La bandera de la ética
A partir de la primera emisión del programa de Jorge Lanata un importante sector de la sociedad, furiosamente enfrentado con la presidenta, comenzó a hacer flamear la bandera de la ética.

Lunes 10 de Junio de 2013

A partir de la primera emisión del programa de Jorge Lanata un importante sector de la sociedad, furiosamente enfrentado con la presidenta, comenzó a hacer flamear la bandera de la ética. El problema que nos aqueja desde hace años, acusa ese sector, es que los políticos, una vez que acceden a las más altas esferas del poder, se dedican pura y exclusivamente a robar a mansalva. El gobierno de Cristina es, a su juicio, el más ladrón de todos los gobiernos que hemos tenido desde el 25 de mayo de 1810, una asociación ilícita dispuesta a protagonizar el saqueo más gigantesco de nuestra historia. ¿Quién no puede estar de acuerdo con el deseo de contar con gobernantes decentes, que honren la función pública, que al dejar los cargos que detentaban puedan caminar tranquilamente por la calle, como el ex presidente Arturo Illia? Para ese sector tan relevante de la sociedad el origen de todas nuestras desgracias es la corrupción. En consecuencia, basta con elegir a un presidente honrado para que se solucionen rápidamente todos nuestros problemas. Como bien señala el escritor Martín Caparrós, lo que aqueja a ese sector se denomina “honestismo”. El “honestismo” es la creencia de que basta con tener un presidente honrado para salir de la decadencia. Como bien señala Caparrós, ser honesto no constituye virtud alguna. Todo político tiene la obligación moral de ser honrado y si lo es no hay por qué premiarlo. Lamentablemente, ser honrado no alcanza para nada en el mundo de la política. Para salir del atolladero es fundamental que el presidente, además de honrado, aplique las políticas adecuadas. ¡De qué vale tener un presidente honrado si aplica las políticas neoliberales para sacar al país de la crisis! ¡De qué vale tener un presidente decente si aplica una política fiscal ferozmente regresiva! Un presidente puede ser decente y austero y, sin embargo, gobernar para el sector dominante. Se puede ser decente y de izquierda y también se puede ser decente y de derecha. En definitiva, me parece que lo relevante no es la honestidad del gobernante que, como expresa con todo acierto Caparrós, debería ser un dato menor, algo obvio, sino si las políticas que propone tienden a elevar la calidad de vida del pueblo o a satisfacer los intereses de la oligarquía.

Hernán Andrés Kruse