Martes 16 de Junio de 2009
Nunca me gustaron los personajes mediáticos. Siempre les desconfié, y el cura Grassi no es la excepción. Siempre me pareció poco creíble, del tipo de los brasileños esos que gritan como desaforados a un Dios sordo cuando terminan los programas de televisión. Pero de ninguna manera creí que era un pederasta. Y me convencí de que tengo razón cuando aparecieron las famosas organizaciones de derechos humanos para defenestrarlo. Esas mismas organizaciones (que dicho sea de paso no sé si alguien las conoce, si tienen domicilio, personería jurídica, etcétera) que no aparecieron jamás cuando mataron a algún policía, y eso que desde que el setentismo se enquistó, allá por 2003, cayeron muchos. Esas organizaciones que aparecen enseguida cuando los criminales presos se amotinan porque consideran que deben ser alojados en el Hotel Alvear. Me convenció de que no era ningún pederasta cuando apareció Estela de Carlotto, la misma que se llamó a silencio cada vez que algún violador era liberado alegremente y se dedicaba a reincidir, como ocurrió recientemente con esa pobre criatura Soledad Bragna. Esa misma Carlotto que se llamó a silencio cuando el caso del monstruo de Mendoza. En fin, ahora Grassi va a tener 15 años para reflexionar que hay intereses que no se tocan. Quizá le toque la celda 0600 para que piense tranquilo, o una pizarra de corcho para jugar a los dardos, o las dos cosas...
José Gorosito,
jmag123@hotmail.com