Domingo 11 de Enero de 2009
Nuevamente vemos expresiones de esta aberración humana que se vienen sucediendo desde que vivimos en la Tierra y ante nuevos hechos, uno no puede menos que preguntarse ¿por qué los hombres nos causamos tanto daño recurriendo a la guerra? Cada profesional podrá dar respuestas dentro de su especialidad, vinculándolas con las acciones que llevamos a cabo, pero la razón de nuestra forma de proceder y su origen están a nivel más profundo como para verlos fácilmente. La inmensa mayoría está preocupada por sus logros personales, a los cuales quiere concretar a veces sin miramientos. El afecto y la bondad no son moneda corriente; pero sí podemos asegurar que una persona con estas virtudes jamás tomará parte activa en una guerra aunque quieran obligarla.
Muchos creen que los seres humanos jamás podrán superar el egoísmo y la violencia suponiendo que están en la propia raíz de la especie humana, sin embargo no hay una regla fija ni se trata de algo inamovible. La Madre Teresa de Calcuta nos brindó un valioso ejemplo de amor al prójimo demostrándonos que no todos los hombres son iguales pues hay notorias diferencias en cuanto a su carácter y conducta.
El cambio personal y por lo tanto de la sociedad debe surgir de un trabajo permanente de cada uno, encaminado a la autosuperación emprendida espontáneamente para ser cada vez mejor persona. Influirá también notablemente la educación a impartirse a las nuevas generaciones, a las cuales habrá que inculcarles el respeto y el afecto hacia las personas, las plantas y los animales, despertando así su sensibilidad en lugar de transformarlas en discos rígidos que sólo acopian conocimientos. En algunos momentos de la historia se llevaron a cabo felices experiencias con relación a esta trascendental cuestión a las cuales hay que repetir siempre porque ya tenemos una base cierta de su efectivo éxito.
Pedro S. Tavacca
tavaca.pedro@gmail.com