Edición Impresa

Gabo Ferro: "Vivo con el impulso poético"

Gabo Ferro es un singular exponente de la música de autor y un poeta capaz de expresar que "el amor no siempre es una cosa grata", dando por tierra con uno de lugares comunes en donde suele...

Jueves 26 de Septiembre de 2013

Gabo Ferro es un singular exponente de la música de autor y un poeta capaz de expresar que "el amor no siempre es una cosa grata", dando por tierra con uno de lugares comunes en donde suele situarse a los poetas y a los cancionistas. Se los supone con determinadas características y, desgraciadamente, la mayoría responde a esas características que los suponen. Gabo Ferro no.

Recorriendo su carrera rápidamente se descubren actitudes que lo pintan con colores diferentes a los predominantes. Después decrear Porco, en 1993, y construir un camino que ya incluía la grabación de dos discos, un día de 1997, en la mitad de un espectáculo, Gabo Ferro abandonó el micrófono, bajó del escenario y enfiló hacia la puerta de salida para desaparecer del mundo de la música por siete años.

Durante ese tiempo se sabe que se dedicó a otras cosas. Como a estudiar historia, por ejemplo, plataforma que le permitiría en 2009 escribir "Barbarie y civilización: sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (1835-1852)" y "Degenerados, anormales y delincuentes. Gestos entre ciencia, política y representaciones en el caso argentino. Buenos Aires", en 2010.

Paralelamente, desde 2005, Gabo Ferro había retomado el camino de la música como solista. En esa condición editó "Canciones que un hombre no debería cantar" (2005); "Todo lo sólido se desvanece en el aire" (2006) "Mañana no debe seguir siendo esto" (2007); "Amar, temer, partir" (2008); "Boca arriba" (2009); "El Hambre y Las Ganas de Comer" (junto a Pablo Ramos) (2010); "La aguja tras la máscara" (2011).

Con estos pergaminos bajo el brazo el escritor y músico llega a la XXI Edición del Festival Internacional de Poesía Rosario 2013 y en ese contexto actuará mañana, a las 21, en el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa (San Martín y San Juan).

Teléfono mediante, el escritor, poeta y músico respondió las preguntas de Escenario.

—¿Qué lugar ocupa la poesía en una sociedad regida por el éxito y el consumo?

—Depende de dónde te pares a mirar. En mi vida cocino, camino y me baño desde lo poético todo el tiempo. No puedo salir a comprar el pan si no lo hago en un estado de poesía. Tengo los ojos colocados en ese lugar, por eso puedo resultar un personaje extraño para la gente que vive a mil por hora, que anda apurada. En mi caso es fundamental el impulso poético con el cual vivo y con el que hago todas mis actividades. La poesía es un sitio en el que la contemporaneidad tiene un reflejo, porque es una cuestión problemática y es un hecho que puede ser revolucionario, porque uno se da cuenta cómo queda en contraste frente a la cotidaneidad, y revolucionario porque uno no es el mismo luego de lo que pasa cuando la atraviesa: aspira a que el trabajo tenga un aspecto de revolución. Antes de eso eras de una manera y después no podés volver atrás, por más pequeño que sea el cambio.

— "Mañana no debe seguir siendo esto" es uno de sus títulos que informa dónde está, a su juicio, el motor del arte contemporáneo. ¿La insatisfacción y el malestar son los combustibles del cambio social?

—Esa es la inquietud de movimientos y cambios que a veces no son posibles. Cierto gesto de cambio, la insatisfacción, nos ubica en un lugar cultural y social diferente de ciertos estadios sociales culturales que pretenden que la cosa siga como está. Si algo no es la poesía, es la quietud. No está cómoda en la quietud ni siquiera la ciencia. Me sucede mucho escribiendo ensayos históricos. No es como la poesía, porque hay que citar fuentes y demostrar. Con la poesía no tengo más que demostrar la belleza posible o la no-belleza posible, pero ninguno de esos lugares son para el conformismo. Lo que hago es inevitable. La escritura es inevitable y lo performativo de esa escritura. La grabación de un disco, a veces, es una excusa para salir a encontrarme con lo performativo de esta actividad. Y esta posibilidad me coloca en un lugar de no-tibieza: hay gente que me quiere mucho y otra que no me quiere nada, ni a mí, ni a mi trabajo. No soy un tibio que intenta esconder su subjetividad, no estoy aparentando. No me molesta vivir. Tampoco soy un loco haciendo que vuela por la calle, pero tengo mis tiempos, mis cosas. Celebro las subjetividades. Me aburren las clasificaciones de los sociólogos. Cuando uno es quien es, se transforma en un individuo revolucionario y peligroso.

-El cantar suele ser la compañía del hombre que está solo. ¿En una sociedad saturada por la comunicación instantánea, quedan espacios para la canción como compañera?

—Eso mismo que vos me decís es un trabajo mediúmico. Esa persona que está cantando se encuentra en un estado de traer a este mundo cosas que, solas, no pueden venir. Estoy completamente de acuerdo: es algo esotérico traer de un lugar que no existe a este mundo de tres dimensiones eso que no podría ser traído de ninguna otra manera. Con una canción hay algo mágico que hace que uno entre en ese estadio de poder recordar. La enunciación cantada no es la cotidiana: debe haber algo que debe ser cuidado, como quien tiene un arma poderosa. La cultura colocó eso en ese lugar. Cuando uno canta tiene un recurso que emociona. Creo que es para cada uno y es el uno de cada uno. Una vez escribí un ensayo sobre el aplauso. Si ves a un montón de personas que mueven las manos te puede parecer súper extraño, pero para nosotros está dado como algo natural. Hay algo raro, que tiene que ver con una cosa ancestral y perdida.

—¿Qué exponentes, en el campo de la música, lo representan?

—Me conmueve gente que está en la frontera de todo eso. Hay un señor recopilador acá: Yupanqui. Es el músico contemplando el paisaje que lo lleva a pensar en su existencia y la de la propia humanidad. Basta. Un paradigma de lo que significa la poesía, el hombre, el universo.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS