Jueves 03 de Diciembre de 2009
Es verdaderamente triste que la sociedad civil se rija, al igual que los militares, por la obediencia debida. Históricamente las mayorías han necesitado ser parte de una estructura vertical que las ordene y tranquilice, más allá de la naturaleza y orientación del poder ordenador. Esta obediencia ciega se asienta hoy en día sobre un lecho maníaco de palabras y acciones (engañosamente rotuladas como sociabilidad y productividad). Pocas veces como ahora se ha apreciado una verborragia generalizada tan aplastante. El efecto de esto es que las palabras se convierten en ruido, no dicen o dicen violencia (aun cuando prediquen paz y amor) porque su fin es, en realidad, acallar. Pero esta euforia que prescribe el poder y que los esclavos contentos hacen suya no es, como se postula, sinónimo de alegría: en tanto que ésta admite la ternura y es incluyente, la otra es hermética y se asesta en el alma de los inadaptados (habitualmente los más sensibles) con una contundencia mortal. Por otra parte, inculcación dogmática mediante, se produce una dicotomía arbitraria y esquizofrénica –muy conveniente a la dominación– entre "lo bueno" y "lo malo", con lo cual se reduce la condición humana a una mínima expresión digitada que, por lo mismo, genera violencia y aniquila nuestras posibilidades de alegría, desarrollo y comunión reales. El gigantismo verbal imperante (más allá de su vacuidad) va en desmedro de otras dimensiones humanas y es vector de vasallaje. La implantación de este proceso comienza en la familia, al decir de Gilles Deleuze, una de las primeras estructuras autoritarias, y se afianza (entre otras instancias de organización social) en la escuela que, con su enseñanza meramente intelectual (unidimensional) o "moral" en un sentido arcaico, ignora el respeto por la especificidad, el intercambio igualitario entre individuos distintos, la espontaneidad creativa y la fraternidad más profunda, y desprecia múltiples facetas del ser humano como, por ejemplo, el arte, o bien las incluye en dosis infinitesimales que no resulten amenazantes. Como reza un dicho popular, si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo. Pero para la mayoría, frenar implicaría correr el riesgo de percibir que la angustia no es patrimonio exclusivo de los quebrados y tener que enfrentar esta condición nuestra tan agujereada, lo que, lejos de acarrear males mayores, nos ayudaría a hermanarnos debajo de la máscara.
Gabriela Hutt, DNI 14.510.311