Viernes 08 de Julio de 2011
"En la plaza de mi barrio colocaron una calesita; es tan linda su musiquita que de oírla ya soy feliz". Así decía la canción que hace ya muchos años, en mi paso por la docencia, enseñaba a mis alumnos más chiquitos, pero que también hacía las delicias de los mayorcitos. El subirse a uno de sus caballitos significaba para cualquier niño montar el caballo alado que los transportaría al mundo de la fantasía; justo al arrancar, y cuando la música se dejaba de oír desde un disco siempre viejo y rayado que desde la boca del fonógrafo nos anunciaba su partida, mientras el encargado se hacía el distraído y ello era aprovechado por un grupito para "colarse", porque no había cinco centavos para gastar en diversiones, y tal vez al sacar la sortija podían acceder a una vuelta gratis. Muchas manitas se agitaban en un "chau mami", "chau abuela". Esperáme ya vuelvo. ¡Era tan lindo, tan tierno, tan dulce! Hoy han quedado muy pocas. ¿Qué pasará con ellas? ¿Quedarán algunas? ¿Se extinguirán lentamente? Tal vez nuestros niños, acostumbrados hoy a juguetes sofisticados, a armas que cada vez imitan mejor a las reales, a muñecas que caminan y hablan y a mil cosas más, ya les resulte indiferente o, por lo menos, poco atractiva. Porque la calesita es un poco el yo-yo, el trompo, la muñeca Pepona, la pelota de trapo y tantos otros juegos olvidados, y es también un pedacito de nuestra niñez que siempre permanecerá en el recuerdo. Quisiera que en cada plaza de mi ciudad hubiera una calesita, que todos los niños pudieran dar vueltas en ella a su antojo, sin medida, sin entrada paga; que también los llamados chicos de la calle tuvieran su cuota de alegría, de sueños, de fantasías, que sus manitas sucias también se agitaran diciendo "chau ", ¿a quien?, tal vez al viento, o tal vez a la mamá de algún niño feliz que lo tiene todo, fantaseando con quizá ella, la "mami soñada", al bajar le de un beso. En mi paseo por la larga calle de la nostalgia observo una de ellas; en este preciso instante, muda, quieta, todo en ella duerme; yo susurro: ¡calesita! Quien pudiera volver a ser niña y creer, como entonces, que no hay niños tristes, que todos tienen pan, techo y amor; como la calesita de mis recuerdos, girará siempre desparramando paz y amor.
Olga Ponce