla, habían quedado los gritos de los cañones, los chasquidos de los sables, el repiqueteo de los caballos y el destino tibio y rojo de las bayonetas. Los soldados que pudieron volver se reunieron por fin con sus madres, con sus hijos, con sus novias, con el recuerdo de quien no pudo esperarlos. Uno de esos soldados, al decir del poeta mendocino Julio Quintanilla, le entregó una rosa a su amada como un símbolo de las batallas, como el rosal de las victorias; pero hubo otra rosa y esa, se marchitó en el árido rincón de la ingratitud histórica popular argentina. Porque más allá de algún breve informe en la sección de efemérides de algunos medios, la batalla de Ayacucho ha quedado casi olvidada. Es cierto que desde la enigmática reunión en Guayaquil en julio de 1822, San Martín ya no comandaba el Ejército emancipador; pero las alas de su figura rectora, aún cubrían como las del cóndor majestuoso de Los Andes, el espíritu libertario de los granaderos que desde San Lorenzo lo acompañaron hasta su retiro político-militar ocurrido el 20 de septiembre de 1822 en Lima. Esos granaderos eran argentinos, y aunque bajo el mando de Bolívar, siguieron luchando para culminar exitosamente la epopeya libertadora de la América española en el sur del continente. Por eso creo que la batalla de Ayacucho debiera tener en nuestro país, una recordación importante cada 9 de diciembre.
Edgardo Urraco