Domingo 09 de Junio de 2013
Supongo que debe ser algo pasajero. Pero no lo sé. Vivía en una país cuyo nombre no recuerdo, en una ciudad que amaba y que quedaba a las orillas de un río, en el cuarto piso de un departamento que desde hace algunos días que busco y no encuentro, pero parece que carezco de todas las necesidades, por lo cual camino y camino sin encontrar aquello que supongo debo encontrar. ¿Cómo se llama esta ciudad? ¿Cómo se llama este país? ¿Cómo es el nombre de la calle en la cual vivía? Nadie me detiene en mi caminar, pero ignoro si me ven. Por algunos detalles creo que sí pero no estoy seguro. En algunos kioscos puedo comprar cigarrillos. Para eso siempre encuentro la plata para comprarlos. No como nada y no tengo hambre, por lo cual debo suponer que soy un fantasma o estoy muerto. Algo me hace pensar que no. Siento deseos de algunas de las mujeres con las cuales me cruzo, entonces me siento contra una pared y me fumo un par de cigarrillos.
Pero hay algo que debo dejar en claro; todavía sé que esto es una ciudad y que esta ciudad debe estar en algún país. Pero sus nombres y lo que la gente hace me resulta curioso, no puedo descifrar de qué se trata. ¿Parece feliz la gente? No lo sé pues he dejado de saber qué es eso que se llama felicidad. Voy mucho a los velorios y luego a los entierros, pero yo no saludo a nadie ni nadie me saluda a mí.
Hay algo que probablemente tenga algo de sensibilidad. Me gusta caminar cuando llueve y más aún si junto con la lluvia el viento es fuerte. ¿Mi ropa? Tengo la misma ropa desde ya no sé cuánto. Pero según los reflejos que veo de mí en las vidrieras siempre estoy como impecable.
Ya he mencionado algunas de las cosas que he olvidado. Debo agregar que también he olvidado quién era yo, de qué se trataba este cuerpo que caminaba por las viejas vías de trenes abandonados.
En realidad no experimento eso que ser llama sensación, aún cuando de algunas formas de sentir algo, me parece que mi cuerpo recuerda algunas.
Pero nunca mi identidad y la de los otros. He entrado a algunas iglesias porque algo me hizo pensar que allí podía rezarse. Pero no podía recordar a quién y de qué manera.
Suelo detenerme frente a las vidrieras de alguna librería y me doy cuenta que sé leer, quiero decir que comprendo lo que dicen los títulos de los libros que puedo observar. Y tengo además algo que se llama memoria, pues durante cada cuadra que camino, recuerdo cada uno de los títulos de los libros que he visto, si bien debo agregar que ignoro lo que esos títulos significan. ¿Estoy tan confundido? Supongo que sí, pues en ocasiones recuerdo los nombres que he visto y supongo a esos seres afortunados que se pueden nombrar aunque yo no sepa de quiénes se trata. Hace un tiempo los nombres que vi en una librería se transformaron en una obsesión. Podía repetirlos, pero no tenía la menor idea de quienes se trataba. En uno de los estantes había un cartel que decía biografías o algo parecido, pero la repetición era como algo que representaba algo, que posiblemente hablara de esos nombres, pero ignoro si es así. Había muchos nombres y aún ahora puedo decirlos de memoria y en el orden en el que se encontraban puestos.
Cuando llegué a uno de los bancos cercanos al río, un banco que me gustaba, un hombre se sentó a mi lado y sin presentación alguna me dijo: "¿Usted también viene a suicidarse? Tomemos juntos esta botella de caña, fumemos y luego nos tiramos al río. Por estos sitios y a esta hora nadie querrá salvarnos". Dejó de hablar para tomar de la botella un largo trago de caña. Yo, mientras tanto me preguntaba qué sería eso de suicidarse.
Soy un tipo viejo, algo enfermo, que cada vez que pensaba en qué país estaba, sentía eso que los otros llaman náusea. Eso comprendía que era, o más o menos comprendía que era, pero en cuanto al suicidio no tenía la menor idea. Pero algo en mí rechazaba esa palabra y lo que ella podía significar.
Sorpresivamente el hombre me dijo, "mire, antes de tirarme al río, le voy a decir un poema que creo que viene al caso. Pero no estoy seguro". Nos levantamos de banco y comenzamos a caminar hacia el río que la lluvia mojaba y embellecía aún más.
No hasta que con trabajo, bajo el desopilante viento y la lluvia que parecía desaparecer en el río y luego nacer de él, el desconocido encendió su último cigarrillo, y comenzó a decirme el texto que me había prometido decir:
"Recomiendo a mis herederos
(si los hubiera) en materia literaria,
Lo que ya es improbable que hagan
Una hermosa fogata con todo lo que atañe
A mi vida, a mis actos, a lo que no he hecho.
Yo no soy Leopardi; dejo poco a las llamas
Y es demasiado ya vivir al porcentaje.
Viví al cinco por ciento: no aumentéis
La dosis. Demasiado a menudo, en cambio llueve
Sobre mojado".
Me extendió la mano, la apretó con fuerza, y me dijo que esperara, que no lo siguiera. No lo hice pero esperé para alejarme de la orilla del río.
En una esquina recordé el texto. Creo que para ese hombre su decisión había sido esencial, acaso esperada desde hacía tiempo.
Yo emprendí el camino hacia ignoro dónde.
Cuando amainó la lluvia me tiré al pasto húmedo esperando que en algún momento llegara el alba y el cuerpo del desconocido continuara su viaje hacia la nada.