Martes 29 de Abril de 2014
El tema de la justicia “por mano propia”, justicieros encubiertos, linchamientos u otras expresiones de violencia social, donde la acción individual desaparece o se esconde en la comunión cómplice de la barra, la banda, el clan, los parapoliciales, las autodefensas, etc., ha venido a poner sobre el tapete no sólo el auge de la violencia sino el significado, la representación mental de esa violencia y su por qué o supuesta necesidad en el marco de una crisis de valores y de una imaginada ampliación del ámbito de las libertades individuales. Crisis que se manifiesta en un momento donde los presupuestos básicos que fundaron aquello que se ha denominado “La Modernidad”, han comenzado a transitar caminos que ya no se sostienen sobre los soportes conceptuales y axiológicos adquiridos. Ya nada parece ser lo que alguna vez fue o creímos que fue. Todo lo conocido ya no es cognoscible si no se adapta al criterio de producto científico útil, susceptible de satisfacer alguna supuesta necesidad tangible o intangible. Los vertiginosos cambios se suceden sin solución de continuidad constituyendo un reto a la capacidad de comprensión humana a la vez que transforman su conciencia y lo obligan a aceptar sumisamente sus consecuencias y contradicciones cediendo su humanismo y su futuro a un interminable presente. Son los cambios que devienen de una lógica que se empeña en la utilización indiscriminada de todos los recursos naturales, destruyendo sus roles ecosistémicos, para transformarlos en plusvalía que es devuelta a la sociedad como incentivo al consumo… para generar más plusvalía en un círculo vicioso que se pretende permanente. En esas condiciones la humanidad está obligada a consumir en parte para mantener el funcionamiento de una maquinaria productiva y en parte para sostener una determinada identidad que se sustenta en la posesión de objetos y en la supuesta libertad que tal posesión le significarían, dentro de las normas preestablecidas, es decir dentro de una lógica utilitaria. Pero la sociedad no es un conjunto homogéneo, equilibrado y estable. Tal vez nunca lo fue. Pero ha sido ahora sumergida en la ciclópea tarea de alcanzar una supuesta y ambigua plenitud humana, con lo cual aquel lugar central de la modernidad perdido, lo es menos. Y es justamente la posesión de objetos tangibles e intangibles, la posibilidad de su realización, posesión, intercambio y transformación en dinero, un objeto más, para adquirir nuevos objetos la que sustenta tal imaginaria plenitud. Imaginaria plenitud que sólo puede manifestarse como una forma de poder. Poder sobre la vida. Poder sobre la naturaleza. Poder sobre los otros. Poder que violenta y dirige la condición humana hacia un destino que se cristalizó en el principio de las sociedades humanas, tiembla frente al descubrimiento del amor, se afirma cada vez que lo niega y continúa en una permanente, incansable y estremecida contradicción. La lucha por la posesión de objetos es la lucha por una determinada cuota de poder. Alcanzar la cuota que se considera susceptible con la identidad que cada uno se imagina para sí y que cree corresponderle, sustenta esta violencia que se entroniza en la conciencia humana como nunca antes. En tanto y en cuanto sigamos alimentándola desde la economía, la política o la educación no podremos alcanzar ni tendremos paz verdadera.
Abelardo Pagani / DNI 6.009.529