Sábado 19 de Agosto de 2017

Hacemos lo que podemos en esta vida que nos tocó. De eso, al menos, estoy seguro. Yo por ejemplo soy un habilidoso, si es que se puede decir así, en escribir primeros capítulos de novelas. Puedo escribir uno por semana. Pero hasta ahí llega mi aliento y no es (sólo) por vagancia, como más de uno debe estar pensando en este momento. Aunque algo de verdad hay en que soy un vago, lo cierto es que además me falta un estímulo mayor para seguir. La zanahoria adelante del burro, tal cual se dice. No encuentro un incentivo suficiente para iniciar el segundo capítulo. Y si pienso en el tercero, en realidad, me provoca náusea y vértigo. Y como muestra de que no estoy mintiendo transcribo uno de los innumerables primeros capítulos que guarda mi disco rígido. Por ejemplo, esta novela bien podría haberse titulado La bahía y haberse transformado en un rotundo éxito.



"Siento que hay una pared entre nosotros", había dicho Jesús Trompetta un instante después de haber amurado los cuerpos sin vida de su mujer y sus tres pequeños hijos. Ella estaba casada cuando Jesús la conoció lejos de la Bahía y estaba decidida a divorciarse de un despreciable sujeto bastante parecido al mecánico desquiciado que interpreta Billy Bob Thornton en Giro al infierno. Lo cierto fue que el bueno de Trompetta la ayudó a desprenderse de Billy y suponemos que en eso consumió bastante energía porque arribó a la Bahía con la mujer, los críos a cuestas y la cabeza bastante quemada.

Los memoriosos dicen que la pareja llegó del oeste una mañana de lluvia torrencial, donde ni el mar gris se divisaba. Quienes consiguen dar marcha atrás al reloj —en la Bahía hay verdaderos especialistas en este sentido— aseguran que a Jesús el destino lo había devuelto al lugar donde había crecido y desaparecido una decena de veces a partir de su estado de inocente adultez, con los zapatos llenos de agua de lluvia y arena blanda y pesada, y el cuerpo liquidado de cansancio, como si lo hubieran desenterrado de un pantano. Así se había presentado Jesús Trompetta en la Bahía junto a su nueva mujer de pelos trenzados y del color de la miel líquida, acompañada de sus tres vástagos que no superaban el metro de altura. ╠

Eran los tiempos en que en la Bahía no se conocían las tejas negras ni los decks de eucaliptus lustrado, y los diputados de la Nación aún no se habían construido sus palacetes entre los bosques de coníferas y acacias doradas y las dunas acariciadas por el mar. El siglo pasado, por lo menos. Los mismos tiempos en que los predicadores de épocas mejores y democráticas cabalgaban sobre las olas primero y sobre las montañas de arena después, cuando tras ser arrojados en los poblados de la Bahía caminaban sobre clavos como señal de agradecimiento por haberse salvado del naufragio, los tiburones y, sobre todo, de la picana eléctrica y letal de los putos milicos. Se sabe, en aquellos años vivir en la Bahía era como vivir en el extranjero. Un puñado de cabañas de madera, rústicas y del color del tronco de pino, como camufladas, como camaleones subversivos, desparramadas entre los senderos bifurcados de los bosques y a unos doscientos metros de la playa.

Así había surgido una nueva generación en el interior de los bosques de la Bahía. Expulsados, excomulgados, hermanos del ácido, nuevos y viejos hippies, predicadores de cafés suburbanos, militantes exquisitos de la patria justa y soberana, sindicalistas, poetas malditos, anarquistas y traficantes de porros y rapé, todos perseguidos por la misma bota, todos padres y tíos de una bandada de críos multiplicados como conejos. Así nacieron la tercera y cuarta generación de pobladores mientras sus wincofones escupían sucios y viejos blues, y también alguna zamba protestona y denunciante.

A ciencia cierta, no se sabía exactamente a cuáles de estas castas pertenecía Jesús Trompetta. Algunos aseguraban que podía haber sido nativo de la Bahía. La impronta hipposa, según estas opiniones, la había adquirido por pura influencia de los primeros migradores de pelilargos, aretes de hueso oscuro y collares de mostacillas. Otros opinaban que Jesús había pisado por primera vez las arenas de la Bahía apenas unos meses antes de los buscadores de un nuevo lugar en el mundo y que venía huyendo por cuestiones de cuchillos y polleras, y que luego se disfrazó de hippie para despistar a sus perseguidores y que terminó por gustarle el disfraz. Dudas estas que probablemente jamás se aclaren debidamente, ya que cuando llegaron los patrulleros de la comisaría de la Bahía para llevárselo preso, Jesús se había prendido fuego adentro de su cabaña. Entonces, los patrulleros de la policía no sirvieron de mucho, apenas para llamar por radio a los bomberos. Se sabe, una cabaña de madera ardiendo en medio del bosque más que una tragedia personal puede transformarse en pocos minutos en una tragedia colectiva. La comunidad entera entró en estado de pánico y todos, politólogos, mercenarios, traficantes, poetas y fumancheros putearon a Jesús al mismo tiempo y de cientos de formas diferentes, y, también es cierto, sin importarles demasiado si el asesino-suicida había llegado del desierto en medio de una caravana errante o había nacido en la copa de una araucaria del bosque.

Por suerte, el incendio fue frenado a tiempo, pero esta fue la primera desgracia importante que soportó la Bahía, hace alrededor de treinta años. De Jesús Trompetta sólo quedó un revoltijo de huesos ennegrecidos y un insoportable olor a carne chamuscada. Sobre su lápida además descansa un gran signo de interrogación: la historia de su vida aún no desentrañada por los pobladores de la Bahía. Los escasos historiadores de los bares de la playa prefieren tomar enormes vasos de cerveza con ginebra y pelar maní y ostras. Gente holgazana si la hay. Como perros callejeros en busca de una caricia, aquí lamieron la sal áspera del mar; se tragaron el viento marítimo como si fuera el mejor ron y sufrieron la arena en los ojos como si fuera la más lacrimógena de las telenovelas mexicanas.

Aquí adentro se forjó algo así como una nueva raza, profundamente impura y culturalmente mestiza. Se podrían contar cientos de buenas historias. Sobre la de Jesús Trompetta un compañero de la Legión de Escritores de Mierda de la Bahía en este preciso instante está tramando unas cientos de páginas. La escribirá en su momento, si le da la gana, claro, aunque puede ocurrir también que su viejo lanchón sea tragado de un lengüetazo salado por una tormenta de madrugada o derrumbado por una dosis excesiva de diversos alcoholes. O por un amor de adolescente. Se sabe, la historia de Trompetta cuenta con amplias posibilidades de pasar al más oscuro olvido. Lo cierto es que las intenciones por estos lados son las mejores.

Lo único certero es que el día fatal de Jesús fue como una señal. Tres décadas después, las nuevas tragedias comenzaron y concluyeron alrededor del 21 de septiembre de este año, con la nieve, absurdamente, tapizando la playa de blanco.

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