¿Sabe usted de dónde salieron esas zapatillas?
Todo el día se había hablado parejo de la sugerencia del concejal Miguel Coradini de Arroyo Seco de moler a palos a los chicos que delinquen. Mientras esperábamos cerrar las páginas, el viernes a la noche, varios en la Redacción volvimos al tema.

Domingo 16 de Agosto de 2009

Todo el día se había hablado parejo de la sugerencia del concejal Miguel Coradini de Arroyo Seco de moler a palos a los chicos que delinquen. Mientras esperábamos cerrar las páginas, el viernes a la noche, varios en la Redacción volvimos al tema. Repasábamos, más que lo dicho, los comentarios sobre lo dicho. Y en especial la tormenta de pasiones envolviendo las opiniones, posiciones sostenidas con furia de guerra, como si más importante que analizar el problema fuera desgañitarse con el, mostrar el enojo. Como dando por sentado que en el desahogo —sea con palabras rabiosas o con palazos— está la solución auténtica a cuestiones complejas.

Laura Vilche, que es una redactora con sexto sentido analítico, dijo entonces que la discusión entre dos bandos alterados e incapaces de escucharse dejará siempre el problema en pie. Unos tratando al gestor de la singular propuesta de "fascista, cavernícola, irresponsable". Otros defendiéndolo con frases tales como "hay que reventar a esos pibes" o "los que critican al concejal defienden delincuentes". Tiene que haber algo en el propio planteo de Coradini —sugería Laura— que permita desmontarlo, mostrar su falacia, armar una lógica que posibilite pensar y avanzar.

Pensando un rato vimos un pasaje casi desapercibido donde puede estar esa grieta. Al final de su planteo, Coradini reprende a los padres de esos chicos. Se pregunta: "Cuando aparecen con unas zapatillas, un celular, una tarjeta de crédito, ¿no averiguan de dónde los sacaron?".

En el subsuelo del habla palpitan preconceptos del mundo, invisibles por estar naturalizados hasta que alguien los descubra y les exija explicación. Hurgando un poco en su estructura ideológica se advierten los tornillos flojos de los discursos, esos juicios de valor implícitos, parciales, perceptibles en las segundas miradas. En aquel tramo de Coradini surge disfrazado ese algo que escamotea un argumento que da por compartido.

Las zapatillas y los celulares son bienes de consumo masivo. Para comprarlos hay que disponer del dinero para tal fin. En las familias solventes los padres siempre tendrán claro de dónde vienen las zapatillas que tienen sus hijos. En las no tan solventes no. Quienes no tienen para pagar zapatillas de 400 pesos, sugiere el concejal, nos deben una especial vigilancia. Si sus hijos caen con unas Nike reforzadas deberán actuar con rigor porque el origen será obvio.

Lo que no es tan obvio es que en este discurso, el del concejal, algo no llama la atención por estar naturalizado: la desigualdad entre una comunidad de adolescentes que tiene acceso a bienes y otra comunidad de adolescentes que no. A los padres de estos últimos se los invita a mantener un reforzado estado de alerta. Como ellos están fuera del mundo del trabajo, o los que tienen son precarios o eventuales, debemos aceptar "naturalmente" que sus hijos están más cerca del pecado. Es verdad que la publicidad, que es muy democrática, no discrimina a la hora de invitar a desear zapatillas, celulares o tarjetas de crédito a unos y otros. También es muy democrático caer en la tentación. Sólo que algunos chicos realizan sus deseos con el efectivo que le dan sus padres. Otros no gozan de esa ventaja "natural". A los que estamos integrados los padres de estos últimos, dice Coradini, nos deben la tarea de estar más atentos.

Verdad que no sólo roba el que no tiene. Aunque las más de las veces sí. La sociedad que no ofrece a todos ciudadanía si exige a todos buenos modales.

Zygmunt Bauman, sociólogo, docente y ensayista, dice que cuando pedimos soluciones contra los demonios que originan bronca y miedo raramente pensamos que cambiar la vida de los otros sea importante para la propia vida. Puede que allí tengamos una brecha abierta para pensar. Si no lo hacemos, para sacudir los huesos de los niños que pronto serán jóvenes no nos alcanzarán los palos.