Sábado 21 de Noviembre de 2009
La célebre novela de Ray Bradbury "Farenheit 451" da cuenta de modo magistral de un tiempo oprobioso en el cual las autoridades del Estado queman libros y en algunos casos a sus poseedores. Si se quiere, esto es el totalitarismo en una expresión superlativa. Pero en la historia social hubo momentos como estos de la ficción antiutópica de Bradbury muy concretos, nada ficticios. En Alemania, durante el nazismo se llevó adelante una quema pública de libros en la Bebelplatz, de Berlín, el 10 de mayo de 1933. Joyas incomparables de la literatura y el arte universal fueron devoradas por las llamas. En la Argentina también lo hubo. En Córdoba un ignoto coronel procedió a la requisa en librerías, kioscos, bibliotecas públicas y privadas; también en la provincia de Buenos Aires hicieron lo propio. En Santa Fe atacaron y se apropiaron de la Biblioteca Popular Constancio C.Vigil y seguramente habrá otros casos que no conocemos.
Recientemente, en Rosario, un grupo de estudiantes y profesores salvó de la destrucción cientos de volúmenes destinados a la trituradora. Impericia de los funcionarios, que resulta difícil de aceptar en una institución educativa pública. En muchos casos se pretende borrar el pasado, su registro, y en otros deliberadamente de eliminar las huellas del pensamiento crítico y creativo enviándolos al ostracismo. Los libros, herramientas de transmisión del saber, el humor, las ideas, son expresiones de la evolución de la especie humana que a algunos perturba hasta el extremo de motivar los "bibliocaustos".
Antonio Moldes CI 10.412.788