Domingo 11 de Octubre de 2009
“¿Ves esas luces? No es Nueva York: son las luces de José B. Casas, el único paraje habitado en el camino entre Carmen de Patagones y San Blas”. Jorge Quiroga remarca con una media sonrisa un gesto leve, entre irónico y compasivo. Todavía está oscuro, pero afuera se pueden ver unos postes, un caserío, una capilla, la pulpería. Las luces de un pueblo que ya es prácticamente fantasma: en el último censo (2001) José B. Casas tenía apenas 38 habitantes, 200 personas menos que en 1991. Y cuando cierren la escuela, el pueblo va a dejar de existir, dice Quiroga, geógrafo, docente, gestor cultural y futuro vecino de San Blas. Es martes, es temprano, hace mucho frío y el traqueteo del viejo colectivo impide que los seis pasajeros se duerman. Después del pueblo casi fantasma no hay nada más para ver. La inmensidad.
Si uno no es turista, y no tiene auto, y ni siquiera es temporada de verano, lo único que puede hacer para ir hasta San Blas es levantarse de madrugada y llegar a tiempo a la terminal de Carmen de Patagones, la ciudad más austral de la provincia de Buenos Aires, la más antigua de la Patagonia. De ahí sale dos veces por semana un colectivo de esos que conservan firuletes pintados a mano, que recorre los 100 kilómetros que hay hasta la bahía, en el extremo sudoeste de la provincia: son 47 kilómetros de pavimento y otros 50 por un camino de ripio casi desierto hasta llegar al acceso a la isla del Jabalí. No hay forma de confundirse: para entrar al puente que une la isla con el continente hay que pasar debajo de una caña de pescar gigante que enlaza una especie de tiburón amigable. Bienvenidos a Bahía San Blas, el “paraíso de la pesca deportiva” de renombre internacional. No hay ningún cartel que lo diga, pero no hace falta. En el pueblo viven solamente unas 800 personas: en la última temporada, según a las estadísticas que llevan los bomberos cada año, pasaron por allí unos 70.000 turistas.
Salir al mar, volver a la costa y sacarse la foto con un cazón, un bacota, lo que pique ese día, y después llevarse la cabeza como trofeo para colgarla en el quincho y decirle a los amigos: “El fin de semana pesqué unos tiburones, ¿ustedes qué hicieron?”. Eso es algo que estimula a muchos de los que llegan hasta allí cada año. Hay gente que se levanta el domingo, mira por la ventana, y dice: “Hoy está lindo, como para pescar unos tiburones”. A uno le puede parecer una fantasía un poco pueril, como si un grupo de chicos estuviese tirando piedras en la playa, soñando aventuras en voz alta, y uno dijera “yo quiero pescar tiburones”, y otro “yo quiero ser actor de cine”, yun tercero “yo quiero encontrar un tesoro pirata”. Bueno, alguien debería explicarle a los chicos que algunas cosas son imposibles: en San Blas todo el mundo sabe que al tesoro de los piratas lo encontró hace años un tal Peirano, y que ya no hay nadie tan loco como para intentar una superproducción cinematográfica semejante a la que filmaron ahí en 1942. Pero todavía les queda el consuelo de los tiburones. Y algunas buenas leyendas.
Piratas y periodistas. En la isla del Jabalí uno puede entrar a cualquier almacén a preguntar si hay ostras o pejerrey para el mediodía, y de paso preguntar, como quien no quiere la cosa, qué fue lo que pasó con el tesoro que escondieron por ahí unos piratas ingleses a mediados del siglo XIX. Nadie te va a cobrar más caro, ni te va a mirar como si fueras el típico turista que se cree la historia de la isla del tesoro. Se ofenderían, por el contrario, si a uno se le ocurriese sugerir que es un mito casi inevitable para ese enjambre de islas silenciosas enclavadas en la bahía San Blas: Jabalí, Gama, Flamenco, del Sur, de los Césares.
“A mediados del siglo pasado, un buque pirata inglés que operaba frente a las costas de El Callao inició una huida hacia el sur perseguido por una flotilla de la Real Marina Británica. Los piratas bajaron por el Pacífico, cruzaron el estrecho de Magallanes y se metieron en esta bahía. Enterraron un valioso tesoro entre los bancos de arena que unen las islas Gama y Flamenco, justo ahí enfrente”. Así comienza el relato que un antiguo vendedor de carnada de la isla Jabalí le contó hace casi 40 años a un periodista de la revista Siete Días. En enero de 1970, el entonces secretario de Redacción del semanario, Osvaldo Tcherkaski, publicó un informe especial de ocho páginas sobre el misterio del tesoro y el destino de un grupo de familias opulentas en San Blas. Los pobladores de entonces le hablaron de los dos sables cruzados que señalaban el lugar donde fue enterrado el botín, de los restos humanos y fragmentos de ropas hallados en un pozo, de los extraños movimientos de hombres y de recursos en la isla Gama.
Lo que sucedió después con el tesoro, cuya existencia casi nadie pone en duda, está plagado de versiones, por supuesto, aunque todos repitan un nombre: Gerónimo Peirano, un italiano que arrendó la isla Gama en 1878, y fue nombrado por Julio Roca como primer subdelegado marítimo del puerto de San Blas en 1881. “Él ya venía sabiendo que había un tesoro”, dice ahora don Iván Bustamante, completamente convencido de la versión que siempre circuló entre su familia. “Nadie sabe cómo sacó el tesoro de la isla. Ahora: supóngase que mañana ustedes me ven con una
4 x 4 ahí en la puerta. La gente va a preguntar de dónde saqué la plata. Bueno, este hombre se volvió después a Italia, y se compró tres embarcaciones, tres barcazas grandes, y empezó a hacer la travesía Buenos Aires-Bahía Blanca- San Blas-Patagones. Se transformó en un empresario naviero. Entonces la gente dijo: «¿Y éste de dónde sacó la guita?» Con el sueldo que ganaba allí, nunca podría haber comprado las embarcaciones”, dice Iván, en un pequeño cuarto de su casa de Carmen de Patagones, donde vive desde los 90.
El primer arrendatario de la isla Gama siempre negó haber encontrado un tesoro, y al menos su nieto le creyó. En 1958, un aventurero australiano de apellido Watson le propuso al entonces concesionario de las islas Gama y Flamenco, Raúl Peirano (nieto de Gerónimo), realizar una búsqueda conjunta del cofre pirata. Peirano le cedió sus peones y Watson corrió con los demás gastos, a partir de la propuesta de dividir el botín en partes iguales.
La expedición no tuvo éxito pero el australiano volvió a hacer un intento en 1967 tratando de convencer a Peirano de las virtudes de la tecnología: “Ahora es mi propósito pedir a usted el permiso de ingresar a su isla con mi detector de metal muy potente para hacer un intento mucho más serio de encontrar dicho tesoro”, le escribió Watson desde Maracaibo, Venezuela, donde había recalado.
Esta vez no recibió respuesta del concesionario de las islas.
Escualos y famosos. Un largo día de trabajo, cuenta don Walter, volvió a su casa con más de 20 cazones. Llegó, los vio a todos juntos y se dio vergüenza, dice. “Pero, ¿sabés qué pasa?, que te llevás cinco o seis tipos, y encuentran el pique, y andá a decirles que no lo pesquen. También hemos devuelto muchas veces. Hay algunos que vienen y te dicen: «No, yo vengo, pesco y devuelvo». Lo hacen por el gusto de hacerlo nomás”. Don Walter está por cumplir 70 y vive en San Blas desde hace 20. Ya no se dedica a llevar gente a pescar, pero tiene videos. A la noche pone uno para que veamos: son los nietos del viejo Fontevecchia, “el que hizo la revista Weekend”, tratando de pescar sus primeros tiburones, acompañados por el abuelo.
Los chicos tienen 15 y 17, están agotados por el esfuerzo. Uno está en plena pesca, forcejea, se tira al suelo, pide ayuda, la cámara va y viene, el tiburón da pelea. Interviene un adulto, sigue el forcejeo, lo acerca un poco más a la lancha y ¡bum! El escualo se rinde, la bala es más fuerte.
“A veces les hacés ¡Paa! Un tiro, de al lado”, explica Walter. En la edición final para el cliente se omiten las partes violentas: hay gente sensible que no estaría muy de acuerdo, y el video debe ser apto para todos”, dice. La mujer de don Walter, sin ir más lejos, lo miraba feo cuando él revisaba la filmación de una excursión particularmente cruenta. “Mi mujer era alemana, y no le gustaba nada esto. A veces veía y me decía: «¿Cómo los tratan así?» (a los escualos) Lo que pasa es que no tomamos conciencia, como cuando de chiquitos matábamos pajaritos, es más o menos una cosa así”, dice.
La primera vez que un amigo lo llevó a pescar a San Blas, cuenta don Walter, lo primero que hizo fue preguntarle dónde había que sacar permiso. “No, no, acá no es necesario el permiso”, fue la respuesta. “Y cuando saqué la primera pieza le pregunté «¿cuántas piezas se pueden sacar?» Y él me dijo «todas las que quieras». Bueno, me gustó. Después recorrí la costa, desde San Clemente hasta Madryn, y el mejor lugar para mí era este”.
Por sus características naturales –un verdadero pozo marino, sin oleaje fuerte ni mar de fondo–, la bahía de San Blas está considerada como uno de las mejores pesquerías de Argentina. Desde las costas de arena negra o de canto rodado de las islas, se pueden pescar pejerreyes panzones, gatuzos, peces palo, cazones, corvinas y chuchos, gatopardos.
Pero por sobre todo, los pescadores deportivos del país y del mundo acuden al área porque es el hábitat de unas 10 variedades de tiburón, entre los cuales figuran el bacota, el escalandrún (algunos llegan a pesar 130 kilos), el martillo, el cazón grande y el gatopardo.
Hace algún tiempo, un reducido grupo de habitantes comenzó a reclamar por un uso racional de las riquezas naturales del lugar, fundamentalmente contra la pesca indiscriminada del tiburón.
No hace falta más que dar una vuelta por las calles anchas de San Blas para descubrir que cualquier propuesta de cambio será resistida: hay almacenes que tienen pintados tiburones en la pared, y comercios que se llaman Tiburón I, II y III, y grandes soportes con ganchos en la costa que dicen arriba Bahía San Blas, como para que los pescadores embarcados se puedan fotografiar con sus trofeos, y hasta un hotel de lujo, ubicado a unos ocho kilómetros de la villa principal, el Resort Tiburón, motor de las últimas versiones sobre políticos y famosos que visitan de incógnito San Blas.
“Aquí lo vi a Roberto Lavagna, cuando era ministro”, asegura un corresponsal del diario La Nueva Provincia, mientras su compañero pesca pejerreyes a pocos metros. “También suele venir Rolando Graña”, dice, y hace un gesto con la mano, como justificándose por mencionar a alguien no tan famoso.
En el pueblo circula una leyenda que dice que Astor Piazzolla, que visitó San Blas varias veces, se inspiró allí para componer “Adiós Nonino”. Eso fue mucho antes del Resort Tiburón y de los rumores sobre las visitas de incógnito de Carlos Menem, Eduardo Duhalde, y de las cumbres del poder en el hotel estancia, historias favorecidas por la construcción de una pista de aterrizaje propia.
Allí, donde ahora se levantan las suites con jacuzzi del resort, funcionó hace más de 70 años un haras de caballos de carrera que perteneció a Erwin Buby Wasserman, el heredero más delirante que conocieron nunca los pobladores de San Blas, el hombre que se propuso hacer en la isla una superproducción cinematográfica y tuvo como protagonistas a futuras estrellas del cine nacional e internacional: Elsa O’Connor, Diana Maggi y Fernando Lamas.
¡Acción! En 1881, el mismo año que el presidente Roca nombraba como primer subdelegado marítimo de San Blas a Gerónimo Peirano, el emprendedor irlandés Eduardo Mulhall compraba las tierras que incluían la isla Jabalí, donde se asienta la mayor parte de la actividad y la población de San Blas.
Mulhall fue creador del Jockey Club Argentino, y fundador del primer periódico de habla inglesa del país, The standard, que finalmente llevaría a la ruina a uno de sus herederos, también llamado Eduardo. En 1925, a causa de las deudas contraídas por el papel que utilizaba para The standard, y para otro proyecto editorial que llamó La Argentina, Eduardo Mulhall debió entregar las tierras que había heredado a Bruno Wasserman, quien monopolizaba la importación de papel de diario al país, y que pasó a ser el mayor propietario de la isla.
“Lo primero que hizo Wasserman, padre de Erwin, Kurt, y Mario, fue convertirse al catolicismo, un modo seguro de ser admitido en el Jockey y trepar los peldaños de la buena sociedad. Quien consumió esas ansias fue el mayor de los Wasserman, Erwin Buby, casándose con una McLoughlin, Luisa, y dilapidando a la manera de «los años locos» la fortuna paterna”, escribió Tcherkaski hace casi 40 años. En el mismo informe de Siete días, la primera esposa de Buby, que tenía 74 años, le contó al periodista que en los buenos tiempos ellos tenían “relaciones íntimas con artistas de Hollywood. Éramos íntimos de Tyrone Power, Orson Welles, Errol Flynn. Todos venían también a Buenos Aires, a nuestra casa de Gelly y Obes”.
“Buby le dio a San Blas un esplendor de leyenda, traía a sus amigos, famosos artistas, diplomáticos, políticos, industriales, en avión o en trenes especiales a J.B. Casas. Fueron memorables las fiestas que hacía en la estancia”, cuenta la sanblaseña Susana Castelnuovo, en su libro “Bahía San Blas, La historia”. “En el verano del 42 financió la filmación de una película titulada Frontera Sur. La productora se denominaba San Blas Film. La principal actriz de la misma fue Elsa O’Connor y en ella hicieron su debut Diana Maggi y Fernando Lamas. Un fortín de utilería se levantó en el lugar aún denominado así por los viejos pobladores, en el cual se filmaron muchas escenas del rodaje. Se emplearon caballadas del lugar y varios vecinos trabajaron como extras en la película”.
Octavio Alvarez, un poblador fallecido hace años, recordaría después: “Era un hombre muy recto, pero andaba awhiscado siempre. Un día trajo como 40 personas para hacer una película, «Frontera Sur», y nosotros hicimos la parte de los indios. Después tuvo mucha gente trabajando en el haras. Y eso es lo único: que desparramó muchísima plata por acá”.
Según los registros de Cinenacional, la película se estrenó el 20 de enero de 1943, pero es imposible conseguir más datos acerca de la producción. Hay quienes dicen que la mayor parte del material se quemó, y que la película fue un fracaso rotundo. Pero todos coinciden: esos días San Blas era una fiesta.