Lunes 04 de Marzo de 2013
El viejo pizarrón negro o verde es una herramienta que lentamente va entrando en la categoría de símbolo ilustre del pasado educacional. Aquellas “manos sucias de tiza” de Rosarito Vera, en las maestras y maestros de un futuro más o menos cercano, van a permanecer tan limpias como la inspiración de Félix Luna (autor de Rosarito Vera, maestra); porque los nuevos elementos tecnológicos van a desterrar finalmente a los íconos escolares de ayer. Claro que no va a ser así en todos lados, porque seguro que en las colonias del Iberá; en los poblados andinos, en “El impenetrable”, en los recónditos rincones pampeanos, en perdidos lugares patagónicos y hasta en las villas de las grandes ciudades, habrá que conseguir primero mejores condiciones sanitarias y alimentarias, antes que un moderno arsenal pedagógico. Confío en que ello al fin se logrará para que el sacrificio de Belgrano, San Martín, Güemes y otros patriotas no haya sido en vano. Entonces, el emblemático pizarrón será reemplazado en cada aula por una pantalla gigante, un pizarrón electrónico o interactivo y un proyector. Espero que esto no sea una mera y optimista expresión de deseo de mi parte; que lo que hoy parece casi utópico sea una realidad en un tiempo prudencial. Si eso se logra, otro inspirado poeta podrá escribir: “Frente al misterio de la pantalla”, aunque ya no esté Ariel Ramírez para ponerle música a su poesía.
Edgardo Urraco