Martes 11 de Mayo de 2010
El domingo 9 de mayo, alrededor de las 16, fui testigo de un hecho lamentable. Un artista callejero, apostado en el camino público que pasa junto al bar Flora, iniciaba su espectáculo presentándose a viva voz. Apenas transcurridas sus primeras palabras, graciosas por cierto, se le viene encima un empleado del bar. Sin razón lo increpa, lo echa, le dice que no puede estar allí. El artista, con todo derecho, le explica que sólo es un breve espectáculo y que se encuentra en un espacio público, no perteneciente a Flora. El empleado, ofuscado, toma su teléfono y llama –o hace que llama– a la GUM y/o a la policía. El artista, con enojo pero en paz, anuncia que se retirará dado que pretenden sacarlo por la fuerza, y nos pide a los presentes que tengamos en cuenta cómo "funcionan las cosas" en esta ciudad. Quienes conocen el paño y a los propietarios de Flora, presenciando la escena me cuentan que esas "órdenes" las dan los dueños, y que aunque a los empleados no les gusten, tienen que cumplirlas. Igual –amplían– que cuando les ordenaban a los empleados llamar al Imusa para que se "encargue" de los perros callejeros que circulan por ese sector de la ribera céntrica. Perros callejeros, artistas callejeros, todos por igual, expulsados del lugar. Parece que en Rosario hay empresarios que, cual patrones de estancia, libremente manejan el espacio público como asunto propio. Parece que el espacio público en esa zona de la ciudad es sólo para quienes presentan ciertos cánones de vestimenta, estilo y poder adquisitivo. Parece que detrás de la belleza del paisaje y del coqueto bar Flora se levantan agriamente el autoritarismo y la discriminación. Un gobierno municipal que ha hecho de la apropiación de los lugares públicos por los ciudadanos una bandera, no puede permanecer callado ante estos abusos del empresariado local.
Mariela Vaquero