Intendente o intendenta
Roberto tiene esas cosas. No lee. Nunca leyó. No escucha largos discursos, nunca escuchó. Hace años chocó con su viejo auto. Lo dieron por muerto. Se negó. Se acrecentó su atención dispersa.

Domingo 09 de Octubre de 2011

Roberto tiene esas cosas. No lee. Nunca leyó. No escucha largos discursos, nunca escuchó. Hace años chocó con su viejo auto. Lo dieron por muerto. Se negó. Se acrecentó su atención dispersa. Roberto es, digamos, un intuitivo que esquivó la instrucción sistemática. Una buena bestia. ¿A que vos no sabés cómo se dice: intendente o intendenta?, recibió a Lalo con la pregunta. El sábado era soleado, se estaba yendo definitivamente el frío. Los brotes indicaban primavera, el vientito podría haber sido de un otoño con brisas frescas. Los lapachos daban la fecha y los jacarandáes se preparaban para noviembre ¿Sabés o no sabés? Al Lalo le gustan los desafíos, pero suele acomodar los tantos para su lado. Si se junta la cantidad de calles recorridas por los dos se puede pavimentar, entera, la zona de islas. No me grités, Roberto, que no soy sordo. Vos dijiste que tenías problemas en un oído. En un oído no, en un ojo, no me grités, repitió el Lalo. Mi señora me dice lo mismo, confesó Roberto. Desde el accidente me zumba algo adentro y oigo menos ¿Para que querés saber cómo se escribe?, preguntó el Lalo. ¿Cuál es la oreja que no anda bien?, repreguntó Roberto. ¿Vos me agarrás para la joda a mí?, retrucó el Lalo. Tengo malo un ojo, pero oigo bien de los dos lados. Yo no oigo bien del izquierdo, dijo Roberto. Qué cosa el pavimento. Los dos, con tanta calle encima, jugaban, en el sábado de primavera, al distraído.

Después del tercer pedazo de queso oreado, con agujeros, Lalo contestó sin avisar. Se dice intendenta. De los dos modos está bien, dijo, Roberto, pero eso está mal. Tendría que ser intendente, con e de estatua. Las mujeres deben acostumbrarse al rigor dijo, desde la puerta, Daniel. El "dottore", como le dicen a Daniel (cuando no le dicen "Danielito" o cosas peores) entró de lleno en el tema. Es antiguo eso de las mujeres a la cocina, dijo Lalo, que no paraba de atacar los quesitos. A veces se equivocan en la remesa y llega, a la cocina, una horma de queso que parece queso. Está bueno el queso, pero es queso, no quesa y es mesa y no meso. La acotación de Roberto era, por lo menos, estrafalaria. Muchos lo han comprado por estrafalario a Roberto y así quedaron, como los locos en la Peatonal, mirando los nidos de los gorriones en los balconcitos.

A las mujeres hay que cederles todo, varón, dijo el Cordobés, el adulto mayor de la mesa de los sábados. Fue lo único que dijo antes de servirse el ferné y agregarle el chorro de soda que vuelve espumoso el trago. Nunca se sabrá si los que lo toman quieren más a la espuma del licor que al licor.

El tema es biológico, físico, clásico, dijo Daniel. La mujer no tiene la misma composición ósea, la misma trama muscular, las mismas hormonas y los mismos tiempos diarios, semanales y mensuales que el hombre. Su desarrollo es diferente, responden a diferentes estímulos. No fueron, no son y no serán iguales.

Es lo que yo digo, dijo Roberto. Por eso no juegan al fútbol ni boxean. Error, dijo el Lalo, boxean y juegan al fútbol. No con hombres dijo Roberto. Juegan entre ellas, que no es lo mismo. Vos me decís que deberían jugar juntos, preguntó Lalo. Roberto arremetió. Buscáme la mujer que pueda pararlo a Marito Kempes a la carrera, que se aguante un pelotazo en el bajo vientre como aguantaba Billy González. El Tony, atrasado, entró mal, participó a contramano. Al Billy González lo hicieron debutar marcando al winger derecho y fue un desastre, después lo pasaron para marcar al winger izquierdo y allí se quedó ¿Están hablando de equipos históricos? Roberto embistió. Vos, ¿cómo escribís intendente? Igual que presidente, dijo Tony, que llegó tarde, a contramano, pero bien despierto.

No está todo bien, porque ustedes hablan de fútbol y un ídolo fundamental para la gloria futbolística de mi provincia fue la "Pepona" Reinaldi, que era varoncito y el máximo ídolo cuartetero es la "Mona" Giménez, sin cuya generosa presencia sería imposible pensar la música popular de la docta? Con el Cordobés pasa eso. No habla, se mete mal en las conversaciones, pero si está atento te enchufa el discurso cordobés en el peor sitio: en Rosario.

De lo que se trata, dijo Lalo sin dejar de manotear quesitos, de lo que se trata es del uso correcto del idioma español. Las mujeres no son iguales, Lalo, dejáte de embromar, dijo Danielito; es más, Lalo, confiá en mi, no tienen el mismo cerebro, te lo puedo asegurar.

Aflojá con el queso porque te sube el colesterol, le dijo Tony, que calculaba que Lalo estaba atacando la alícuota que pagaría de su bolsillo. Yo tengo que cuidarme del colesterol, el lunes empiezo, dijo el Cordobés. Te conviene empezar ahora, dijo el Colo, que apareció vestido con un uniforme blanco, de esos que vende por los pueblos. No me digan nada de la ropa, tengo un work shop en Colastiné, salgo rajando, voy por autopista. Cómo es el work shop ese, dijo Tony. Tony, dijo el Colo, voy y le muestro esta pilcha, que tengo puesta y vuelvo. Es Colastiné, no es Miami. Pero nunca se sabe, ningún cliente es chico, no es cierto, Lalo, dijo el Colo, afilándolo, porque le iba a pedir prestado el auto. El Lalo, ya está dicho, tiene más calle que la 9 de julio, lo vio venir y le dijo: ¿Te vas con alguien?, una lástima Coloradito, tengo que cruzar hasta Victoria, que es para otro lado. No importa Lalo, por la alegría de ir con vos puedo hacer el whork shop para los monjes de Victoria. El Colo, cuando la ve perdida, ataca por el absurdo. El Lalo prefirió cambiar de tema. Dottore Danielito, dijo el Lalo, no le entendí bien ése asunto que dijo del cerebro de las mujeres.

Las mujeres no tienen cerebro, no saben manejar bien, no juegan bien al truco, tampoco al chinchón y menos, mucho menos a la pulseada, al frontón, a la pelota vasca. Parecería que sos feminista Roberto, dijo el Colo. Roberto no maneja ironías o indirectas y contestó: no, no soy feminista. Yo digo que se escribe igual intendente que intendenta, lo miré en el diccionario antes de venir para acá. ¿En el diccionario un sábado a la mañana...? Tony desconfió de Roberto. Roberto se puso colorado, aclaró, pero todo estaba perdido. Estoy tomando clases para manejar la computadora y el profesor me enseñó a buscar el diccionario del gugle. Primero fue silencio, miradas, después carcajada. Roberto pasándose de autodidacta analógico a navegante del Facebook. Parecía demasiado. Fue poco.

Sobre las carcajadas el Lalo insistió. Danielito, ¿en que te basás para decir que el cerebro de las mujeres es distinto al de los hombres?, ¿pesa menos, le pasa algo? Sí Lalo, dijo Daniel. El color. El color, repitió Lalo ¿el color? Sí, Lalo, el de ellas es rosado, el nuestro celeste. La carcajada fue grande, estruendosa. Danielito aprovechó y se fue sin pagar. Hubo que calmarlo al Lalo, lo quería boxear, nos aprovechamos de su costado generoso. El sábado estaba pago, las copas de Danielito recién se cobrarían la otra semana. Algo es algo, me saqué un peso de encima, como decía la "Coccinelle".