Miércoles 27 de Mayo de 2015
Hasta la Revolución Francesa, el sistema político generalizado en distintas latitudes era el monárquico. Los reyes concentraban los tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Sus secretarios —equivalentes a los que hoy llamamos ministros— carecían de autoridad, eran simples asesores de los reyes. Ninguno podía superar la figura de los reyes —esto sucedió excepcionalmente cuando ellos eran mediocres— pero entre ellos había luchas despiadadas para obtener sus favores y desplazar a los demás. En la Argentina actual sucede lo mismo, disfrazada de República por el sistema de elección democrática de los ciudadanos, con predominio de quienes aún conociendo el autoritarismo absolutista (monárquico) y su moral corrupta, los reeligen. No existe posibilidad para que algún ministro eclipse la figura presidencial, no porque ésta sea superior, sino porque son elegidos por su servilismo y obsecuencia. Hay sí oscuros personajes que en las sombras del poder ejercen influencia ante la incapacidad de su mandante. También ellos practican luchas despiadadas para obtener las caricias del poderoso. Se ponen más de relieve en épocas electorales, no se buscan electores sino la gracia del dedo presidencial. No pocos argentinos de hoy reniegan de los de Mayo de 1810 que nos liberaron de la monarquía.
Emilio Zuccalá / emiliozuccala@yahoo.com.ar