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Historias de jóvenes rosarinos que lograron alejarse de las calles, el delito y las drogas

Hay Futuro. El rescate de los pibes que no tenían destino en la sociedad y lo encontraron gracias al compromiso propio y al programa provincial Juventudes Incluidas.

Domingo 21 de Diciembre de 2014

Los cuerpos hablan. Habla lo que los cuerpos llevan puesto, hablan el color de pelo y el de piel, los dientes, los tatuajes, los piercing, la forma de caminar, todos los gestos, la mirada. Y a veces hablan las cicatrices. No todo lo que dicen esos cuerpos es lo que sus dueños quieren decir, o al menos lo que quieren que se escuche. Pero ahí están, y es imposible no verlos, no escucharlos. Gonzalo Ferretti, el Simio, es dueño de un cuerpo surcado por cicatrices. Y es él quien las muestra, porque sabe que nada será tan elocuente como su piel para sostener esta nota, que intenta contar su historia sin caer en una ejemplaridad pueril. Súpercomprometido con el programa provincial Juventudes Incluidas, hoy está al frente de un taller de bicicletas que busca dar sentido y contención a todo un grupo de pibes que arrancó la vida al filo, y más allá, de la violencia y el delito. Es curioso, pero si usualmente a los chicos en su situación les cuesta integrarse al programa, a Gonzalo le es difícil dejarlo, a los 30, de tan clave que se ha vuelto esta experiencia en su vida."Todos saben lo que era mi destino, y mirá lo que pude hacer".

El diálogo con LaCapital empieza prácticamente cuando se levanta la remera para exhibir las cicatrices. Las muestra —y sabe bien lo que provoca— dispuesto a contar de allí para atrás

Tres tiros, dice, recibió a los 18 años: se los pegó un policía retirado a quien antes, "un poco ebrio", él había apuntado con el dedo para robarle. Uno de los balazos le perforó el intestino.

"Corrí tres cuadras y medio me desmayé. Casi me morí. Pensé que me iba, hasta que una minita que tenía me besó y largué todo, todavía lo sueño", cuenta de un tirón.Hay futuro

Cinco operaciones en el Heca le salvaron la vida, pero le dejaron muchas más marcas en el cuerpo que los puntos circulares de las balas.

El resto lo pusieron la cárcel, alguna que otra pelea, el consumo de drogas y la pobreza de toda una vida a orillas de la vía en barrio Ludueña.

Historia repetida. El recorrido de Gonzalo es, si se quiere, previsible. De familia muy humilde, papá chapero pero "perdido por el alcohol", muchos hermanos, una deserción escolar en 4º grado que nadie logró revertir, un barrio conflictivo, "malas juntas", el consumo muy precoz de drogas con las consiguientes incursiones delictivas para conseguirlas.

Durmió noches y noches en la calle y la terminal de ómnibus, se distanció de la familia, vendió "hasta los calzoncillos" para conseguir "merca y pastillas", hizo "maldades", se las dio de macho para no quedar como un "cagón". Como era de esperar, las cosas le salieron pésimo.

"Yo era un bando, medio mundanito era, pero tenía un mundo feo, por eso estuve preso y me enfrenté con la muerte", cuenta. En versión "recatado" (por "rescatado"), su relato recuerda el de los conversos en los templos pentecostales para "testimoniar" la vuelta al redil.

De hecho, también él apeló a la fe evangélica en su tránsito tras las rejas de las comisarías 12ª, 15ª, 7ª y 14ª, la Alcaidía y hasta la cárcel de Piñero. Después "un poco" se alejó de la religión.

El salvador. Pasaron años. Pero una vez que recuperó la libertad, gracias a un trabajo que le ofreció el Patronato de Liberados, conoció a Pablo Suárez, a quien a lo largo de la nota no deja de nombrar.

"Es que fue como un papá para mí", dice, con ingenuidad de niño. Y así entra en escena el director de Prevención y Seguridad Comunitaria del Ministerio de Seguridad provincial.

Otro nombre clave en su "recuperación " es el de René (Reni, lo nombra) Alcaraz, referente de esa misma cartera en el distrito noroeste.

De la mano de esos contactos, el Estado empezaba a hacerse presente. Tarde, pero mejor que nunca.

Vinculado al taller de reparación de bicicletas, donde arrancó como aprendiz, Gonzalo empezó un arduo proceso que transitó con muchísimo "esfuerzo", la palabra que más sale de su boca.

"Lleva mucho tiempo, ¿eh?, porque por adelante te pasan las tentaciones, los deleites de la calle, lo bueno y lo malo.... Pero a mí me costó sudor y sangre cambiar de vida y ahora tengo responsabilidades con los pibes del taller. Hoy hasta me puedo comunicar con mi mamá, cuando antes no me comunicaba con nadie. No me falopeo más, no toco nada que sea ajeno, me saqué un poco el ego, los berretines... Todos saben cuál era mi destino y mirá lo que en cambio pude hacer", dice Gonzalo con orgullo.

¿Si le teme al futuro, volver a las andadas, no poder sostener su recuperación? No, más miedo le dan la policía, los gendarmes, el "abuso de autoridad", que hizo, por ejemplo, que dos semanas atrás lo "remilcagaran a palos" en su barrio y, jura, sin haber hecho nada.

Teme, también, que sigan muriéndose pibes a causa del delito. "Muchos muertos tengo ya atrás, por eso quiero que los chicos tengan una vida", dice.

Es esa especie de "misión" que pudo construir, una transacción entre la redención propia y la ajena, lo que sostiene a Gonzalo, o el Simio, como lo quieran llamar, en otra posición subjetiva.

"Ahora el desafío es lograr su independencia y emancipación", afirma la coordinadora de Juventudes Incluidas, María José Clutet. Seguramente podrá, como pudo todo lo otro.

Le hará falta un trabajo estable, no quedar nuevamente solo, que alguien le dé otra mano, que sigan confiando en él como lo hicieron hasta ahora.

Gonzalo ya lo aprendió: vivir es difícil, pero resucitar imposible.

Los pilares del programa

Juventudes Incluidas es el nombre de un programa "multiagencial" que el gobierno provincial puso en marcha en agosto de 2011, con especial dependencia de la Secretaría de Seguridad Comunitaria, como estrategia para prevenir el delito y la violencia entre adolescentes y jóvenes (de 15 a 30) en situación de alta vulnerabilidad social. Chicos que, por ejemplo, dejaron la escuela y estuvieron o están judicializados. Tras identificar las zonas que en Rosario ostentaban mayor atraso histórico en materia de escolarización, vivienda y acceso a servicios básicos, y que a su vez presentaban peores índices de conflictividad, se empezó a trabajar con jóvenes de los barrios Las Flores, Villa Moreno, La Tablada y Ludueña Norte y Sur, y de los tres centros de día provinciales.

Se trata de un proceso de reconocimiento y vinculación territorial con esos jóvenes, cuya confianza en sí mismos se intenta fortalecer involucrándolos en actividades culturales y recreativas. En una segunda instancia se les ofrece la opción de sumarse a espacios donde capacitarse en oficios, en la perspectiva de una posterior inserción laboral que dé alternativas a la economía delictiva.

La coordinadora de la iniciativa en Rosario, María José Clutet, explica que el programa pivotea sobre esos tres ejes: "convivencia", donde se trabajan con aspectos recreativos y culturales, incluyendo el deporte; "promoción y garantía de derechos", que apunta a la reescolarización, la documentación y el acceso a la salud; y "formación para el trabajo y el empleo", considerado el punto mas fuerte del programa.

Entre los proyectos que lo nutren figuran el plan de reinserción en el sistema educativo formal Vuelvo a Estudiar y los talleres de oficios (stencil, trabajo en cuero; reparación de bicicletas, entre otros)

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