Domingo 03 de Marzo de 2013
Dice Borges que hay dos obsesiones que rigen la obra de Kafka: la subordinación y el infinito. Del infinito respecto a él y a todos en general es que lo kafkiano sigue teniendo una inevitable continuidad. Vivimos en un mundo kafkiano, y por eso ocurren las cosas que ocurren. Un ejemplo personal. En la confitería, a donde concurro todos los días, trabaja de moza Dora Dymant, que fue lo que llamaríamos el último amor de Kafka. A ella la conoció en 1923, y ella estuvo a su lado cuando Kafka murió el 11 de junio de 1924, en un sanatorio de Viena. No me sorprendí al verla, y ella me regaló allí, en la increíble esquina (tanto para Kafka como para Dora) de Maipú y 3 de Febrero, el libro al cual deseo dedicar estas líneas: "Kafka y la muñeca viajera" de Jordi Sierra I Fabra. Se supone que es un libro para niños y adolescentes. Me permito discrepar con esa clasificación. Es un bello libro que tiene la enorme virtud de mostrarnos a un Kafka feliz en ese insólito oficio de muñecas viajeras.
La historia sentimental de Kafka es extensa por los pocos años que vivió, apenas pasados los cuarentas años. De esos amores conocemos, sobre todo, las cartas que dedicó a Felice Bauer, a quién conoció en 1912 y con la cual se casó hacia 1919, pero por nuestra parte, todo lo ignoramos a ese casamiento, sobre todo porque en 1920 conoce a Milena Jesenká-Pollak que fue su traductora al checo y una de sus grandes pasiones amorosas. Podríamos agregar otros nombres anteriores, incluso que llegó a tener un hijo, pero nunca lo supo. El hijo murió en plena adolescencia.
Alguien me pregunta si realmente ví a Dora Dyamnt o se trató de un fantasma o simplemente de un sueño. Creo que era ella, más recuerdo que la jarrita que tome y los bizcochos con manteca estaban riquísimos. Pero cada uno puede pensar como mejor le convenga.
Kafka paseaba por el parque Steglitz en los albores del verano. Eran balsámicos esos paseos: "Y Franz Kafka absorbía ese paisaje viajando con sus ojos, arrebatando energías con el alma, persiguiendo sonrisas entre los árboles. El también era uno más entre tantos, solitario con sus pasos perdidos bajo el manto de la mañana".
Sorpresivamente, Kafka se detiene por el llanto de una niña, a la que nadie tenía en cuenta. Estaba sola. Kafka se quedó sin saber que hacer. Los niños eran materia reservada. Por algo él no tenía hijos.
Esto ocurría en 1923, y a Kafka le quedaban pocos meses para vivir. Se detuvo y empezó a dialogar con ella. La saludó: "No lo miró con miedo. Pura inocencia. Cuando la vida florece todas son ventanas y puertas abiertas. En sus ojos más bien había dolor, pena, tristeza, una soterrada emoción que la llevaba a tener la sensibilidad a flor de piel". Kafka le preguntó si se había perdido. "Yo no, dijo la niña". La que se ha perdido, agregó luego, es mi muñeca. ¿Tu muñeca?, dijo Kafka. La niña afirmó. Kafka pregunto el nombre de la muñeca, y la niña le contestó que se llamaba Brígida. Entonces, en la mente del escritor que era, se le ocurrió lo siguiente: "Espera, espera, que tonto soy, ¿cómo se llama tu muñeca?". Brígida, contesto la niña otra vez. Por supuesto, siguió diciendo Kafka, ¡Qué despistado soy! "Tu muñeca no se ha perdido, se ha ido de viaje".
Vamos a sentarnos a ese banco, le dijo a la niña, me fatigo mucho. Tenía 40 años, así que para la niña era un viejo. "Claro que con su quebradiza salud, lo fuese en realidad. ¿Cómo no iba a ser un viejo prematuro alguien que estaba ya retirado del mundo y jubilado desde hacía un año, debido a su tuberculosis?".
Le preguntó el nombre. Elsi, le contestó la niña. Pero después, por mi parte, me enteraría que se trataba de Magdelluvia Susurrante. A partir de ese momento Kafka la convenció de que él era cartero de muñecas. Esta línea, que copiamos del autor, es una de las líneas más kafkianas que hemos leído últimamente. Pensar en que ese gran escritor, que es el dueño de la letra "K", le dijera a una niña lo que pensaba, parece como un remanso de amor y felicidad al que nuestro mundo está tan ajeno.
Ese es el momento en que Kafka comienza a redactar las cartas para la niña, desde distintos lugares del mundo. Toda esa serie de correspondencia que Kafka le lee a la niña hace que el libro tiemble en una particular forma de alegría. Kafka, como ya dijimos, en ese año de 1923, la había conoció a Dora Dyamnt y le cuenta sus aventuras con la niña. Y es Dora la que después de la muerte de Kafka se hace cargo de la niña.
"Durante muchos días y algunas semanas, la vió de lejos por el parque Steglitz, siempre con Dora, jugando sin perderla de vista, tan feliz como lo habían sido ambos en aquellos momentos en que las cartas de Brígida los unieron. A veces sus ojos se encontraron. A veces ella agitaba su mano saludándolo. A veces se sentían cómplices de un gran secreto".
El final del libro merece ser citado. "Brígida está en el Polo Norte. ¿Cómo lo sabe? Preguntó Dora. Porque me ha escrito una carta deseándonos un feliz 1924, respondió él. Dice que este año la nieve será de color verde y las nubes muy rojas".
Tal vez debamos pensar que en aquel año de la muerte de Kafka, la nieve fue verde y las nubes muy rojas, aunque lamentablemente sabemos que no es así.