Martes 10 de Mayo de 2011
Este Papa dejó en mi vida enormes enseñanzas. Ante la cotidiana crítica a la Iglesia como institución, mi respeto, amor y valoración a este Papa padre, que supo a lo largo de su paso por la vida sembrar, con energía y dulzura, la tierra en la que le tocó vivir y actuar. Cuando veía la Plaza San Pedro con miles y miles de fieles emocionados hasta las lágrimas el día de su beatificación, no pude menos que sentirme parte de esa gran familia, y estar orgulloso de pertenecer a ella, con sus defectos, debilidades, pero también con su enorme permanencia a lo largo de los siglos. Yo también tengo defectos y debilidades, vicios, errores cometidos, de los que seguramente me arrepiento; pero debo reconocer que en momentos difíciles, amargos, mi fe y mi Iglesia supieron ser mis puntales, mi fortaleza para seguir adelante con una mirada esperanzada y trascendente. En uno de sus múltiples viajes, Juan Pablo II bajó de un avión para tocar tierra canadiense y besar el suelo como era su costumbre. Se le había programado colocar una escalera mecánica, ya que las limitaciones propias de su edad le impedían manejarse con agilidad. Sin embargo, él pidió descender por la escalera común del avión, y cada movimiento de su cuerpo mientras bajaba era un dolor que se le reflejaba en su rostro. En esa oportunidad, miraba la transmisión por TV y no pude menos que emocionarme. Noté en esta personalidad carismática, su entrega, su energía puesta al servicio de una causa, su firmeza, su lucha a pesar de la adversidad y la vulnerabilidad de nuestra limitada existencia. Gracias Juan Pablo por haber existido, gracias por haber estado al frente de mi Iglesia y por haberme permitido ver en tus ojos, a los ojos de mi creador.
Arturo Guaita, DNI. 17.229.509 agsg@citynet.net.ar