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Jockey quiere levantar vuelo

El coach Federico Pucciariello apunta a un año de crecimiento y desarrollo del conjunto verdiblanco.

Domingo 02 de Marzo de 2014

En Fisherton están alistando la tropa. Jockey Club debutará en el Nacional de Clubes 2014 ante Newman, el próximo 15 de marzo en la coqueta cancha de Benavídez, y para esa cita se prepara, en una temporada que arranca por lo más difícil. “Estamos muy contentos de poder participar de un torneo que hoy es el más representativos de clubes de Argentina”, dijo Federico Pucciariello, head coach de los verdiblancos al iniciar la charla con Ovación. “Lo bueno es que, en este arranque, estamos todos en igualdad de condiciones”, completó el entrenador dos veces campeón de Europa con el Munster irlandés.

   El calendario obligó a adelantar la pretemporada, a cambiar algunos planes. Aún así el compromiso asumido pudo más y desde que empezó la pretemporada el 20 de enero el nivel de asistencia a los entrenamientos es casi perfecta. Ante estos cambios el ex pilar destacó que “tuvimos que poner más énfasis en lo que es rugby, mucho antes de lo que hubiera sido lo normal. Ahora ya estamos en carrera, esperando el partido con Newman para debutar”.

   —¿Qué estilo de juego va a proponer Jockey?

   —Un juego ordenado y dentro de ese orden, vamos a tratar de poder ser más eficientes al momento de marcar puntos, buscando un juego total. Los espacios se van generando siempre a raíz de que hay principios que se respetan en el uno contra uno. Para generar un espacio en el rugby moderno, el combate del uno contra uno es fundamental, como lo es la posesión, el orden en defensa y en ataque. Yo creo que tenemos backs que tienen un poder de ataque tremendo, por eso la idea es explotarlos un poco más de lo que lo hicimos el año pasado.

   —¿Tienen altas en el plantel superior?

   —Suben los chicos que salieron campeones en M18, pero más allá de eso creo que el desafío, no sólo para nosotros sino para todo el rugby rosarino, es la M21. El salto de juveniles del año pasado nos provocó un índice de deserción muy alto, algo que hay que revertir lo más pronto posible. Es el año en el que los chicos empiezan una nueva etapa en sus vidas y donde las familias les piden que trabaje o estudie. Es un año donde el jugador está finalizando la adolescencia y entra a la madurez. No es fácil. Nosotros perdimos casi 30 jugadores. Esto, trasladado a un empresa, es como que hacés un producto que cuando llega al final de la línea hay que tirarlo. Invertís un montón de tiempo, esfuerzo, dinero, estructura, durante 20 años para después decirle “andate”.

   —¿Qué opinión tenés de los rivales que les tocaron?

   —Yo creo que el rugby argentino, en general, ha crecido muchísimo y que a veces se lo critica en demasía. El rugby de clubes se desarrolló y los Pladares ayudaron mucho en eso. La zona que nos tocó a nosotros es durísima, pero si mirás el resto de las zonas es igual. No hay ninguna fácil. A lo mejor a alguno le puede caer mejor una que otra por el estilo de juego, pero son todas iguales. Newman, Tala y Alumni son todos equipos de calibre. En mi forma de ver las cosas, cuando era jugador, mi ilusión era siempre jugar contra los All Blacks, porque cuando jugás con los mejores te medís a vos mismo. El rugby es un deporte de medirse a uno mismo, no solamente contra el adversario. Los desafíos grandes son los lindos de combatir. Por los sueños chiquitos no vale la pena pelear.

   —Se van a encontrar con estilos de juegos diferente, dinámico como puede proponer Newman y Alumni y cerrado y duro como el del Tala. ¿El equipo está preparado para jugar de manera diferente?

   —Si, al menos tenemos los jugadores. Lo que si falta es la transmisión dentro de los tomadores de decisiones para poder cambiar in situ el estilo de juego, algo que el año pasado no pudimos hacer. Espero que este año entendamos que el juego se puede cambiar, que se puede jugar en los 60 metros del ancho de la cancha o si querés hacerlo en diez metros para desgastar al adversario. Hoy tenemos forwards que tienen el calibre y las ganas de golpearse. Ellos empiezan a entender que el golpe es parte de medirse a ellos mismos, el limite de la línea de sufrimiento que pueden soportar.

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