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Julio Chávez dice: "Estoy avergonzado de agradecimiento"

La obra del dramaturgo Edward Albee, que marca también el debut de Chávez en el doble rol de protagonista y director, aborda las consecuencias de un amor extravagante.

Sábado 04 de Mayo de 2013

“Ya te dimos todos los premios que tenemos. ¡Ahora te podés ir!”. Julio Chávez responde con una broma ante la mención de la catarata de distinciones que recibió por “La cabra” durante su presentación en Mar del Plata. La pieza, que hoy se estrena en Rosario, fue galardonada con seis Estrella de Mar en los principales rubros, además del Oro para Chávez y el premio Vilches al mejor espectáculo teatral de 2013 que entrega la Municipalidad de General Pueyrredón. La obra del dramaturgo Edward Albee, que marca también el debut de Chávez en el doble rol de protagonista y director, aborda las consecuencias de un amor extravagante: el que siente un talentoso arquitecto, con una familia armónica y una vida perfecta, por una cabra. Chávez, en diálogo con Escenario, contó, además, cómo será su regreso a la televisión con “Farsantes” y sus proyectos para teatro y cine. “La verdad que me despierto a la mañana, casi como sobresaltado porque no termino de ser lo suficientemente agradecido”, confió. “La cabra” se presenta hoy, a las 21 y a las 23, y mañana, a las 20, en el teatro Fundación Astengo (Mitre 754).

   —Esta obra te dio muchísimas satisfacciones. ¿A qué lo atribuís?

   —Esto es un constante aprendizaje. Siempre establezco un vínculo de aprendizaje con lo que hago. Y “La cabra” lo tiene, y mucho. Es un material muy particular de Albee, un autor muy provocador que hace preguntas constantes al espectador acerca de su ética y de su moral, poniendo sobre el escenario asuntos a veces irritantes, muchas veces irónicos, inteligentes, con humor y divertidos porque es un autor que sabe y conoce varios yeites que tienen que ver con el oficio. Uno de los temas más importantes era, primero, que iba a dirigir algo que iba a actuar, una experiencia inédita para mí, además de hacerlo en un formato de teatro que tiene que ver con más producción, con más exigencia, organizar y colaborar con la producción, aprender a pedir, a trabajar en grupo.

   —¿Qué aprendiste del ejercicio simultáneo de actuar y dirigir?

   —Muchísimo, y sobre todo aprendí que el material le exige a un director cómo lo vas a montar. Todos los materiales tienen esa incógnita. Pero “La cabra” tiene una particularidad. Una de las cosas complicadas para mí es que se presente el objeto en el escenario de una manera pura, sin vueltas, sin pretensiones estilísticas porque sino el espectador estaría viendo más un ejercicio de estilo que un fenómeno. Y para mí “La cabra” presenta un fenómeno, y con un hombre que pertenece a la cultura; que, a la manera de los griegos, está casi comiendo con los dioses. En ese momento que parece el pináculo del éxito, en ese momento, los dioses le meten un objeto para que muerda el polvo.

   —¿Cuál es el nudo del texto?

   —Las preguntas de Albee para mí son: ¿El va más allá de lo que un hombre puede ir? ¿Quién es el hombre que puede determinar adónde puede ir otro? ¿Cuál es el límite hacia el cual puede ir? ¿Quién lo va a imponer? ¿Quién lo va a respetar? ¿Por qué hay que respetarlo? ¿Por qué hay que castigarlo?. Y otra pregunta: Y si no lo respetamos, si no lo castigamos, ¿cómo mantenemos la tribu que tenemos?. Entonces me parece que para Albee, además de que habla del amor, del objeto del amor, de la traición, del arte, creo que sobre todo habla de esto. Y lo difícil del material es que se presente el objeto, que el objeto despierte estas preguntas, pero que el espectáculo no tenga opinión. Intentar, lo que es imposible, que el espectáculo tenga la menor opinión posible sobre el fenómeno. Y está todo sostenido en una cuerda de humor. No de chiste, ni tampoco de ironía, pero sí de humor. Albee hizo una mezcla entre Foucault, Woody Allen y Neil Simon. Lo batió y lo sirvió.

   —Poner en crisis la armonía y la concordia familiar es algo bastante recurrente...

   —Camus lo articula muy bien en un estudio que hace acerca del absurdo. Dentro del absurdo él habla del mito de Sísifo. Los dioses condenan al hombre a levantar una piedra a la punta y cuando llega se cae y tiene hacer eso una y otra vez. Mientras los dioses lo castigaron con esto, Sísifo mira a los dioses y les dice: “Qué me importa; estoy vivo”. O sea que hay una situación en la existencia que es la que el hombre quiere cerrar un sistema y volverlo perfecto, y que en ese mismo momento el sistema mantenga una falla y vuelva a caer para que el hombre vuelva a construir otro sistema y se vuelva a caer. Me parece que eso forma parte de la naturaleza humana y de la tragedia del hombre y al mismo tiempo de la posibilidad que el hombre sea un constante creador y constructor de sistemas que por suerte están fallados, cosa que nos permite a la humanidad, siempre, tener una ocupación que tiene que ver con intentar cerrar este sistema, encontrar la llave. Me parece que un poco la idea es ¿quién quiere que el amor sea imperfecto? Todos tenemos un presentimiento de la perfección del amor y también de la unión. No conozco a nadie que diga “me quiero unir a esta persona para cagarle la vida”. Por lo menos no es la intención. ¿Pero qué pasa que finalmente nos cagamos la vida? (risas).

   —También se plantea la irrupción de lo anómalo en una relación civilizada y políticamente correcta...

   —Albee acá plantea un tema que es diferente al que plantea en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”. Ahí es un matrimonio políticamente correcto. Pero el matrimonio que presenta en “La Cabra” no es políticamente correcto; es estética y sensiblemente de verdad armónico. Nos mete en un problema porque la pregunta es “Si todo estaba perfecto, ¿qué bicho te picó?”. A nosotros nos gusta jugar un poco a que si a una persona le pasa algo, estamos buscando las causas por las cuales le pasó para no cometer el error. ¿Y si yo dijese que la causa es haber sido casi perfecto?.

   —Hay una línea del texto en la que ella se lamenta por la llegada de la carta que genera el conflicto. ¿No importa tanto la anomalía sino que se haga visible?

   —En este caso es justamente lo que dice al final de obra. Entonces el tema no es el acto. El tema es que se hable del acto. El tema era ocultarlo, no que esté pasando. Es una reflexión muy interesante. Tiene que ver un poco con Lorca en “La casa de Bernarda Alba” cuando Bernarda le dice a sus hijas: “No me importa lo que hacen; me importa lo que se ve y lo que se dice”. Somos bravos los seres humanos... (risas).

   —¿En qué medida el tabú determina el conflicto?

   —Justamente Albee pregunta, “si te pasa ¿cómo puede ser que no pueda ser si está siendo?”. Si está siendo es que puede ser. En eso hay una pieza, el decálogo de Kieslovsky. Es una obra que hizo sobre los pecados capitales, donde hace una hermosa reflexión acerca de el entendimiento del pecado, pero, por otro lado, el entendimiento de porqué se peca. Y que no nos saquemos tan fácil el problema de “no matarás”, sino que empieza a ser una reflexión en la que no sirve solamente el “no”, sino que hay algo más humano que es comprender de dónde viene eso.

   —Fue tu primera vez en Mar del Plata y además con una obra muy premiada...

   —Se ve que me los dieron todos... “Ya te dimos todos los premios que tenemos. Ahora te podés ir” (risas). Fue extraordinario porque fue una apuesta. La misma cara de Adrián Suar cuando se lo propuse... Cuando le dije vamos a Mar del Plata, me miró como diciendo “este no sabe de que está hablando”. Es lo mismo que “La cabra”: Mar del Plata no puede ser un sistema cerrado. Mar del plata es un sistema. Cualquiera puede ir y probar suerte. Es absurdo que uno diga de una plaza “no es para”. Un gran pensador decía una frase que había encontrado en la calle: “No sabía que era imposible. Fue y lo hizo”. A mi me gusta esa idea. Vamos a probar. No vamos a ganar. Vamos tranquilos, sin pretender nada. Y fue muy grato, porque el espectáculo llegó, gustó, le fue muy bien. Y los premios también. Pero la verdad que fue una sucesión de “se puede, se puede, está bueno”. Y corriéndose de la idea de “lo van a hacer para mar del Plata”. Y vos decís: ¿qué significa eso de “para Mar del Plata”?.

   —¿Será el prejuicio de pensar en Mar del Plata, en el verano, quizás con géneros más livianos, no tan comprometidos?

   —Mirá, sí, por supuesto que hay tendencias. Yo no fui a Mar del Plata para modificar el criterio de nadie. Pero digo que puede existir la posibilidad que uno se arme un espacio para poner al gusto del otro y para que el otro utilice eso. Por suerte nos fue muy bien. Y tampoco diría “ahora sé cómo es Mar del Plata”. Esta fue una experiencia y esta experiencia fue así. Y mañana, como dije en el mito de Sísifo, ese convencimiento cae a la tierra y hay que volver a levantar un nuevo concepto.

   —¿Qué te decidió a superar las previsiones?

   —Fue una sucesión. Yo nunca creí que iba a dirigir una obra en la que iba a actuar. Nunca creí que a mitad de camino iba a cambiar la protagonista y los productores dejarían a mi criterio que decida qué quería hacer. Pero tomé la decisión y seguí adelante. Tengo un profundo amor por nuestro oficio y mucho respeto. Y me parece que hay algo que se llama aprender a soltar y animarse. Bueno, una vez más, parece que el idiota no para con el mito de Sísifo (risas)... y aceptar ser arrojado nuevamente a la base y ver cómo se sube de nuevo. Así que.., el tarado ve una frasesita... (risas).

   —Estás en un gran momento de tu carrera, con varios éxitos y proyectos...

   —Estoy en un momento... (estoy) casi avergonzado de agradecimiento porque la gira va muy bien, porque hago lo que quiero, porque estoy ocupado en algo que me interesa, y además el teatro nos está haciendo muy bien. La verdad que me despierto a la mañana, y hoy tuve esa experiencia, casi como sobresaltado, porque no termino de ser lo suficientemente agradecido.

   —A Alfredo Alcón en una entrevista le mencionaron que el afecto y el respeto que siente el público por él es porque “uno cosecha lo que siembra”...

   —A veces no. Yo conozco tantos sembradores extraordinarios y tantos atorrantes que no paran de llenar la canasta (risas).

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