Lunes 09 de Mayo de 2011
El piropo, poesía fugaz y fundamentalmente callejera que expresa admiración, requiebro o lisonja de una persona a otra, parece estar de capa caída. Décadas atrás los piropeadores, poetas de mitad de cuadra, tenían ritmo, cadencia y agilidad mental para sorprender y halagar a la mujer. Sus versos eran respetuosos, espontáneos y certeros, lanzados en el momento justo cuando la destinataria pasaba. Con el tiempo se perdió la sutileza y aquellos piropeadores fueron reemplazados por otros de poco ingenio que apenas pueden articular groserías. Antaño el piropo celebraba a la belleza femenina caballerescamente. Hoy la destinataria es alguna parte del cuerpo. No es que a las mujeres no les guste que les dirijan piropos; lo que no les gusta son los carentes de ingenio y subidos de tono. Puede ser que algunas sigan caminando con la cabeza gacha, sonrojándose indefensas, cuando un piropo las incomoda o les falta el respeto; pero no son pocas las que encaran al piropeador y lo ponen en ridículo. Si bien piropear es un hábito que ha caído en desuso, no está muerto. Es más, a veces mata. Días atrás, en la localidad bonaerense de Rafael Castillo un joven de 20 años fue muerto a golpes por un hombre que lo atacó porque había piropeado a su pareja. El buen piropeador, el de estilo, sabe que se juega su prestigio cada vez que lanza un piropo, y por ello lo elabora con suma cortesía, delicadeza y originalidad. Su mayor aspiración es lograr que una sonrisa brote en el rostro de quien lo recibe.
Carlos Alberto Parachú
LE: 6.012.558