Miércoles 30 de Marzo de 2011
El 27 de febrero a la madrugada, mi hija Luisina se subió en el auto de Matías Carballo. En ese momento no imaginaba que ése podría haber sido el último día de su vida. Pero, poco después, cuando vio la imprudencia, la impericia y la velocidad con la que conducía Matías, la posibilidad de un accidente grave se le hizo evidente. Inmediatamente se puso el cinturón de seguridad y le aconsejó a sus amigos que hicieran lo mismo. "¡Suerte que se dio cuenta del cinturón!" dirían algunos. Esto no es suerte. Es el resultado de una serie de principios morales que ha sabido recibir de su familia. Luisina salvó su vida porque aprendió a cuidar su cuerpo. Aconsejó con criterio a sus amigos porque aprendió a practicar la solidaridad. Suerte tuvo Matías, que, al igual que su familia, jamás levantó el teléfono ni para disculparse ni para saber sobre la salud de mi hija. Suerte tuvo Matías, que, al igual que su familia, pretendió que mi hija declarara a su favor, pese a saber que el choque había sido resultado de su irresponsabilidad. Suerte tuvo Matías, que al igual que su familia, carece totalmente de principios.
Liliana María Rodríguez