Sábado 13 de Febrero de 2010
Quiero adherir a la posición no militarista sustentada en cartas recientes por el célebre Cristián Hernández Larguía, como también opinar respecto del rol de estas fuerzas en nuestro país y nuestra historia. Ante todo, ser militar debería ser una opción libre y simple de cualquier ciudadano. Esto va para los nostálgicos de la conscripción, ese año perdido en los inicios de la juventud que sirvió solamente para justificar el puesto de que los que habían elegido la carrera de las armas. Convengamos que nadie o muy pocos se presentaban espontáneamente a hacer el servicio militar impulsados por un irrefrenable amor a la patria. Que una vez incorporados, todos o la mayoría contaban los días para la próxima baja como los presos hacen palotes en las paredes de las celdas. No vengamos hoy con la historia de que en el servicio militar se hacían los hombres, cuando más bien se deshacían, y por eso todos anhelaban ese franco que muchas veces se frustraba por el mero e injusto capricho de un oficial o suboficial. Si es por servir a la patria –expresión que empleó uno de los lectores– aclaro que a la patria se la sirve con las fuerzas no armadas, con escuelas, con progreso, erradicando la corrupción, la pobreza, la violencia; es decir con civilidad, con libros y en paz. Rememorar la historia de nuestro ejército nos lleva tanto a Belgrano, San Martín y Güemes, como a Massera, Videla y Galtieri. Unos fueron patriotas, los otros meros dictadores y genocidas, no necesitaron unos ni otros del carácter de militares para demostrar sus intenciones, porque desde la civilidad también hubo y sigue habiendo grandes patriotas y grandes traidores a la patria. El ejército no formó a los grandes patriotas, no nos equivoquemos, fueron patriotas primero y cuando la patria hace 200 años se jugaba la existencia, ellos actuaron en consecuencia.
Carlos Italiano,
latinia@fibertel.com.ar.