Martes 30 de Agosto de 2011
Había una vez, una escuela, una hermosa escuela, aquella en la que aposté para que creciera lo más valioso e importante en mi vida: mis dos hijos. Era chiquita, acogedora y familiar, tanto, que cada uno de sus integrantes, desde la directora hasta los padres éramos llamados por nuestros nombres. Trabajábamos siempre todos juntos para que cada día sea mejor, más linda, que fuera el segundo hogar que soñamos para nuestros hijos. La comunicación y el diálogo eran tan fluidos que todos nos entendíamos maravillosamente. Un proyecto educativo excelente guiado por docentes fuera de serie. Algunos aún están. Pero un día... ¡No sé qué pasó! La comunicación se rompió, cambiaron las autoridades y comenzaron los problemas y las disputas; porque si bien pareciera que tienen buena voluntad, no están a la altura de las circunstancias. No saben ni pueden manejar ciertas cuestiones conflictivas que los desbordan, y que en ocasiones ponen en riesgo la integridad y seguridad de los chicos. Me siento decepcionada, no sé con quién hablar, a quién quejarme. Todo cae en saco roto; sobre todo, la ilusión y el futuro de jóvenes sanos que quieren aprender, no sólo lo que está en los libros, sino también a ser personas de bien, que puedan vivir en paz.
Laura Rinaldi